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“Al sur de la frontera, al oeste del sol” Haruki Murakami

“Al sur de la frontera, al oeste del sol” Haruki Murakami (1998)





“—Pues es lo mismo. Este mundo es igual (al desierto). Si llueve, las plantas florecen; si no llueve, se secan. Los insectos son devorados por las lagartijas; y las lagartijas, por los pájaros. Pero, en definitiva, todos acaban muriendo. Y, después de muertos, se secan. Cuando una generación muere, la sucede la siguiente. Es así. Hay muchas maneras de vivir. Hay muchas maneras de morir. Pero eso no tiene ninguna importancia. Al final, sólo queda el desierto. El desierto es lo único que vive de verdad.
Cuando se fue, me quedé bebiendo solo en la barra. Incluso después de que el bar cerrara y de que los clientes se hubieran ido y de que los empleados terminaran de limpiar, permanecí allí solo. No quería volver a casa enseguida. Llamé a mi mujer y le dije que, por un asunto del bar, llegaría tarde. Luego apagué las luces y estuve bebiendo whisky a oscuras. Como me daba pereza sacar hielo, me lo tomé solo.
‘Todo se va deprisa’, pensé. Algunas cosas desaparecen de repente como si las hubieran cortado. Otras se van difuminando despacio antes de borrarse definitivamente. ‘Y lo único que queda es el desierto’.
Cuando dejé el bar poco antes del amanecer, una lluvia fina caía sobre la avenida Aoyama. Estaba exhausto. La lluvia empapaba muda los bloques de rascacielos que se erguían silenciosos como lápidas. Dejé el coche aparcado delante del bar y volví a casa andando. A medio camino, me senté en una valla y contemplé un gran cuervo que graznaba posado en un semáforo. A las cuatro de la mañana, la ciudad se veía miserable y sucia. La sombra de la putrefacción y la decadencia lo cubría todo. Y yo era una parte integrante de ella. Como una sombra impresa en la pared”.

”Dalí y yo. Una historia surreal”

¡Salute en su día al falsificador más talentoso!




— ¿Qué pasa con el famoso bigote de Dalí? — pregunté azorado.
— Es una leyenda— respondió Llongueras—. Dalí nunca ha tenido un famoso bigote. Usaba extensiones. Yo mismo le hice varios bigotes. Una vez, en una rueda de prensa, le dio un pronto y dijo a los periodistas que se cortaría el bigote allí mismo. Y lo hizo. Una estupidez, claro. Inmediatamente lamentó haber tomado aquella decisión y me pidió que le confeccionara un bigote falso. Tomé dos sorbetes, les pegué pelo oscuro de otro cliente y le dije que deslizara las extensiones sobre los extremos superiores de lo que quedaba del bigote original. Semanas después, a la vista de todo el mundo, repitió su performance y cortó solemnemente los sorbetes peludos por la mitad. Tanto le gustaba el numerito que me pidió varias extensiones más, y siempre las llevaba encima en una cajita de plata.
Cuando aparecía un fotógrafo, se humedecía las puntas del bigote con vino o agua con miel y recortaba los sorbetes peludos. Dalí es una falsificación de los pies a la cabeza. Engañó a todo el mundo (¡incluso a los Beatles!) y le salió bien.
— ¿A los Beatles? ¿Cómo fue eso?
— George Harrison me pagó cinco mil dólares por un solo pelo del bigote de Dalí, y era una extensión.
(…)
— Capitán, ¿cuántas hojas de papel en blanco diría usted que ha firmado Dalí? — pregunté.
— ¿En toda su vida?
— Sí.
Se encogió de hombros y luego, con una sonrisa, dijo:
— ¿Cuántas hojas hay en un árbol?
— Trescientas mil— dijo Ramón Guardiola.
— ¿Y en todos los árboles de un bosque? — preguntó el Capitán.

(Del libro: “Dalí y yo. Una historia surreal” por Stan Lauryssens, marchante de arte y vecino de Dalí en Cadaqués).

