Secciones

  • Recomendaciones de Películas
  • Los Ocultos de Perro Gris
  • Mecachendie
  • La Manada
  • Recomendaciones Literarias
  • Loquenodije
  • Frases, Textos y Poesías
  • E-books
  • Diarios de Poesía
  • Del Barrio a la Luna
  • Ladridos Musicales

Juan José Oppizzi

¡Bienvenida la poesía de Juan! ¡Mil gracias!






“Fraternal” de Juan José Oppizzi



Andamos juntos

el olvido y yo.

Él no recuerda quién soy;

yo no recuerdo quién es.

Acaso ninguno existe.



“XVIII”



Allá está

el que has de ser.

No temas.

Una vez me mostraron

quién sería yo:

un hombre de oscuras ropas

y gesto claro.

No me agradó, recuerdo.

En los años lo perdí,

hasta que un espejo

me reveló todo.



“XIX”



Ahora soy

verbo conjugado en el presente,

criatura hecha

de un hoy grueso.

Pero mis ladrillos

responden a una argamasa inestable

y a un hilo de furtivos cambios.

Roald Dahl

Más de un siglo de Roald Dahl






Foto: Roald Dahl con su nieto Luke (1989)



Roald Dahl fue espía, piloto de combate experto, historiador de chocolate e inventor médico.
#PerroGrisRecomienda: “El gran cambiazo”

“Los cuatro relatos recogidos en este libro, que fue galardonado con el Gran Prix de l’Humour Noir, nos muestran a Roald Dahl en su mejor forma: un cóctel a la vez burlesco, barroco y macabro, tierno y cruel, ligero e inquietante, cuya receta exige mucho talento e imaginación y de la que puede afirmarse que este autor tiene el secreto. Dos de ellos, «El invitado» y «Perra», son fragmentos del Diario imaginario de Oswald Cornelius Hendryks, una especie de Don Juan moderno, refinado esteta, rico y mundano; un Diario tan escandaloso nos advierte el narrador que, en comparación, las Memorias de Casanova parecen una hoja parroquial. «El gran cambiazo» describe la ingeniosa estratagema concebida por dos maridos libertinos respecto a sus confiadas esposas. «El último acto» es el relato del reencuentro de una viuda y un antiguo pretendiente, en el que refulge también esta característica tan significativa de Roald Dahl: poner en evidencia las fisuras de la «normalidad», cómo en una situación aparentemente trivial se agazapa el horror. Estos relatos, cuyos temas centrales son el sexo y el placer, bajo su aérea y burlona apariencia son, a su vez, ácidas parábolas sobre la fragilidad del amor, la fatuidad del eterno masculino y la tenebrosa incertidumbre de la existencia”.(Contratapa de la edición de Anagrama)



“El último acto” (cuento de “El gran cambiazo”)



“Así que, de pronto, Anna se encontró viviendo en una casa completamente vacía.

Después de veintitrés años de ruidosa, ajetreada y mágica vida familiar, resulta espantoso bajar a desayunar a solas por las mañanas, permanecer sentada en silencio ante una taza de café y una tostada y preguntarse qué vas a hacer durante el día que acaba de empezar. La habitación en la que te encuentras, que ha oído tantas risas, ha visto tantos cumpleaños, tantos árboles de Navidad, tantos regalos en el momento de ser abiertos, ahora está en silencio y resulta curiosamente fría. La calefacción se nota en el aire y la temperatura en sí misma es normal, pero la habitación sigue dándote escalofríos. El reloj se ha parado porque no eras tú la encargada de darle cuerda. Una de las sillas está torcida y te quedas mirándola fijamente, preguntándote por qué no te habías fijado en ello anteriormente. Y, de pronto, cuando vuelves a levantar la mirada, te invade el pánico porque te parece que las paredes han avanzado lentamente, muy lentamente, hacia ti cuando no mirabas (…)”



Link para descargar el libro:

El gran cambiazo

Así festejábamos su centenario

Relatos del Pájaro Negro

En su cumpleaños, Jess nos regala un adelanto






Boceto de la tapa del libro que presentaremos el próximo 7 de octubre (diseño de la autora)



“Este libro es una recopilación de historias que me prometí escribir desde que tengo catorce años. Recién ahora logro concretar este viejo anhelo y me da mucha emoción poder publicar Relatos del Pájaro Negro de la mano de Perro Gris.



Cada una de las historias que presento aquí se ha quedado grabada en mi memoria pero a la vez, a medida que fueron pasando los años, se transformaron. Se unieron entre sí y mutaron bastante, pero siguieron siendo fieles a su esencia y al espíritu con el que fueron contadas.



Estos relatos formaron parte de mi historia y lograron inspirar en mí una gran atracción por lo extraño, lo oscuro y lo sobrenatural. Están basados en los “sucedidos” que relataban mis tíos, parientes, primos y allegados, quienes compartían sus anécdotas aderezándolas con un suspenso muy especial, capaz de mantener en vilo a un grupo grande de primos inquietos hasta altas horas de la madrugada. Hoy miro con nostalgia esas noches de tertulia bajo un alero, entre risas y sustos, mates y olor a campo. Es por eso que esta novela es también un homenaje a esas viejas costumbres que se van, que se evaporan como el humo de un fogón en la noche del tiempo”.

Cesare Pavese

Pavese, el hombre que amaba a todas las mujeres…





En la foto, junto a Constance Dowling, su última novia a quien le dedica, tras la ruptura, estos, sus últimos versos…



“Vendrá la muerte y tendrá tus ojos”

Vendrá la muerte y tendrá tus ojos

esta muerte que nos acompaña

desde el alba a la noche, insomne,

sorda, como un viejo remordimiento

o un absurdo defecto.

