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Los escritores de pequeñas ciudades no tenemos la posibilidad de ser publicados por grandes editoriales sin tener que acatar sus lineamientos.
Menos aún, si las historias que contamos tiene como protagonistas a nuestra ciudad, sus calles y personajes.
Por esta razón, surge Perro Gris para dar impulso y trabajar de manera mancomunada con los escritores de San Pedro y, esperemos, de la zona.
Cada libro es especial para nosotros.
Nos encargamos de leerlos, revisarlos y encuadernarlos de manera artesanal.
Cada ejemplar es una expresión de nuestro amor al libro como obra de arte y como objeto.

Facundo Rojas Gacitúa

“Ella (mi poesía)”






Descendiente directa del motor primero

Principio del universo.

Fuente inagotable de magia insospechada,

Fuego vestido en silencios prolongados de inalcanzable profundidad.

Máxima expresión libre de libertad infinita cautiva.

Subliminal esencia,

Reminiscencia viva de todas las virtudes nacidas en el cosmos.

Cielo estrellado de noche eterna,

Etérea.

Estación temprana de colores imposibles.

Sensible dominante y tónica y modula

Supernova

Hipernova

Devenir certero explosivo imparable…

Clave secreta para revertir la entropía.

Pétalo de flor perfumada,

Sístole y diástole mecánico pilar fundamental.

Perfecto alineamiento planetario.

Inhala el mundo y lo exhala sublime

Entre miradas lentas,

lenta se desliza en desplazamiento lento.

Mueve placas tectónicas con sus pestañas,

Bebe del océano y se purifica.



Fotografía de la explosión de una supernova

Homero Manzi

“Una vez Homero me dijo, por ejemplo, si vos salís a la calle, a la puerta de tu casa a la noche, y ves la luna frente a vos, ésa es una luna; pero si vos vivís en una calle transversal, la luna la tenés que mirar a tu izquierda o a tu derecha. Entonces es otra luna. Entonces son las calles y las lunas suburbanas. Pero a él solamente se le pudo haber ocurrido… ¡Porque era un monstruo!”Polaco Goyeneche sobre Homero Manzi






“Anchorage al Sur” Carlos Schlaen

Cuando Alootook llegó a la esquina, se convenció. ¡Era ésa! ¡Sin ninguna duda! ¿Qué otra esquina podría ser sino?, si allí estaban, resplandeciendo a la luz de la luna: el taller, el depósito y la sucursal del banco.
Había pasado por allí muchísimas veces, pero nunca había reparado en ese rincón suburbano hasta que escuchó el tango o, más precisamente, hasta que empezó a entender su significado.
Alootook sonrió satisfecho. No hacía todavía un año que había dejado las heladas costas del Ártico, habitadas desde tiempos inmemoriales por su pueblo, los inuit*, y ya estaba en condiciones de percibir los pulsos más sutiles que latían bajo la piel de la ciudad. Se había marchado de su hogar, igual que tantos jóvenes lo hacen, en la búsqueda de nuevas experiencias, pero para él fue mucho más que eso. Fue una revelación. Apenas puso un pie en Anchorage supo que aquel sería su lugar en el mundo. No se trató del mero deslumbramiento que provocan las grandes metrópolis en el provinciano recién llegado. En este caso, fue un sentimiento profundo, perdurable… y mutuo. Alootook amó a esa ciudad como a una prolongación natural de la geografía blanca de su historia y la ciudad le retribuyó, abriéndole sus puertas con inmediata generosidad. El primer día consiguió un cuarto en un económico albergue municipal y, el segundo, un empleo en la mayor envasadora de pescados de la región.
Al cabo de unos meses su identidad con Anchorage se había afianzado y Alootook recorría sus calles y avenidas con la familiaridad del que siempre ha vivido allí. Sin embargo, comenzó a advertir que eso no era suficiente. Anchorage era la ciudad más importante de Alaska y le ofrecía estímulos que él no estaba en condiciones de asimilar. Fue entonces que sintió la necesidad de progresar y se inscribió en un programa de educación para adultos.
El único curso disponible, en aquel momento, era el de español. Y, eso, fue providencial. Las lecciones empezaron bajo el signo de la adversidad. La profesora de español, una panameña que nunca logró habituarse al clima de Anchorage, plantó a sus alumnos una hora antes del inicio de clases y regresó al trópico de donde, según sus propias palabras, nunca debió marcharse.
Lo intempestivo de esa deserción provocó una severa crisis en las autoridades del programa. No contaban con otro profesor de español, pero era una tradición que los cursos comenzaran en los días y horarios previstos, y nadie quería ser el primero en quebrantarla. La solución provino del sector más inesperado: el departamento de educación física. Hiroyi Oshihara, un instructor de artes marciales recién llegado del Japón, afirmó que, por ser un fervoroso aficionado al tango (género que goza de una arraigada popularidad en su país), poseía aceptables conocimientos del castellano. Al menos eso fue lo que se le entendió porque Hiroyi tampoco dominaba el inglés, idioma oficial de Alaska. Ése fue el otro hecho providencial.