“Los suicidas del fin del mundo. Crónica de un pueblo patagónico” Leila Guerriero




#PerroGrisRecomienda: “Los suicidas del fin del mundo. Crónica de un pueblo patagónico” Leila Guerriero (Tusquets editores, 2005)
Entre 1997 y 1999, una oleada de suicidios conmovió la pequeña localidad petrolera de Las Heras, situada prácticamente en medio de la nada y perteneciente a la provincia argentina de Santa Cruz, en la Patagonia. Los suicidas tenían, en su mayoría, alrededor de veinticinco años y pertenecían a familias modestas, oriundas de la zona. La periodista Leila Guerriero viajó a este desolado paraje, interrogó a los familiares y amigos de los suicidas, recorrió las calles, siempre desiertas, y visitó cada rincón del pueblo. Aquí, algunos fragmentos de ese relato.
“Casi no se notaba, pero tenía sombra azul en los ojos, y llevaba un poco de rimmel. Iba teñido de rubio, las cejas en su punto de menos pelo, labios pintados de rosa. Usaba un impermeable blanco y olía irremediablemente a gato. —Soy descendiente directo de tehuelche y mapuche, madre.
Pedro tenía 43 años, era poeta, profesor de inglés, toda una personalidad en la provincia y conductor de un programa de radio desde el que intentaba difundir las culturas tehuelche y mapuche, dos lenguas que hablaba. —Casi me muero cuando me dieron ese premio. Porque además de ser tícher de inglés de estos chicos me encanta promover nuestra cultura. También les enseño a hablar tehuelche, mapuche, porque si no todo eso se va a perder, y son nuestras raíces, nuestra fuerza. A mí estos chicos me rompen el corazón, porque los más chiquitos tienen unas ganas tremendas de autodestruirse, pero están ávidos, ávidos de cosas. Son almas lindas. Yo hablo mucho con ellos. Si tuviera plata los tendría a todos viviendo en un lugar donde pudieran aprender oficios. Que aprendieran a hacer delantales, manteles, a plantar cosas en una chacra, a cuidar chicos. Ellos me cuentan muchas cosas, que no las hablan con nadie, ni con los amigos.
—¿Y por qué a vos te cuentan cosas que no le cuentan a nadie?
—Porque me ven que también estoy marginado y sobre todo porque no oculto nada, ni los juzgo. Yo voy así a dar clases, como me ves. Yo creo que me ven como alguien que los entiende. Lo único que les digo es que, aunque vayan a ser mecánicos, se instruyan. Que un mecánico instruido es mucho mejor que uno sin instrucción. Antes yo me quería ir, conocer España, Francia. Ahora quiero quedarme acá, y quiero que los chicos de Las Heras sean alguien. Porque aunque se hagan que se las saben todas, los cancheros, son unas almas muy infelices. Yo fui con ellos a un programa de televisión en Caleta Olivia y los vi en las cámaras y eran unas cosas tan sanas, tan simples, tan bellas, que yo decía cómo uno puede pensar que estos chicos son unos quilomberos.
Yo los vi. Yo los veo. Son unas almas hermosas.
—¿Y de tu vida?
Dijo que la de él no era una vida linda, Que tenía muchas historias para contar.
Todas tristes”.

#PerroGrisRecomienda:“Johnny fue a la guerra” de Dalton Trumbo

#PerroGrisRecomienda:“Johnny fue a la guerra” (Johnny got his gun) de Dalton Trumbo (Traducción de Rodolfo Walsh. Ediciones De La Flor, 1972)


(Curiosidad: el texto no tiene comas).

“El libro tiene una trayectoria política excéntrica. Escrito en 1938 cuando el pacifismo era anatema para la izquierda y gran parte del centro en Estados Unidos, fue a la imprenta en la primavera de 1939 y apareció el 3 de septiembre: diez días después del pacto nazisoviético, dos días después de iniciada la guerra. (…)
Releyendo el libro después de tantos años, he debido resistir un prurito nervioso de retocarlo aquí, modificarlo allá, aclarar, corregir, elaborar, cortar. Al fin y al cabo el libro es veinte años más joven que yo, y yo he cambiado tanto, y él no ¿o sí?
¿Es posible que algo resista el cambio, incluso un simple producto que puede ser comprado, enterrado, prohibido, maldecido, alabado o ignorado por motivos siempre erróneos? Probablemente no. Johnny tuvo un significado diferente para tres guerras diferentes. Su significado actual es el que el lector quiera darle, y cada lector es gloriosamente diferente de todos los demás, e igualmente sujeto a cambio.
Lo he dejado como estaba para ver lo que es. ’’

(Del prólogo de Dalton Trumbo a la edición de 1959, en plena guerra de Vietnam).