Tus ojos

serán una palabra inútil,

un grito callado, un silencio.

Así los ves cada mañana

cuando sola te inclinas

ante el espejo.

Oh, amada esperanza,

aquel día sabremos, también,

que eres la vida y eres la nada.

Para todos tiene la muerte una mirada.

Vendrá la muerte y tendrá tus ojos.

Será como dejar un vicio,

como ver en el espejo

asomar un rostro muerto,

como escuchar un labio ya cerrado.

Mudos, descenderemos al abismo.

Solo saben morir

Escrito a cuatro manos por Raúl Omar García, cementerios, sangre y otras abominaciones…



«…y te aplasté el cráneo. Pero, claro, esta última línea nunca la vas a poder leer.»
***

El manuscrito había aparecido un jueves por la tarde. Abrió la puerta para salir a barrer la vereda y, al segundo roce de la guinea de la escoba contra el cemento, lo vio: un papel dobladito entre las canaletas de una baldosa.
Se acordó de las rudimentarias cadenas de pedidos que, hasta no hacía mucho, eran comunes en las veredas pueblerinas. Esas del estilo: «copia esto siete veces si no quieres tener mala suerte». Quizá porque ya no estaba su tía para decirle niseteocurra (la pobre era muy supersticiosa y se veía en la obligación de cumplir con lo que decían esos papeles, si los leía) fue que se agachó, lo tomó, lo abrió y leyó:
«Si estás leyendo estas líneas es porque el destino quiere que entremos en contacto. Es una fuerza superior a la que hay que prestar atención, porque, ¿qué te llevó a levantar el papel? Pensalo un poco. Como sea, no hay vuelta atrás. Vas a tener noticias mías muy seguido. De verdad que estoy entusiasmado. Besos.»
Mirna miró a su alrededor y tragó saliva. No podía pensar que esa nota estaba destinada a ella, es decir, no estaba dirigida a su persona y no tenía firma alguna, pero, de alguna manera, ese texto le había provocado un escalofrío. Hizo un bollo con el papel, lo arrojó al piso y continuó barriendo. Juntó las hojas secas, la tierra y los papeles con una pala y los metió en una bolsa de nailon negra. Le hizo un nudo y la colocó en el cesto.
Saludó a una vecina que pasaba a su lado, y no pudo evitar que empezara a charlar. Hablaron durante media hora de diversos temas. La calle no estaba muy transitada. Era un día nublado, bastante feo para estar afuera y, aunque no hacía frío, el viento era molesto.
Se despidió de la mujer y regresó al interior de su casa.
Mirna vivía sola, con un gato y un canario de compañía —bautizados de forma no muy original, Silvestre y Tweety—. Dejó la escoba y la pala en el lavadero, donde tenía el lavarropas y todas las cosas de limpieza. Agarró el control remoto que estaba en la mesa y subió el volumen del televisor. Su novela ya había comenzado.
—Me perdí el principio, qué lo parió —refunfuñó.
Silvestre no quitaba la vista de la jaula del ave y meneaba la cola de un lado al otro.
—Que ni se te pase por la cabeza —advirtió la dueña al felino—, porque te corto la cola.
Puso a calentar la pava con agua y preparó el mate. Cuando estuvo todo listo y se disponía a mirar la telenovela, a la primera cebada, sonó el teléfono. Al segundo timbrazo saltó el contestador. Se dijo a sí misma que iba a tener que solucionar ese desperfecto; un punto más para su lista de pendientes.
«Mirna, soy yo. Quedamos en que venías a cenar. ¿Te pasó algo? ¡Seguro que te pasó algo! ¡Mirna! ¡Mirna! Sé que estás ahí, nena. Atendé de una vez…»
—Hola, ma.
—¡Al fin! Mirá si era una urgencia. ¿Dónde estabas? ¿No escuchaste el teléfono?
—No, no lo escuché, estaba en el baño.
—¿A qué hora venís, nena?
—En un rato. Son las seis de la tarde, es muy temprano para cenar.
—Nunca venís a visitarme. Si no te llamo yo y te insisto… ¡No se puede creer! Con lo bien que te he tratado, con lo bien que te he educado.
—Ahí salgo, ma. No empecés de nuevo, por favor.
—Te espero, nena.
—Chau.
—¡Pará, no cortés! ¡Esta cabeza mía! ¡Ya me olvidaba!
—¿Qué?
—Llegó algo para vos.
—¿Para mí?
—Sí, dice: «Para Mirna». No lo quise abrir, pero lo estuve pispeando. ¿Tenés novio, nena? Mirá que ya estás pasada de edad. La mujer cuando llega a los treinta tiene que tener hijos, no puede dejar pasar más tiempo. —Chau, ma, nos vemos en un rato. —Colgó. El maullido de Silvestre la devolvió de un salto a la realidad de su casa, a la novela perdida y al mate ahora frío— ¿Cuándo se morirá esta vieja de mierda, eh, mishi?
***

