• Banner Principal1
  • Banner Principal2
  • Banner Principal3
  • Banner Principal4

Secciones

  • Recomendaciones de Películas
  • Los Ocultos de Perro Gris
  • Mecachendie
  • La Manada
  • Recomendaciones Literarias
  • Loquenodije
  • Frases, Textos y Poesías
  • E-books
  • Diarios de Poesía
  • Del Barrio a la Luna
  • Ladridos Musicales

Los escritores de pequeñas ciudades no tenemos la posibilidad de ser publicados por grandes editoriales sin tener que acatar sus lineamientos.
Menos aún, si las historias que contamos tiene como protagonistas a nuestra ciudad, sus calles y personajes.
Por esta razón, surge Perro Gris para dar impulso y trabajar de manera mancomunada con los escritores de San Pedro y, esperemos, de la zona.
Cada libro es especial para nosotros.
Nos encargamos de leerlos, revisarlos y encuadernarlos de manera artesanal.
Cada ejemplar es una expresión de nuestro amor al libro como obra de arte y como objeto.

La oculta: Amelia Biagioni



#LosOcultosDePerroGris: “a marido regalado/ no se le mira el príncipe”, le gustaba decir a Amelia Biagioni. Poeta predilecta de María Elena Walsh, amiga de Borges y Mujica Láinez, perdió las cátedras en la universidad por ser perseguida por el peronismo. Exiliada, mantiene correspondencia con Alejandra Pizarnik. Dueña de un humor extravagante y también pueblerino. En su opinión, Alejandra (Pizarnik) era la dolorosa, Olga (Orozco) la hechicera y ella, la cósmica.

“Lluvia” de Amelia Biagioni

Llueve porque te nombro y estoy triste,
porque ando tu silencio recorriendo,
y porque tanto mi esperanza insiste,
que deshojada en agua voy muriendo.
La lluvia es mi llamado que persiste
y que afuera te aguarda, padeciendo,
mientras por un camino que no existe
como una despedida estás viniendo.
La lluvia, fiel lamido, va a tu encuentro.
La lluvia, perro gris que reconoce
tu balada; la lluvia, mi recuerdo.
Iré a estrechar tu ausencia lluvia adentro,
a recibir tu olvido en largo roce:
Que mi sangre no sepa que te pierdo.

(de “Sonata de soledad”, 1954)

La noche de Sofi Jael

Sofi Jael y su noche ¡Disfrútenla!




Anticipo del libro “Palabras en el viento” a publicarse en octubre próximo. Ilustración: Mato Kuroi



Es la hora cuando la luna
Se vuelve confidente.
Las palabras son bailarinas
Junto a una luz tenue.
De momento quedo sin más que expresar
Y se agota como cantimplora
Mi parte escritora.
Pienso que tal vez ya dije todo
Lo que se me venía a la mente.
No dudé nunca en decir lo que sentía
Y cuánto quería
En el momento que era y ahora sería.
Mis palabras no sé si son mías.
Vienen solas
Como en un tren del que yo soy su vía.
No sé qué me susurran nuevamente.
Son descaradas que no me permiten descansar.
Aparecen cuando quiero callar.
Tienen un canto tal dulce
Que vuelvo, en este espacio blanco, a explayar.

Marco Denevi “No quiero consejos, sé equivocarme solo”


Mempo Giardinelli: —Dado que esta entrevista es para una revista como PURO CUENTO, que se pretende especializada para lectores, aficionados o amantes del cuento, y también para autores que empiezan, ¿podría darles un consejo, Denevi?

Marco Denevi: — No. Yo recuerdo lo de Pittigrilli: “No quiero consejos: sé equivocarme solo”. Apenas daría una sugerencia, para que si alguien quiere, la mastique, reelabore y saque sus conclusiones. Y es que no crean en aquello tan dicho y redicho: “Habla de tu aldea y serás universal”. Eso no es verdad. Y corremos el riesgo de que cualquiera considere demasiado importante lo que le ocurrió. O que cualquiera piense que porque cuenta su vida y lo que pasaba en su aldea ya será universal. Shakespeare no oyó el consejo sobre “la aldea”.

(De la revista Puro Cuento nº 3, marzo-abril 1987).
 
“La inmolación por la belleza” de Marco Denevi


El erizo era feo y lo sabía. Por eso vivía en sitios apartados, en matorrales sombríos, sin hablar con nadie, siempre solitario y taciturno, siempre triste, él, que en realidad tenía un carácter alegre y gustaba de la compañía de los demás. Sólo se atrevía a salir a altas horas de la noche y, si entonces oía pasos, rápidamente erizaba sus púas y se convertía en una bola para ocultar su rubor.