Dado el carácter cosmopolita de Anchorage, cuya población proviene, en gran medida, de diversas partes del mundo, a Alootook no le llamó la atención que su profesor de español fuese japonés. Lo que sí le llamó la atención, en cambio, fue su presentación. Tras saludar con una sobria reverencia a sus nuevos alumnos, Hiroyi Oshihara encendió el equipo de música portátil que traía y sólo dijo una palabra:


–¡Tango…!


Alootook nunca había escuchado un tango, pero el exótico sonido de los bandoneones y la cadencia de sus compases lo hechizaron de inmediato. Se trataba de “Sur”, en la versión de la orquesta típica de Katsumoto Nakumara, una de las más antiguas de Japón, y la incomparable voz de Nariko Takama.
La técnica del flamante profesor de castellano era novedosa. Consistía en hacerles escuchar a sus alumnos, reiterada y sistemáticamente, esa única grabación y en explicarles, con gestos y mímicas, el significado de los versos. Sólo en muy raras ocasiones accedía a traducirles una palabra al inglés. Algunos adjudicaban semejante rigurosidad a las exigencias didácticas del método, otros, a la sospecha de que su desconocimiento del inglés era mayor de lo que se suponía.
Lo cierto fue que, promediando la segunda semana, el ausentismo había reducido la clase a menos de un tercio. Alootook, sin embargo, fue de los pocos que perseveraron. Y tuvo su recompensa. Esa misma tarde, hacía apenas un par de horas, algo había sucedido. Fue de repente, al repetir una de las líneas que tanto había escuchado y que, por fuerza, conocía de memoria:


“… Nostalgias de las cosas que han pasado…”



Sólo que, esta vez, a diferencia de las anteriores… ¡entendió…!
Y, en un instante, todo tuvo sentido. Un montón de ideas estallaron en su cabeza porque comprendió, además, que nada había sido casual. Ni el tango, ni la letra, ni el poeta… No estaban hablando de historias ni de lugares extraños o ajenos. Estaban hablando de algo que él conocía. De sus cosas y sus nostalgias. ¡Esa era la clave!
Luego fue imposible contener el fluir de la mente. En rápida cascada, otros versos, enlazados con sus evocaciones más íntimas, develaron sus secretos como un rompecabezas que empieza a adquirir forma.


“… y un perfume de yuyos y de alfalfa

que me llena de nuevo el corazón…”



Era cierto que todavía le faltaban muchas palabras, pero ¿qué importaba que no conociese el significado de “yuyos” o de “alfalfa” si había entendido el resto? Por otra parte, no era tan difícil deducirlas. Porque si de nostalgia se trata, ¿qué otro perfume le llena a uno el corazón, más que el de la grasa de foca ardiendo una tarde de primavera en el iglú o el suave aroma del salmón recién pescado? ¿Acaso pudo haber pensado en otra cosa Manzi, el poeta?
El círculo de hechos providenciales empezaba a cerrarse. Para completarlo, sólo faltaba un detalle. El escenario:


“… La esquina del herrero…”



Y salió en su búsqueda apenas concluyó la clase. Ahora, que la había encontrado, el círculo terminó de cerrarse. Manzi, japonés o no, había vivido en Anchorage y, esa esquina, al Sur del Polo Norte, era la demostración.


“Sur, paredón y después…

Sur, una luz de almacén…

Ya nunca me verás como me vieras

recostado en la vidriera

y esperándote…”



Alootook se detuvo bajo el cartel luminoso del almacén de suministros industriales, miró el paredón de la sucursal del First National Bank of Alaska y la antigua herrería de trineos de los Watson Brothers. Luego, entornó los párpados e imaginó el rostro de la bellísima Qaniit, su primera novia, detrás de una ventana. Y al fin, recostado en la vidriera, como si la esperase, se dejó acariciar por el helado viento nocturno.