Clara cortó la llamada y bufó. No deseaba ser cargosa, pero quería estar segura de que su hija no la dejaría plantada. Tenía la mise en place sobre la mesada de la cocina, lista para comenzar a preparar el pollo al horno. Se dirigió a la heladera y sacó una botella de vino blanco, la descorchó y se sirvió una copa. Si Mirna se encontrara allí comenzaría a sermonearla, que qué hacía bebiendo a esa hora y bla, bla, bla, pero no estaba. Así que: ¡salud!
Encendió el equipo de música y puso un disco compacto de Juan Ramón, al instante sonó «Cariñito». Mientras acompañaba la canción con su propia voz, dejó la copa en medio de la mesa y agarró la carta que había dejado ahí. Era un sobre de cierre, sin remitente. En la parte del destinatario figuraba tan solo ese «Para Mirna», pero lo curioso era que la solapa no estaba humedecida, por lo tanto, la almohadilla no estaba pegada. Es decir, nada le impedía echarle una ojeada.
—¡Ay, cariño! ¡Ay, mi vida! Nunca, pero nunca, me abandones, cariñito —canturreó Clara, y sacó el contenido del sobre.
Frunció el ceño al descubrir una simple hoja en blanco. La dio vuelta. Nada. Ni una palabra. Cuando se disponía a ponerla en su lugar, un ruido la estremeció sobremanera. La copa de vino estaba hecha trizas en el piso. Observó los vidrios y el líquido volcado mientras trataba de comprender cómo era posible que se hubiera caído. Estaba segura de que la había colocado a una distancia prudente del borde de la mesa y ella se hallaba bastante alejada como para haberla siquiera rozado.
Le sobrevino un escalofrío que le erizó los pelos de la nuca. Con el sobre en una mano y el papel en la otra, empezó a temblar. Entonces, la música dejó de sonar. Dirigió la vista al minicomponente. Totalmente apagado. De pronto, algo llamó su atención. Percibió el movimiento de una sombra con el rabillo del ojo, pero no era eso. En el papel en blanco aparecían letras, como si un ser invisible estuviese escribiendo en él.
Clara soltó la hoja (parecía que le quemaba), la cual aterrizó en el suelo, y prestó atención, aterrada, a lo que allí se transcribía:
«Ellos me invocaron. Todos me ignoraron. Podían usarme. Cagones de mierda. Entro en contacto y solo saben morir. Mirna es distinta. Voy a ayudarla. Sabía que no te ibas a aguantar. Es normal que metas tu nariz en cosas ajenas, así que, ni bien te picó la curiosidad, tiré la copa, apagué la música…
La mollera de Clara se hundió y brotó sangre a borbotones. Parecía una manguera pinchada. La mujer cayó como un saco pesado y quedó tendida de costado, sacudiéndose de forma convulsiva, con la boca abierta, la lengua hacia afuera y los ojos desencajados. El pómulo derecho, el cual apuntaba hacia el techo, se aplastó de forma brutal. No se escuchaba ningún golpe, pero el sonido de los huesos al partirse era estremecedor.
…y te aplasté el cráneo. Pero, claro, esta última línea nunca la vas a poder leer».
Ni bien Clara dejó este espacio terrenal, Juan Ramón volvió a sonar, entonando «La junta Harper de moral».
***

Mirna llegó apurada; por la velocidad, casi se le salió la cadena de la bici en más de una ocasión. Desde la puerta oyó la música. «Otra vez el pelotudo de Juan Ramón. Encima de vieja de mierda, sorda». Entró sin pedir permiso, como hacía siempre (al fin de cuentas, esa sería su casa algún día, cuando Clarita espichara). Dio tres pasos y un glop, glop pegajoso bajo sus pies le interrumpió el avance. La habitación estaba a oscuras. Tanteó la pared buscando el interruptor de la luz. En el ambiente había un olor raro, como a hígado crudo que se quedara varios días fuera de la heladera. «¿Qué le agarró a la boluda esta? ¿Alzheimer?». Al mismo tiempo que la luz encendía la habitación, su mente daba con la fuente exacta del hedor. En un segundo, las fichas se acomodaron solas: sangre.
Sangre.
Sangre.
Sangre.
No roja. Bordó oscuro. Casi negra, y cuajada.
Mirna observaba el cuerpo, tapándose la boca con una mano. Dejó de pisotear la sangre y examinó la suela de su calzado. Enchastrada. Lamentó tener puestas las zapatillas de lona blanca. ¿Las tendría que lavar con sal gruesa para que se les fueran las manchas?
«¡Hasta para morirse tiene mal gusto esta vieja!», pensó Mirna, despreocupada y carente de emoción alguna, mientras apagaba el equipo de música. Pensó también que la escena era muy brutal para que le hubiera dado un ACV o alguna de esas enfermedades de moda. «¿Le habrán afanado?» Todo parecía estar en su lugar. «¿Algún enfermo la habrá querido violar y, esta, al intentar resistirse terminó dormida a trompadas? No, no podía existir alguien tan degenerado y sucio».Robo seguido de muerte le cerraba más, pero ¿qué mierda se llevaron? Bueno, lo trascendente ahora era que ya no tendría que preocuparse por lo del alquiler. Al fin era propietaria, ¿qué tal? Sonreía mientras buscaba el teléfono para llamar a la policía. Ahí fue cuando vio el papel, tirado debajo de la mesa, con unas manchitas rojas y motas grises pegadas en la parte de atrás, pero se leía bien clarito: «Mirna, yo te voy a ayudar». Y a Mirna se le borró la sonrisa del rostro.
Rodeó el cuerpo y agarró el sobre que estaba sobre la mesa, el que rezaba: «Para Mirna». Le fue imposible no relacionar aquello con el mensaje que había leído esa tarde cuando salió a barrer la vereda. La misma letra. El mismo tipo de papel. Se le puso la piel de gallina y tuvo que sentarse un momento. De repente, tuvo la sensación de que le hubieran dado un cachetazo. No podía ser posible. Sin embargo… No, era tan descabellado que se sentía una pelotuda solo de pensarlo. Todo aquello se le había borrado de la mente y ahora afloraba de la nada. Pero, si eran tan solo unos pendejos de doce y trece años jugando, haciendo cagadas, nada más.
Le acometieron náuseas, el lugar le daba vueltas. No fue un juego. Eso lo supieron hacia el final:
«¡Hecho está!
¡Shemhamforash!
¡Viva, Satanás!»
Sí, ahora recordaba cómo, después de los ruidos extraños, las voces y los golpes, salieron cagando de aquel sitio.
***