Una vez alguien encontró una esfera híspida, ese tremendo alfiletero. En lugar de rociarlo con agua o arrojarle humo -como aconsejan los libros de zoología-, tomó una sarta de perlas, un racimo de uvas de cristal, piedras preciosas, o quizá falsas, cascabeles, dos o tres lentejuelas, varias luciérnagas, un dije de oro, flores de nácar y de terciopelo, mariposas artificiales, un coral, una pluma y un botón, y los fue enhebrando en cada una de las agujas del erizo, hasta transformar a aquella criatura desagradable en un animal fabuloso.

Todos acudieron a contemplarlo. Según quién lo mirase, semejaba la corona de un emperador bizantino, un fragmento de la cola del Pájaro Roc o, si las luciérnagas se encendían, el fanal de una góndola empavesada para la fiesta del Bucentauro, o, si lo miraba algún envidioso, un bufón.

El erizo escuchaba las voces, las exclamaciones, los aplausos, y lloraba de felicidad. Pero no se atrevía a moverse por temor de que se le desprendiera aquel ropaje miliunanochesco. Así permaneció durante todo el verano. Cuando llegaron los primeros fríos, había muerto de hambre y de sed. Pero seguía hermoso.

(Fotografía: Marina Coric, usuaria de Deviant Art).

”Dalí y yo. Una historia surreal”

¡Salute en su día al falsificador más talentoso!




— ¿Qué pasa con el famoso bigote de Dalí? — pregunté azorado.
— Es una leyenda— respondió Llongueras—. Dalí nunca ha tenido un famoso bigote. Usaba extensiones. Yo mismo le hice varios bigotes. Una vez, en una rueda de prensa, le dio un pronto y dijo a los periodistas que se cortaría el bigote allí mismo. Y lo hizo. Una estupidez, claro. Inmediatamente lamentó haber tomado aquella decisión y me pidió que le confeccionara un bigote falso. Tomé dos sorbetes, les pegué pelo oscuro de otro cliente y le dije que deslizara las extensiones sobre los extremos superiores de lo que quedaba del bigote original. Semanas después, a la vista de todo el mundo, repitió su performance y cortó solemnemente los sorbetes peludos por la mitad. Tanto le gustaba el numerito que me pidió varias extensiones más, y siempre las llevaba encima en una cajita de plata.
Cuando aparecía un fotógrafo, se humedecía las puntas del bigote con vino o agua con miel y recortaba los sorbetes peludos. Dalí es una falsificación de los pies a la cabeza. Engañó a todo el mundo (¡incluso a los Beatles!) y le salió bien.
— ¿A los Beatles? ¿Cómo fue eso?
— George Harrison me pagó cinco mil dólares por un solo pelo del bigote de Dalí, y era una extensión.
(…)
— Capitán, ¿cuántas hojas de papel en blanco diría usted que ha firmado Dalí? — pregunté.
— ¿En toda su vida?
— Sí.
Se encogió de hombros y luego, con una sonrisa, dijo:
— ¿Cuántas hojas hay en un árbol?
— Trescientas mil— dijo Ramón Guardiola.
— ¿Y en todos los árboles de un bosque? — preguntó el Capitán.

(Del libro: “Dalí y yo. Una historia surreal” por Stan Lauryssens, marchante de arte y vecino de Dalí en Cadaqués).

“Los suicidas del fin del mundo. Crónica de un pueblo patagónico” Leila Guerriero




