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”Dalí y yo. Una historia surreal”

¡Salute en su día al falsificador más talentoso!




— ¿Qué pasa con el famoso bigote de Dalí? — pregunté azorado.
— Es una leyenda— respondió Llongueras—. Dalí nunca ha tenido un famoso bigote. Usaba extensiones. Yo mismo le hice varios bigotes. Una vez, en una rueda de prensa, le dio un pronto y dijo a los periodistas que se cortaría el bigote allí mismo. Y lo hizo. Una estupidez, claro. Inmediatamente lamentó haber tomado aquella decisión y me pidió que le confeccionara un bigote falso. Tomé dos sorbetes, les pegué pelo oscuro de otro cliente y le dije que deslizara las extensiones sobre los extremos superiores de lo que quedaba del bigote original. Semanas después, a la vista de todo el mundo, repitió su performance y cortó solemnemente los sorbetes peludos por la mitad. Tanto le gustaba el numerito que me pidió varias extensiones más, y siempre las llevaba encima en una cajita de plata.
Cuando aparecía un fotógrafo, se humedecía las puntas del bigote con vino o agua con miel y recortaba los sorbetes peludos. Dalí es una falsificación de los pies a la cabeza. Engañó a todo el mundo (¡incluso a los Beatles!) y le salió bien.
— ¿A los Beatles? ¿Cómo fue eso?
— George Harrison me pagó cinco mil dólares por un solo pelo del bigote de Dalí, y era una extensión.
(…)
— Capitán, ¿cuántas hojas de papel en blanco diría usted que ha firmado Dalí? — pregunté.
— ¿En toda su vida?
— Sí.
Se encogió de hombros y luego, con una sonrisa, dijo:
— ¿Cuántas hojas hay en un árbol?
— Trescientas mil— dijo Ramón Guardiola.
— ¿Y en todos los árboles de un bosque? — preguntó el Capitán.

(Del libro: “Dalí y yo. Una historia surreal” por Stan Lauryssens, marchante de arte y vecino de Dalí en Cadaqués).