Una preadolescente Mirna pega un fuerte portazo al salir de su casa a las nueve de la noche. Nuevamente había discutido con su madre, quien, borracha, le dijo que si salía por esa puerta, cuando volviera la iba a cagar a palos.
—Ya vas a ver, pendeja de mierda.
Pero eso a la niña no le importa. Para cuando regresara, la madre estaría durmiendo la mona y al otro día se ignorarían como siempre.
Quedó en encontrarse con su amiga en la esquina del cementerio del pueblo. Un amigovio de Loli las había convencido de participar de un juego para contactar espíritus. Uno mejor que el de la copa o ese de la tabla con las letras. Cuando llega, ya los dos están allí: Loli y Maxi.
Se saludan y Dolores, Loli, le pregunta por qué tardó tanto.
—Mi vieja —contesta Mirna, y no hace falta que explique nada. Ya saben cómo es Clara.
Maximiliano es el mayor del grupo. Tiene un año más que ellas, trece. Les dice que lo sigan y salta el paredón hacia el interior del camposanto. Sin dudar, las chicas lo siguen.
Maxi lleva una mochila azul.
—Traigo velas, hojas, lapiceras, una campana, una linterna y una botella. Les pide que le ayuden a encontrar una lápida de un nene o nena que no pase los tres años de edad. Loli es la que la escoge.
—Acá, esta.
Jesica Belén Portillo. Murió a los dos añitos.
Maxi les indica que se sienten enfrentadas sobre la tumba. Saca de la mochila los elementos que lleva en ella y empieza la preparación mientras Mirna ilumina con la linterna.
Coloca una vela negra a su izquierda y otra blanca a su derecha. Les explica que la primera representa el sendero de lo siniestro, mientras que la blanca simboliza la hipocresía detestable de las religiones seguidoras de la luz blanca (cosa que las niñas no comprenden). Extiende dos hojas a cada una de ellas y les pasa la birome. Les explica que deben escribir un deseo en un papel y un maleficio en el otro. Así lo hacen. Las hojas con las peticiones las coloca a la izquierda mientras que las de las maldiciones las pone a la derecha. Ellas lo imitan. Ni bien termina de hacer esto, se acuclilla y le encaja un beso a Loli en la boca. Ella se sonroja y le lanza un manotazo, y comparte miradas cómplices con su amiga. Saben que luego del juego Loli perderá la virginidad —aunque no exactamente como ella lo había planeado—.
El joven mete la mano en la mochila, saca una pequeña campana plateada y una botella con un líquido rojo en su interior. No les dice que es sangre de gallina lo que va a beber. Saca unos apuntes que trae en el bolsillo de sus jeans y, de pie frente a ellas, lee en voz no muy alta.
—Esto lo saqué de la biblia satánica de Anton Szandor LaVey.
»¡In Nomine Dei Nos tri Satanas Luciferi Excelsi!
»En el nombre de Satán, Señor de la tierra, Rey del mundo, ordeno a las fuerzas de la oscuridad que viertan su poder infernal sobre nosotros.
»Abran las puertas del infierno de par en par y salgan del abismo para recibirnos como sus iguales.
»¡Concédannos las indulgencias de las que hablo!
»Tomamos tu nombre para que se haga parte nuestra. Vivimos como las bestias del campo, regocijándonos en la vida carnal. Favorecemos al justo y maldecimos lo podrido.
»Por todos los dioses del Averno, ordenamos que lo que digo haya de suceder.
»¡Salgan y respondan a sus nombres, manifestando nuestros deseos!
Acto seguido, Maxi hace sonar la campana al aire en sentido contrario a las agujas del reloj:
(mirando hacia el sur)
—¡Satán!
(mirando hacia el este)
—¡Lucifer!
(mirando hacia el norte)
—¡Belial!
(mirando hacia el oeste)
—¡Leviatán!
Luego bebe de la botella.
—¡Hecho está! ¡Shemhamforash! ¡Viva, Satanás!
Los sorprende un fuerte y helado ventarrón. Las hojas blancas con sus escritos flamean en el aire, el cual se huele putrefacto de súbito, y las flamas de las velas se apagan. El haz de luz de la linterna que sostiene Mirna se mueve como loco en todas direcciones. Escuchan golpes —tum… tum… tum…— y ruidos extraños que se aproximan desde el lado izquierdo (el sendero de la vela negra) y Mirna y Loli se abrazan. Maxi sale corriendo en cuanto oye que alguien le habla al oído. Las chicas gritan al unísono, se incorporan de un salto y salen a la carrera, eligiendo distintas direcciones. Ninguno lo llegará a comentar jamás (bueno, Loli lo charlaría más adelante con un psicólogo), pero les susurraron palabras a los tres.
«Se asustaron, claro, pero el horror siguió varios días. Tuvieron consecuencias oscuras, espirituales y psicológicas. Padecieron convulsiones, pesadillas, ataques de pánico. Tuvimos que hacer un exorcismo grupal. Sus familias probaron de todo antes, hasta que finalmente realizamos el exorcismo», contó el Obispo Acuña, sacerdote luterano al que recurrieron los padres de los niños tras sus trastornos, al noticiero local. Fue una noticia que no trascendió.
***

