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Marco Denevi “No quiero consejos, sé equivocarme solo”


Mempo Giardinelli: —Dado que esta entrevista es para una revista como PURO CUENTO, que se pretende especializada para lectores, aficionados o amantes del cuento, y también para autores que empiezan, ¿podría darles un consejo, Denevi?

Marco Denevi: — No. Yo recuerdo lo de Pittigrilli: “No quiero consejos: sé equivocarme solo”. Apenas daría una sugerencia, para que si alguien quiere, la mastique, reelabore y saque sus conclusiones. Y es que no crean en aquello tan dicho y redicho: “Habla de tu aldea y serás universal”. Eso no es verdad. Y corremos el riesgo de que cualquiera considere demasiado importante lo que le ocurrió. O que cualquiera piense que porque cuenta su vida y lo que pasaba en su aldea ya será universal. Shakespeare no oyó el consejo sobre “la aldea”.

(De la revista Puro Cuento nº 3, marzo-abril 1987).
 
“La inmolación por la belleza” de Marco Denevi


El erizo era feo y lo sabía. Por eso vivía en sitios apartados, en matorrales sombríos, sin hablar con nadie, siempre solitario y taciturno, siempre triste, él, que en realidad tenía un carácter alegre y gustaba de la compañía de los demás. Sólo se atrevía a salir a altas horas de la noche y, si entonces oía pasos, rápidamente erizaba sus púas y se convertía en una bola para ocultar su rubor.

Una vez alguien encontró una esfera híspida, ese tremendo alfiletero. En lugar de rociarlo con agua o arrojarle humo -como aconsejan los libros de zoología-, tomó una sarta de perlas, un racimo de uvas de cristal, piedras preciosas, o quizá falsas, cascabeles, dos o tres lentejuelas, varias luciérnagas, un dije de oro, flores de nácar y de terciopelo, mariposas artificiales, un coral, una pluma y un botón, y los fue enhebrando en cada una de las agujas del erizo, hasta transformar a aquella criatura desagradable en un animal fabuloso.

Todos acudieron a contemplarlo. Según quién lo mirase, semejaba la corona de un emperador bizantino, un fragmento de la cola del Pájaro Roc o, si las luciérnagas se encendían, el fanal de una góndola empavesada para la fiesta del Bucentauro, o, si lo miraba algún envidioso, un bufón.

El erizo escuchaba las voces, las exclamaciones, los aplausos, y lloraba de felicidad. Pero no se atrevía a moverse por temor de que se le desprendiera aquel ropaje miliunanochesco. Así permaneció durante todo el verano. Cuando llegaron los primeros fríos, había muerto de hambre y de sed. Pero seguía hermoso.

(Fotografía: Marina Coric, usuaria de Deviant Art).