(*) Inuit: nombre que se da a sí mismo el pueblo conocido como Esquimal


Ilustración: Jimena Tello

José María “Katunga” Contursi

José María Contursi, Katunga, hijo del recordado Pascual Contursi (autor, entre otros, de “Mi noche triste”, memorablemente interpretado por Carlos Gardel)






“Tú”



Llegaste como un rayo deslumbrante de luz.

Yo andaba por el mundo sin amor ni quietud.

Mis ansias ya se habían refugiado

entre las ruinas de mi pasado.

Traías en tus ojos… en tus labios… tu voz

la cálida promesa de un destino mejor…

mis manos y tus manos se encontraron

y nuevamente palpitó mi corazón.



Tú…

con la magia de tu amor y tu bondad…

Tú…

me enseñaste a sonreír y a perdonar.

Ves…

yo era un grito de rencor

en el trágico final

de mi desesperación

Tú…

milagrosa musiquita de cristal

me enseñaste a sonreír y a perdonar.

Qué tristes eran mis momentos sin ti…

me ahogaba la tortura de rodar sin morir.

Cansado de mis penas y mi hastío

y de esos viejos recuerdos míos.

Tus besos… tus ternuras… tu emoción y tu fe

hicieron el milagro de borrar el ayer…

aquel lejano ayer ensombrecido

que nunca… nunca… nunca más ha de volver.






Fotografía de Pascual Contursi, autor de “Mi noche triste”

Entrevista: audio de “La vida y el canto”, programa de Antonio Carrizo

Tango: “Tú” de J. M. Contursi y J. Dames. Con la orquesta de Atilio Stampone (1972)

Haruki Murakami

“Tokio blues” (fragmentos)






“Mientras vivimos, vamos criando la muerte al mismo tiempo. Pero ésta es sólo una parte de la verdad que debemos conocer. La muerte de Naoko me lo enseñó. Me dije: ‘El conocimiento de la verdad no alivia la tristeza que sentimos al perder a un ser querido. Ni la verdad, ni la sinceridad, ni la fuerza, ni el cariño son capaces de curar esta tristeza. Lo único que puede hacerse es atravesar este dolor esperando aprender algo de él, aunque todo lo que uno haya aprendido no le sirva para nada la próxima vez que la tristeza lo visite de improviso’”.






“Recién llegado a Tokio, cuando empecé mi vida en la residencia, tenía un único propósito: tratar de no tomarme las cosas a pecho, mantener la debida distancia con el mundo. Nada más. Y decidí olvidar por completo la mesa de billar forrada de fieltro verde, el N-360 rojo y las flores blancas sobre el pupitre, la columna de humo alzándose desde la alta chimenea del crematorio, el pisapapeles con forma achaparrada en la sala de interrogatorios. Al principio, pensé que iba a lograrlo. Sin embargo, por más que intentase olvidarlo, en mi interior permanecía una especie de masa de aire de contornos imprecisos. Con el paso del tiempo, esta masa empezó a definirse. Ahora puedo traducirla en las siguientes palabras: ‘la muerte no existe en contraposición a la vida sino como parte de ella’”.



Pintura: Helene Sousleau.

Fotografía de la película de “Tokio blues”.

Roberto Juarroz

Juarroz, el poeta vertical






El fondo de las cosas no es la vida o la muerte.

Me lo prueban

el aire que se descalza en los pájaros,

un tejado de ausencias que acomoda el silencio

y esta mirada mía que se da vuelta en el fondo,

como todas las cosas se dan vuelta cuando acaban.

Y también me lo prueba

mi niñez que era pan anterior a la harina,

mi niñez que sabía

que hay humos que descienden.

Voces con las que nadie habla,

papeles donde el hombre está inmóvil.

El fondo de las cosas no es la muerte o la vida.

El fondo es otra cosa

que alguna vez sale a la orilla.



(Fotografía: Robert y Shana ParkeHarrison).

Rubén Alberto Cestari

¡Bienvenida la poesía de Rubén!






“Atrapado como en un sueño” de Rubén Alberto Cestari



Sólo en las noches

lo traes con tu recuerdo

cuando la luna guiña un ojo

al resplandeciente lucero.

Y tus ojos buscan

al caminante prófugo

que deambula por las sombras

perpetrando tu sueño.

Y cuando lo tienes en tu mente

y lo atrapas con tus celos

tu memoria es el verdugo

que cancela su deseo

de tenerte por más tiempo

cuando amanezca tu cuerpo.