Mirna contempló el cuerpo destrozado de su madre y tragó saliva. Una de sus peticiones había sido que Clara se cagara muriendo de una puta vez.
—Hay que tener cuidado con lo que se desea.
El sonido de la voz la asustó. No estaba sola. Pero esa presencia en el marco de la puerta no era el diablo con patas de cabra ni la muerte de rodillas huesudas. Le costó reconocerla. Habían pasado casi quince años desde que se hablaran por última vez.
—¿Loli?
—Te vine a ayudar con el cuerpo —dijo, y mostró una sierra de carnicero.
***

—De nuevo lo oigo: me llama. Me tapo la cabeza con la almohada y cierro los ojos bien fuerte. Pienso y pienso y pienso para no dejarlo entrar. Repaso la letra de una canción y rezo el padrenuestro hasta que me trabo en la parte del pan y qué sé yo. Pienso, pienso, pienso: no te tengo que dejar entrar no te tengo que dejar entrar no te tengo que dejar entrar no te tengo que dejar entrar no te tengo que dejar entrar… Pero a pesar del sonido de mi voz, lo sigo escuchando. Me llama. Me llama por mi nombre. Desde esa noche en el cementerio, él me habla al oído.
—Pero, ¿quién es él?
—No lo puedo nombrar.
—Dolores, la angustia y el estrés por el que pasaste en ese momento, más la posterior desaparición de tu amigo, pueden provocar episodios como el que relatás. Esa voz que escuchás es tu culpa hablando. La psiquis tiene mecanismos extraños para…
—No. ¡No! Es la voz del que no se nombra. Él se llevó a Maxi.
***

—¿Qué querés decir?
—…
—Vos también recibiste un mensaje, ¿no, Loli?
—…
—Vos también escribiste un deseo y una maldición, lo recuerdo.
—…
—Él se puso en contacto, ¿no?
—Él nunca, nunca, nunca se fue de mi lado, Mirna. —Encajó la sierra a la altura del hombro derecho de Clara y la empezó a trocear como si fuera pollo.
***

Recorte de una noticia del periódico Visión Bonaerense del 04/02/1997. El editor no publicó el fragmento por considerar inverosímil el relato del vigilante, un hombre conocido en el pueblo por su afición a la bebida.
…las identidades han sido resguardadas por tratarse de menores de edad. De acuerdo con el relato del vigilante del cementerio municipal de nuestra ciudad, al abrir la puerta de la bóveda del sector de inmigrantes, alertado por los gritos que parecían provenir de ese lugar, encontró “el piso cubierto por cera de vela” y en la oscuridad se vio sorprendido por lo que pensó que era “una pareja teniendo relaciones carnales”, pero que cuando iluminó la escena con su linterna vio de manera clara que se trataba de una menor de edad siendo sometida sexualmente por un perro de color negro. El animal, en palabras del testigo, se irguió sobre sus patas traseras y atravesó la pared de mármol de la bóveda. El vigilante asegura que buscó al can en las inmediaciones del cementerio sin encontrarlo y luego decidió dar aviso a…
***

Noticia que sí trascendió, pero que nadie en el pueblo —salvo contadas excepciones— supo vincular a los extraños hechos que tuvieron lugar en el cementerio.
Se solicita información sobre el paradero de Maximiliano Andrés Furbes, de trece años de edad, cabellos cortos color castaño oscuro, ojos marrones, un metro sesenta de estatura, de contextura delgada. Al momento de su desaparición, el día lunes 3 de febrero, vestía una remera mangas cortas color roja, pantalón de jean y zapatillas blancas.
***

Mirna no daba crédito a lo que presenciaba. Aquella demente estaba cortando a su madre en pedazos. La sangre saltaba a chorros y se derramaba, esparciéndose por toda la estancia.
—¡¿Qué hacés, enferma?!
—Hay que cumplir con nuestra parte. ¿Sos o te hacés? —Loli se dispuso a desmembrar las piernas de Clara—. Ayudame, ¿querés?
—¡No! ¿Qué querés que haga?
—Hay que entregarle el cuerpo de tu mamá. Es lo que te toca. Hay que llevarla a la bóveda del cementerio.
—Yo no voy a llevar nada a ningún lado.
Loli dejó de serrar. Se quedó quieta y se puso de pie, de espaldas a Mirna. Cuando se giró hacia ella, presentaba un semblante desquiciado.
—Mirá, conchuda. Sé que te habló.
—Loli, no me acordaba de nada hasta hace un rato.
—No puede ser.
—Luego del… exorcismo que nos practicaron, yo… olvidé todo. Hasta que vi la nota, hasta que vos apareciste.
Loli comenzó a sacudir la cabeza.
—¿Y a qué mierda atribuiste la desaparición de Maxi?
—Secuestro, qué sé yo… a nada que tenga que ver con toda esta locura.
—Nononononono, no puede ser. Dame la nota. ¡Dale!
Mirna le extendió el papel. Su antigua amiga leía y movía la cabeza de forma negativa.
—¿Qué quiere decir con que solo sabemos morir?
—No sé.
—¿Qué tenés vos de especial?
Mirna levantó las manos y los hombros en ademán de desconocimiento.
—Esto quiere decir que Maxi está muerto —reflexionó, con los ojos anegados en lágrimas. Mirna comenzaba a estremecerse—. Pero yo… yo… —Loli clavó la vista en Mirna. Su mirada reflejaba el horror de haber descubierto una terrible verdad—. Estoy muerta —dijo, y dejó caer la sierra y la nota de sus manos ensangrentadas.
***