“Siempre se puede oír a los que están dispuestos a sacrificar la vida ajena. Gritan mucho y hablan todo el tiempo. Se los puede encontrar en iglesias y escuelas y periódicos y legislaturas y congresos. Ese es su negocio. Hablan maravillosamente. Antes la muerte que la deshonra. Este suelo santificado por la sangre. Estos hombres que murieron tan gloriosamente. No habrán muerto en vano. Nuestros nobles muertos.
Hummm.
Pero ¿qué dicen los muertos?
¿Alguien volvió alguna vez de los muertos uno solo de los millones que mataron volvió uno solo de ellos para decir por dios me alegro de estar muerto porque la muerte es siempre mejor que la deshonra? ¿Dijeron me alegro de haber muerto por la democracia? ¿Dijeron me gusta más la muerte que perder la libertad? ¿Alguno de ellos dijo alguna vez qué suerte que me volaron las tripas por el honor de mi país? ¿Alguno de ellos dijo alguna vez mírenme estoy muerto pero morí por la decencia y eso es mejor que estar vivo? ¿Alguno de ellos dijo aquí estoy me he estado pudriendo dos años en una tumba extranjera pero es maravilloso morir por la tierra nativa? ¿Alguno de ellos dijo hurra he muerto por la feminidad y soy feliz vean cómo canto aunque mi boca esté tapada por los gusanos? Nadie salvo los muertos sabe si vale la pena morir por todas esas cosas de que habla la gente. Y los muertos no pueden hablar (…)”

Daniel Abrego: Cherub



“El estruendo fue tal que cimbró a la misma Tierra. Luego todo enmudeció. La vida simplemente se había esfumado, podría jurar que incluso un pedazo del Cielo murió ese día…”
 
Es una nouvelle ( o micronovela, en palabras del autor) organizada en crónicas cortas de muy fácil lectura a pesar de lo complejo de sus personajes y trama. Un “ángel”, Erael, responde a todas las preguntas sobre sus desventuras en la tierra de los adanes (Malkuth para ellos) y es así como descubrimos la historia paralela de la humanidad que nunca se nos contó.
 
“Nunca le he revelado mi nombre a un humano, ni siquiera cuando tuve el honor de ser uno de los  seres más poderosos sobre Malkuth, o como ustedes le llaman: Tierra. Antes solo fui conocido por el nombre genérico de mi coro, más hoy, mi querido compañero, te contaré como me hago llamar:
 
Soy Erael, un Cherub”.
 
Este es un recurso muy bien utilizado ya que el lector debe imaginar esas intervenciones silenciosas. Seres mitológicos, folclore religioso, acertijos mortales…
 
“Nos habló de un “león alado” que devoraba niños. Vivía en una colina bastante apartada de la aldea, muy cerca de Egipto. El hombre juraba que la bestia se había comido a su hijo justo frente a sus ojos. Le preguntamos cómo es que había conocido a ese animal. El sujetó nos confesó que la criatura le había ofrecido inmensas riquezas si conseguía resolver un acertijo. Sin embargo, si no lo conseguía, la bestia devoraría a su hijo.”
 
…enfrentamientos épicos y una metamorfosis final que te sorprenderá.
 
Para conseguir el libro, fijate aquí 🙂

John Waters: Carsick

Hace cuatro años, el director de cine John Waters tuvo la idea de hacer un viaje a dedo de una punta a la otra de EEUU y dejarlo documentado por escrito. Así nace “Carsick” (Caja Negra Editora, 2016), un libro que está dividido en tres partes: Lo mejor que podría pasar”, “Lo peor que podría pasar” y “Lo que realmente sucedió”.

Juzguen por ustedes mismos 😉

Fragmento de “Carsick, de Baltimore a San Francisco con el pontífice del trash”, de John Waters.

Todas esas tazas de té de cortesía que tomé en la habitación del hotel esta mañana me dan ganas de mear otra vez, así que pido la llave del baño de hombres, algo que siempre me hace sentir más pervertido de lo que en realidad soy. Me alivia ver que el baño es para una sola persona, que tiene pestillo, y que no encuentro ningún “regalito” esperándome en el inodoro. Y hay grafitis ¡Genial! Me pongo a mear de parado y leo un par: “Cague feliz, cague contento, pero por favor cague adentro”, “En caso de incendio, salir cagando” ¡Qué original! ¿A nadie se le ocurre nada nuevo? Esperen un minuto, ¿qué dice aquel, entre los azulejos, escrito en letra chiquita? “Si quieres pasarla bien, llama a Delmont, 775-208-0823”. Qué demonios. Lo llamo. “Ey”, me responde Delmont, con un tono vagamente amistoso, atendiendo el teléfono al segundo timbrazo. “Esteeee…hola” tartamudeo, tratando de descifrar de repente si Delmont es una persona de verdad o no. “Te llamo por tu… aviso. Estoy viajando a dedo, justo pasaba por la ciudad y…”. “¡Por fin! – suspira Delmont, interrumpiéndome a mitad de la frase –. ¡Ya era hora! Escribí ese aviso hace dos años y nunca me llamaron. ¡Estuve aquí sentado, esperando!”.