#PerroGrisRecomienda: “Los suicidas del fin del mundo. Crónica de un pueblo patagónico” Leila Guerriero (Tusquets editores, 2005)
Entre 1997 y 1999, una oleada de suicidios conmovió la pequeña localidad petrolera de Las Heras, situada prácticamente en medio de la nada y perteneciente a la provincia argentina de Santa Cruz, en la Patagonia. Los suicidas tenían, en su mayoría, alrededor de veinticinco años y pertenecían a familias modestas, oriundas de la zona. La periodista Leila Guerriero viajó a este desolado paraje, interrogó a los familiares y amigos de los suicidas, recorrió las calles, siempre desiertas, y visitó cada rincón del pueblo. Aquí, algunos fragmentos de ese relato.
“Casi no se notaba, pero tenía sombra azul en los ojos, y llevaba un poco de rimmel. Iba teñido de rubio, las cejas en su punto de menos pelo, labios pintados de rosa. Usaba un impermeable blanco y olía irremediablemente a gato. —Soy descendiente directo de tehuelche y mapuche, madre.
Pedro tenía 43 años, era poeta, profesor de inglés, toda una personalidad en la provincia y conductor de un programa de radio desde el que intentaba difundir las culturas tehuelche y mapuche, dos lenguas que hablaba. —Casi me muero cuando me dieron ese premio. Porque además de ser tícher de inglés de estos chicos me encanta promover nuestra cultura. También les enseño a hablar tehuelche, mapuche, porque si no todo eso se va a perder, y son nuestras raíces, nuestra fuerza. A mí estos chicos me rompen el corazón, porque los más chiquitos tienen unas ganas tremendas de autodestruirse, pero están ávidos, ávidos de cosas. Son almas lindas. Yo hablo mucho con ellos. Si tuviera plata los tendría a todos viviendo en un lugar donde pudieran aprender oficios. Que aprendieran a hacer delantales, manteles, a plantar cosas en una chacra, a cuidar chicos. Ellos me cuentan muchas cosas, que no las hablan con nadie, ni con los amigos.
—¿Y por qué a vos te cuentan cosas que no le cuentan a nadie?
—Porque me ven que también estoy marginado y sobre todo porque no oculto nada, ni los juzgo. Yo voy así a dar clases, como me ves. Yo creo que me ven como alguien que los entiende. Lo único que les digo es que, aunque vayan a ser mecánicos, se instruyan. Que un mecánico instruido es mucho mejor que uno sin instrucción. Antes yo me quería ir, conocer España, Francia. Ahora quiero quedarme acá, y quiero que los chicos de Las Heras sean alguien. Porque aunque se hagan que se las saben todas, los cancheros, son unas almas muy infelices. Yo fui con ellos a un programa de televisión en Caleta Olivia y los vi en las cámaras y eran unas cosas tan sanas, tan simples, tan bellas, que yo decía cómo uno puede pensar que estos chicos son unos quilomberos.
Yo los vi. Yo los veo. Son unas almas hermosas.
—¿Y de tu vida?
Dijo que la de él no era una vida linda, Que tenía muchas historias para contar.
Todas tristes”.

Bukowski por Ivone.

Hoy, Bukowski por Ivone, ¡mil gracias por el aporte! 🙂


“Ahí sentado bebiendo consideré la idea del suicidio, pero sentí un extraño cariño por mi cuerpo, por mi vida. A pesar de sus cicatrices y marcas, me pertenecían. Me miraría en el espejo del armario y sonriendo burlonamente diría: si te vas a ir de esta vida, puedes llevarte a ocho, diez, o veinte contigo…”
“Realicé varias incursiones prácticas por los barrios bajos para prepararme ante el futuro. No me gustó lo que vi. Entre sus hombres y mujeres no había ninguna osadía o brillantez especial. Deseaban lo que todo el mundo deseaba. Existían también ciertos obvios casos mentales a los que permitían deambular sin perturbarlos. Yo había observado que tanto en el extremo muy rico o muy pobre de la sociedad, a menudo se permitía que los locos se mezclaran libremente con los demás.”
“Era la noche de un sábado del mes de diciembre. Yo estaba en mi habitación y había bebido mucho más de lo usual, encendiendo cigarrillo tras cigarrillo, pensando en chicas, en la ciudad y sus trabajos y en los años que tenía por delante. Al mirar el porvenir, me gustaba muy poco lo que veía. Yo no era un misántropo ni un misógino, pero prefería estar solo. Era agradable sentarse solo en un recinto pequeño y beber y fumar. Siempre supe hacerme compañía.”
(Fragmentos de la novela “La senda del perdedor” de Charles Bukowski, 1982).

Landriel.

Salta explícita , ¡muchas gracias, Landriel!
Cuando hablas
sacudes mi polvo y las palabras que no digo
las que pienso y no digo
como concha
sí, concha.

no puedo evitarlo Dijiste tantas veces concha que deseo tu lengua
sí, concha

y la lengua se hace fácil
en la boca llena de palabras
hasta la nada

y todo lo que nada para en tu boca

para mí
para los otros y las otras

no puedo evitarlo

cuando hablas sacudes mi polvo
y aunque acabes
vuelvo a pensar en tu lengua llena de agua

Dijiste tantas veces agua que veo un río
donde beben todos

¿Dónde bebes todo para ahogar ese fuego que nombras tantas veces?

siento que me crece el cuerpo
que me tiembla el texto
cuando dices pelvis y garganta
siento que amo todo lo amatorio de las palabras

amo la grieta
amo las manos, las paredes, la enredadera
amo a tu abuela y sus amapolas
los árboles y la selva
la espalda interminable
lo perverso
lo escondido

por ejemplo

amo
(Pintura: Malcolm Liepke)