Maximiliano Furbes lleva desaparecido nueve meses, la misma cantidad que Dolores Alves tiene de embarazo. Los padres de esta desconocen la identidad del progenitor de la criatura que está por venir al mundo, pero ella sabe muy bien quién es. Intentó abortar en muchas ocasiones —le horrorizaba pensar que pudiera parir algo como la bestia negra que la violó—, pero él se lo impidió todas las veces. Y ahora es tarde.
Afuera llueve muy fuerte. Loli está sola en la casa. Esa noche sus padres están cenando con unos amigos (faltan dos semanas para la fecha de parto, así que no tienen por qué preocuparse por dejarla sola unas horas). Está acostada en su cama cuando escucha los rasguños en la puerta de su habitación. La joven futura mamá se sienta, asustada, y le sobreviene una contracción. El sufrimiento es insoportable. Los arañazos en la puerta se intensifican y se le unen gruñidos y golpes. Loli se dobla en dos, aferrándose el vientre. En su interior siente un mar turbulento, y su carne hace olas que amenazan con desgarrarla desde adentro. Rompe bolsa y explota un trueno. Las sábanas y el colchón se empapan de un líquido negruzco y espeso. Un rayo ilumina el cuarto a través de la ventana cuando Loli se desgañita de dolor. Al tiempo en que una cabeza llena de pelos se asoma por su entrepierna, la joven deja de pujar porque su corazón late de manera anárquica cuatrocientas veces por minuto, y se muere de un paro cardíaco; su bebé se estrangula con su vagina, al contraerse esta de repente, y muere asfixiado. Los golpes, rasguños y gruñidos se terminan de forma repentina.
El nacimiento fue un fracaso.
Horas más tarde, los papás de Dolores Alves radicarían una denuncia a la policía: su hija había desaparecido sin dejar rastro. Y, como sucedió con Maximiliano Furbes, nunca pudieron dar con su paradero.
***

Luego de una ardua lucha interna consigo misma, en la cual trataba de asimilar toda esa demencial circunstancia que estaba atravesando, Mirna desistió de toda lógica posible, se unió a la tarea de aquella loca que aseguraba estar muerta, y, después de limpiar toda la sangre derramada en la vivienda, terminó de acomodar las extremidades de su madre, envueltas en bolsas de residuos, en un bolsón floreado que la fallecida usaba cuando se iba de viaje con los jubilados.
—Y esto se termina acá, Loli. Vamos al cementerio y…
—Vas a necesitar esto. —Loli extendía unos apuntes amarillentos por los años y amarronados por la sangre seca. Su voz era fría.
Mirna forcejeaba con el cierre del bolso.
—¿Qué mierda es est…?
No había terminado de formular la pregunta cuando su intuición le contestó. De alguna extraña manera supo que esos papeles eran los que Maxi había usado en la invocación. ¿Cómo los había conseguido Loli?
Estiró la mano y los recibió.
—Esta noche, cuando sea la hora de la oscuridad, tenemos que encontrar la tumba de la nena.
Jesica Belén Portillo. Dos añitos.
—¿Por qué ahí?
—Porque es el punto de inicio.
***

Las leyendas cuentan que hay cuatro momentos del día en los que está prohibido entrar a un cementerio o pasar cerca de uno: el mediodía, las tres de la tarde, la medianoche y las tres de la mañana. En esas horas se debilita la frontera entre los mundos: los muertos pueden caminar entre los vivos, y los vivos, perderse en las tinieblas. No hay amuleto ni rezo que contrarreste ese influjo demoníaco. Es la hora de la oscuridad. Es la hora del que no se nombra.
***

Caminaron por las veredas desoladas. El frío les apuñalaba los dedos. A lo lejos vieron la reja de entrada del cementerio. Mirna arrastraba el bolsón floreado. Si hubiese podido verse a sí misma en un espejo habría notado el vaho que brotaba de su cabeza por el calor de la transpiración. Loli no emanaba ningún vapor.
—¿Cómo vamos a entrar? —le preguntó a Loli mientras se agachaba para verificar que la sangre de Clarita no estuviera chorreando—. ¿Cómo vamos a saltar esa reja? Debe medir más de dos metros, ¿no?
Buscó con la vista a Loli. No la encontró. Estaba sola. Solo ella y el bolso con el cadáver descuartizado de su progenitora.
En la gélida madrugada de invierno, la reja inmensa del cementerio se abrió milagrosamente con un quejido, pero ligera y sigilosa, como un conejo que saliera de la galera de un mago.
***

