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El Oculto: Ángel Bonomini

#LosOcultosDePerroGris: Ángel Bonomini, novio de María Elena Walsh (escribieron juntos un libro de poesía del que, luego, ella renegó), reconocido cuentista del género fantástico y un poeta excelso.




“Oficio y finalidad”



Repetir una y otra vez

aquello de que se carece

a fin de que a fuerza de insistirlo

quede creado:

dibujar en el aire

hasta que el sonido del rasgo

se convierta en silencio.



Y así, cada piedra contenga su rostro;

y cada instante de sordera contenga su voz;

y cada partícula de obscuridad

revele el sol de su presencia,

y cada gota de muerte

devenga semilla.



Se trata de buscar la palabra

para callarla.

La oculta: Amelia Biagioni



#LosOcultosDePerroGris: “a marido regalado/ no se le mira el príncipe”, le gustaba decir a Amelia Biagioni. Poeta predilecta de María Elena Walsh, amiga de Borges y Mujica Láinez, perdió las cátedras en la universidad por ser perseguida por el peronismo. Exiliada, mantiene correspondencia con Alejandra Pizarnik. Dueña de un humor extravagante y también pueblerino. En su opinión, Alejandra (Pizarnik) era la dolorosa, Olga (Orozco) la hechicera y ella, la cósmica.

“Lluvia” de Amelia Biagioni

Llueve porque te nombro y estoy triste,
porque ando tu silencio recorriendo,
y porque tanto mi esperanza insiste,
que deshojada en agua voy muriendo.
La lluvia es mi llamado que persiste
y que afuera te aguarda, padeciendo,
mientras por un camino que no existe
como una despedida estás viniendo.
La lluvia, fiel lamido, va a tu encuentro.
La lluvia, perro gris que reconoce
tu balada; la lluvia, mi recuerdo.
Iré a estrechar tu ausencia lluvia adentro,
a recibir tu olvido en largo roce:
Que mi sangre no sepa que te pierdo.

(de “Sonata de soledad”, 1954)

El oculto: Horacio Castillo

#RePost #LosOcultosDePerroGris

Otro de los placeres que sólo nos damos en Perro Gris: Horacio Castillo, nuestro poeta oculto del día <3

“Melancolía”

Subes desde los dedos de los pies,
trepas por las rodillas, por los muslos,
tiñes cuerpo, boca, lengua,
te estancas en el corazón,
negro humor, agua muerta, miel
que mana cada noche de las estrellas.

“Siembra”

Ojo lacerado por el llanto,
ojo cegado por la finitud,
ojo cicatrizado por la esperanza,
aquí te siembro, en este yermo,
para que crezca al fin
la mirada limpia de los asesinos.

Fuente: “Tuerto rey”, Horacio Castillo, 1982.

El oculto: Edgar Lee Masters.

#LosOcultosDePerroGris Hoy: Edgar Lee Masters (EE.UU., 1868-1950)

   

“Masters se crió en el interior de Illinois. Estudió abogacía y a los veinticuatro años se mudó a Chicago. En 1893 se estableció como abogado laboral de trabajadores, inmigrantes, huelguistas y sindicatos. Abogado de día, escritor de noche: un tironeo constante entre su profesión y su vocación (otro ‘clásico’ en las vidas de escritores). En un intento por bancar económicamente su literatura, quiso ser juez; a diferencia de nuestro Juan Filloy, Masters no lo logró.

A los cuarenta y seis años de edad, ya había publicado once libros, pero seguía siendo casi un desconocido. Hasta que, durante una visita de su madre en mayo de 1914, conversa con ella sobre su tierra de origen. Lugares, personas… Tras despedirla, Masters vuelve a casa rumiando una idea: plasmar ‘un microcosmos que represente un macrocosmos’. Enseguida escribe ‘La colina’, el primer poema del futuro libro: ‘Spoon river’ (…)

En la obra, Masters sitúa un pueblo ficcional, Spoon River, en la zona de Illinois donde se crió. Imagina a sus habitantes; más precisamente, a sus muertos (…) ‘Todos, todos están durmiendo en la colina’, dice el verso que se repite en el primer poema.

Lo sigue una selección —una antología— de casi 250 almas, entre las muchas que descansan en ese camposanto. Cada poema tiene por título el nombre de una persona, y es una declamación breve en la que esa persona resume quién fue, cómo fue su vida. Un poco como epitafios, salvo que no son propiamente las palabras grabadas en las tumbas de los muertos, sino sus voces (…)

Fuente: Martín Cristal 

“La colina” Edgar Lee Masters

¿Dónde están Elmer, Hermán, Bert, Tom y Charley,

el indolente, el forzudo, el chistoso, el borrachón, el pendenciero?

Todos, todos duermen en la colina.



Uno se fue en brazos de la fiebre,

uno ardió en una mina,

uno fue liquidado en una pelea,

uno murió en la cárcel,

uno se cayó de un puente, trabajando para sus hijos y su mujer;

todos, todos duermen, duermen, duermen en la colina.



¿Dónde están Ella, Kate, Mag, Lizzie y Edith,

la sensible, la simple, la gritona, la orgullosa, la feliz?