Las tumbas de los bebés estaban del lado oeste casi pegadas a los muros exteriores. Como si fuesen suicidas a punto de saltar al vacío.
Los pies de Mirna iban solos, parecían recordar el camino que habían hecho casi quince años antes. Casi no sentía el peso de los restos de Clara.
Tenía que encontrar la tumbita.
Doblar a la izquierda. Dos añitos. Tercera fila desde el primer pasillo. Portillo. Quinto sepulcro. No. Esa era la bóveda de los inmigrantes.
Arrastraba a Clarita. Doblar a la izquierda. Dos añitos. Tercera fila desde el primer pasillo. Portillo. Quinto sepulcro. ¡No! La bóveda de los inmigrantes de nuevo.
Doblar a la derecha. Jesica. Volver a doblar a la izquierda. La hora de la oscuridad. Décimo quinto sepulcro. Loli. La bóveda de los inmigrantes. Otra vez.
Arrastra, arrastra. Doblar a la izquierda. Loli. Ala oeste. Cuidado con lo que deseas. Quinto sepulcro. Clarita. La bóveda de los inmigrantes. De nuevo.
Solo saben morir.
Mirna alzó el bolso con las dos manos y giró en redondo. Todo el cementerio era ahora una bóveda. La bóveda de los inmigrantes. No había esquinas. Era todo circular. Una cripta de mármol repetida hasta el infinito. Muy cerca, un animal gruñó. El gruñido se fue haciendo cada vez más alto. Más alto. MÁS ALTO. El bolso se sacudió en sus manos y Mirna lo soltó. El cierre se abrió en cámara lenta, como un girasol al amanecer. Mirna sacó de uno de sus bolsillos los apuntes de Maxi. Quiso mirar hacia el sur, gritar Satán, darle la ofrenda de Clarita y a la mierda, pero del bolso surgió un perro enorme de color negro. Aunque no, era imposible. ¿Cómo puede un perro caminar erguido sobre dos patas?, alcanzó a pensar Mirna. Antes de desmayarse le pareció oír la risa de Loli; ¿o era la de Maxi?
***

Recorte de una noticia del periódico Visión bonaerense del 24/07/2012.
…en horas de la mañana de ayer tuvo lugar un insólito hecho en el interior del cementerio municipal. Cuando uno de los empleados arribó al lugar se encontró con que la reja de la puerta principal estaba abierta. Sin embargo, no mostraba signos de haber sido violentada. De cualquier manera, se siguió el protocolo de acciones para este tipo de hechos: se dio aviso a la policía y el empleado ingresó acompañado de dos agentes. Al llegar al sector de las bóvedas de inmigrantes los hombres presenciaron un hecho singular: una mujer embarazada, totalmente desnuda a pesar de las inclemencias meteorológicas, entró en trabajo de parto.
Al cierre de esta edición, la mujer —cuya identidad no ha sido establecida— está internada en el nosocomio local. Dio a luz a siameses varones que se encuentran unidos por la cadera. Fuentes allegadas a los médicos que intervinieron en la cesárea de urgencia aseguran que los bebés tienen tres extremidades inferiores y tres superiores…
***

Mirna recobró la conciencia con rapidez. Hacía un momento todo era una negrura total y, al siguiente, podía ver con nitidez la pieza de hospital en la que estaba internada. El dolor en el vientre la paralizaba y se extendía por cada fibra de su ser. Junto a la cama, en una silla, estaba sentada Clarita. Su madre. Había algo significativo sobre ella que Mirna no podía recordar. Algo importante. Tenía la sensación de que era urgente, pero no se acordaba. ¿Tenía que cenar con ella?
Clara la tomó de las manos. Estaban sudorosas y sucias.
—¡Qué bueno que me hiciste caso, nena! ¡Ya era hora de que me hicieras abuela!
Mirna abrió los ojos como platos, se palpó el vientre y descubrió con sus dedos la cicatriz que le surcaba la pelvis de forma horizontal. Todo su cuerpo se estremeció.
Clara la soltó, se levantó, le dio la espalda, caminó unos pasos y se volvió con un bulto deforme y peludo en sus brazos que depositó sobre el pecho cálido y trémulo de Mirna. Se disponía a marcharse cuando vociferó:
—¡Qué cabeza la mía, nena! ¡Ya me olvidaba! Llegó un sobre para vos…


Fotografía: dpressedsoul (usuario de DeviantArt)

Día del lunfardo

Na’ de chamuyo… ¡la posta! 5 de septiembre día nacional del Lunfardo.



Lunfardo -precisa la Academia Porteña- es un vocablo, quizá procedente del dialecto romancesco, que quiere decir ladrón. Por extensión, en nuestro medio, lunfardo fue originariamente el término con el que se designaba a los malvivientes y al mundo social donde actuaban. También adoptó la denominación de lunfardo el lenguaje corriente de la gente del pueblo. No fue en su origen -como a veces se ha dicho- el habla propia de la mala vida, ni el lenguaje secreto del hampa, sino una forma lúdica y festiva del habla popular de Buenos Aires. Es decir, que el vocablo lunfardo etimológicamente vinculado al mundo delictivo, denominaba una forma característica del habla ciudadana y otros centros influenciables por la inmigración (…)” Luis Alposta



“Hay buenos poetas lunfardos -afirma Rivero-, por ejemplo, Yacaré (seudónimo de Felipe Fernández), el primer poeta lunfardo, Carlos de la Púa, Celedonio Flores, Bartolomé Aprile, Iván Diez y José Pagano -que era un sargento de la policía de la sección primera- y ha publicado varios libros. En uno de ellos hay un tema que yo grabé llamado ‘Las diez de ultima’, que dice:



excursioné con los lances

por shucas y cabaletes

de grilos y de culata

lo laburé al más piolín,

hice bolsa con la tela

enguillada en el pebete

y hasta solfié la sotana

que tiene camisulín”.



Yo creo que cuando canto esto la gente no entiende. La traducción sería más o menos esta: un ladrón, un lancero, que trabaja con los dedos anduvo por todos los bolsillos, shucas son los bolsillos laterales del saco, cabalete es el bolsillo de arriba, grilos son los bolsillos laterales del pantalón, culata los bolsillos de atrás. Hice bolsa con la tela enguillada en el pebete significa que se quedó con el dinero escondido en el bolsillo chico del pantalón, al que se le llama pebete o chiquilín. Y hasta solfié la sotana que tiene el camisulín quiere decir que también trabajó de adentro del saco -trabajó de sotana y en los bolsillos del chaleco, o camisulín“.