Todas, todas duermen en la colina.



Una murió durante un aborto,

una de amor desdichado,

una en manos de un bruto en un prostíbulo,

una de orgullo deshecho, persiguiendo el ideal de su corazón,

y otra, que buscó un destino lejos, en Londres y París,

fue traída a su pequeño espacio junto a Ella y Kate y Mag;

todas, todas duermen, duermen, duermen en la colina.



¿Dónde están el tío Isaac y la tía Emily,

y el viejo Towny Kincaid y Sevigne Houghton,

y el Mayor Walker, que había hablado

con venerables hombres de la Revolución?

Todos, todos duermen en la colina.

Les trajeron hijos muertos en guerra

e hijas destrozadas por la vida,

y sus niños huérfanos, llorando;

todos, todos duermen, duermen, duermen en la colina.



¿Dónde está el viejo violinista Jones,

que jugó con la vida durante todos sus noventa años

enfrentando la nevada con el pecho desnudo,

bebiendo, alborotando, sin pensar ni en la mujer ni en la familia,

ni en el oro, ni en el amor, ni en la salvación?

¡Aquí lo tienen! Hablando

de las frituras de pescado de tantos años atrás,

de las carreras de caballos de hace tanto tiempo

en el bosquecito de Clary,

o de lo que Abe Lincoln había dicho

una vez en Springfield.

(Traducción de Enrique Butti y Silvio Cornú. Fuente: http://blogdelamasijo.blogspot.com.ar)

La oculta: Graciela Beatriz Cabal.

#LosOcultosDePerroGris: Graciela Beatriz Cabal: maestra, titiritera, alumna de Borges, correctora del legendario Centro Editor de América Latina, compañera de laburo del genial Boris Spivacow y una escritora… ¡una ESCRITORA!
“Secretos de familia” De Graciela Beatriz Cabal (Novela, Premio Especial Ricardo Rojas, 1989).
A mí los locos me dan mucho miedo. Pero más miedo me da ponerme loca.
“Loca como una cabra” dice mi papá de mi mamá.
A veces me parece que ya está, que ya me volví loca, y que me van a tener que encerrar en el Hospicio de las Mercedes, que queda aquí nomás, cerquita de casa.
Seguro que mi papá y mi mamá no van a dejar que me lleven a la rastra y me tiren en un sótano lleno de pis y ratones.
Pero a mi papá y a mi mamá nadie les va a llevar el apunte porque ellos también están locos.
Entonces me da tanto miedo que parece que me voy a morir.
Y le quiero decir a mi mamá y no sé cómo le tengo que decir.
O le digo y no me entiende.
“Estoy rara, mamá”, digo yo.
“¿Y eso qué es?”, dice mi mamá.
“No sé, tengo miedo”, digo yo, “y no entiendo”.
“¿Qué cosa no entendés?”, dice mi mamá.
“No sé, nada. La mano mía, la canilla, el zapato”, digo yo.
“Pensá en cosas lindas”, dice mi mamá. “Y pará un poco de leer”.

El oculto: Joaquín Gómez Bas.

#LosOcultosDePerroGris, hoy: Joaquín Gómez Bas. Así lo recuerda el groso de Luis Alposta en su recomendable blog http://mosaicosportenos.blogspot.com.ar/ : “Alguna vez le oí decir que nadie pasa en balde por la vida. Que no hay finado absoluto. Que todo ñorse deja lo suyo”.

EL HORNO Por Joaquín Gómez Bas.

Era un invierno criminalmente frío. La idea se le ocurrió al abrir la tapa del horno y sentirse envuelto en una ola de aire caliente, achicharrante. Sería un verdadero negocio envasarlo y venderlo. Lo puso en práctica en seguida. Salió a la calle con un carrito de mano y casa por casa fue adquiriendo a precios de pichincha centenares de botellas vacías. Ya en su casa, encendió el gas del horno y aguardó a que se elevara la temperatura interior. Cuando consideró logrado el punto conveniente, abrió, metió la cabeza dentro, aspiró el aire abrasante y lo sopló en la primera botella, que tapó ajustadamente con un corcho. Repitió el procedimiento con unas cuantas y salió a venderlas. Hizo un negocio redondo. Las vendía en cajones de doce botellas cada uno y no daba abasto. Lo único en contra era que de tanto meter la cabeza en el horno había perdido, en reiteradas chamusquinas, el pelo de la cabeza, de las orejas y del bigote. Sin embargo, no desistía. Ganaba mucho dinero. No era cuestión de abandonar semejante ganga por pelos de más o de menos. Un día sintió cierta picazón en una oreja y al intentar rascársela se le desprendió convertida en ceniza. Lo mismo le pasó con la otra a la semana siguiente, y más tarde con la nariz, el cuero cabelludo, la piel de la cara y los párpados. Inexplicablemente, conservó hasta el final los labios. Cuando éstos también se le cayeron le resultó imposible soplar el aire caliente dentro de las botellas. Y se le acabó el negocio.

Fuente: Revista Testigo (dir. SIGFRIDO RADAELLI), N 5. Buenos Aires, enero-marzo, 1970 (pág. 82)