“Pagano tiene también una milonga que yo le grabé titulada: ‘la señora del chalet’, y la canto siempre porque tiene palabras reas (lenguaje del conventillo o del muchacho de la calle)que son completamente comprensibles para el común de la gente. El tema gira en torno de un hombre de mala vida que hace cualquier cosa para que su amada esté bien. Y le dice: ‘piantá de tu barrio reo…'” Edmundo Rivero






“La señora del chalet”



Piantá de tu barrio reo,

Dejá el convento mistongo,

Que lo que yo te propongo

Allí no lo has de encontrar.

Vas a ver qué tren diquero

Con tu nueva indumentaria,

Pa’que bronquen las otarias

Que tienen que laburar.



Te voy a empilchar debute

En una maisón francesa,

Ya de blanco, ya de fresa

Ya de paño o crepmongol,

Con cuatro o cinco pulseras,

Un pendantif con brillante,

Y un zarzo con un diamante

Más brilloso que un farol.



Dejarás de ser la pobre

Mistonguera mishia grela,

Y una vez llena de tela

Cambiás de nombre también:

Te encajás uno de aquellos

Propiamente afrancesados,

Y verás que a tu pasado

Sin grupo le hacés amén.



Tendrás un chofer debute

Postamente uniformado,

Y un buen cuzquito mimado

Que te ayude a dar chiqué

Aquí, los giles del barrio,

Al ver tu pinta y tus bienes,

Dirán todos “allá viene

La señora del chalet”.



Tendrás piano pa’ tocar

Y qué sé yo qué moblario,

Figurarás en los diarios

En galería social,

Aunque yo pa’ mantenerte

Esté siempre engayolado,

Y eternamente escrachado

En crónica policial.

“Al sur de la frontera, al oeste del sol” Haruki Murakami (1998)

Haruki, amigo de la casa






“Durante toda mi infancia odié la expresión ‘hijo único’. Cada vez que la oía, era consciente de que me faltaba algo. Estas palabras parecían un dedo acusador que me apuntaba, señalándome: ‘tú eres un ser imperfecto’.

Que los hijos únicos fueran niños consentidos por sus padres, enfermizos y egoístas era una convicción profundamente arraigada en el mundo en que crecí. Se consideraba un hecho indiscutible de la misma especie que el de que, cuando se sube a una montaña, baja la presión atmosférica, o que las vacas dan leche. Yo detestaba con toda mi alma que me preguntaran cuántos hermanos tenía. Porque, al oír que ninguno, los demás pensarían en un acto reflejo: ‘Hijo único. Seguro que es un niño consentido, enfermizo y egoísta’. Esta reacción estereotipada de la gente me irritaba, y no poco, y también me hería. Pero lo que en realidad me irritó e hirió durante toda mi niñez fue que todas esas ideas fuesen absolutamente ciertas”.

“Viendo cómo crecían las niñas, me daba cuenta de que también el tiempo pasaba para mí. Ellas crecían, día a día, solas, fueran cuales fuesen mis designios. Yo las quería, por supuesto. Y verlas crecer representaba una de mis mayores dichas. Pero, al ver que se hacían mayores, a veces sentía una terrible opresión. Era como si, dentro de mí, fuera creciendo un árbol a toda prisa, un árbol que echaba raíces y extendía las ramas. Y conforme iba desplegándose, me oprimía las entrañas, los huesos y la piel. A veces, esta idea me angustiaba hasta el punto de quitarme el sueño”.

Jorge Luis Borges

¡Feliz día al gran lector que nos enseñó a leer!






“Yo soy un hombre más o menos enlutado que viaja en tramway y que elige calles desmanteladas para pasear, pero me parece bien que haya coches y automóviles y una calle Florida con vidrieras resplandecientes. Me parece bien asimismo que haya metáforas, para festejar los momentos de alguna intensidad de pasión. Cuando la vida nos asombra con inmerecidas penas o con inmerecidas venturas, metaforizamos casi instintivamente. Queremos no ser menos que el mundo, queremos ser tan desmesurados como él”. “Otra vez la metáfora” de Jorge Luis Borges (del libro “El idioma de los argentinos”, 1928).



Yapa:



En casa, como en todas las casas, hay una bolsa llena de otras bolsas. Con cariño le decimos la bolsa Jorgeluí.

Cada vez que meto la mano en Jorgeluí buscando infinitas bolsas toco otra mano que, buscando infinitas bolsas, toca mi mano.




Francisco de Quevedo

“¡Ah de la vida!” Francisco de Quevedo






(Represéntase la brevedad de lo que se vive y cuán nada parece lo que se vivió)



«¡Ah de la vida!»… ¿Nadie me responde?

¡Aquí de los antaños que he vivido!

La Fortuna mis tiempos ha mordido;

las Horas mi locura las esconde.



¡Que sin poder saber cómo ni adónde

la Salud y la Edad se hayan huido!

Falta la vida, asiste lo vivido,

y no hay calamidad que no me ronde.



Ayer se fue; Mañana no ha llegado;

Hoy se está yendo sin parar un punto:

soy un fue, y un será, y un es cansado.



En el Hoy y Mañana y Ayer, junto

pañales y mortaja, y he quedado

presentes sucesiones de difunto.