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J. G. Ballard

Ballard, el profeta






“(…) Su catástrofe privada le había sobrevenido con la repentina muerte de su esposa, que lo dejó al cuidado de sus tres hijos cuando apenas estaba en los comienzos de su carrera. Ballard se las arregló para sobrevivir sin pedir ayuda y logró desarrollar toda su creatividad haciendo de madre, padre y escritor a la vez. El hombre que llevaba a los chicos a la escuela con el uniforme bien planchado era el mismo que después se sentaba a escribir Crash (…)” Pablo Capanna, del prólogo a “J. G. Ballard. Para una autopsia de la vida cotidiana. Conversaciones”. (Caja Negra Editora, 2013)


“(…) si yo, como escritor de ciencia ficción, tuviera que hacer una predicción sobre el futuro, podría resumir mi temor en una sola palabra: aburrimiento. He aquí mi gran temor, que todo haya ocurrido; ninguna cosa que sea excitante, novedosa o interesante va a suceder de nuevo; el futuro será un enorme y resignado suburbio del alma, nada nuevo va a surgir, ninguna evasión tendrá lugar otra vez. Esto es lo que va a pasar y es mi gran temor. No tengo idea de qué podemos hacer al respecto, abrirnos las venas o algo así (…)”


“(…) Antes la gente solía llamar y decirme: ‘Estamos tomando unos tragos en Hampstead, ¿quieres venir?’. Y yo me daba una vuelta. Pero ahora ya no lo hago, ahora digo: ‘Lo siento, tengo que ver el último capítulo de The Rockford files, es más interesante’. Y habitualmente lo es, por supuesto. Pasado cierto tiempo, uno empieza a aplicar los principios de contabilidad analítica a la propia vida de un modo despiadado. ¿Es rentable (en términos imaginativos) recorrer todo el camino a Hampstead para asistir a una cena? ¿Realmente tengo ganas de sentarme a la mesa a tener una pequeña charla con la mujer de tal o cual escritor? No tengo ganas; solo quisiera encontrarme con gente cuya compañía siento que me puede aportar algo valioso.”


Carlos Fuentes

“Todas las familias felices” Carlos Fuentes (Alfaguara, 2006)



“(…) Me miro al espejo y me digo, José Nicasio, quítate esa mueca, sonríe, trata de ser amable. Me siento amable pero no puedo cambiar la mueca. Ha de venirme de muy lejos mi cara. Mi máscara, claro que sí señora. Entiéndanos. Nacimos con la cara que nos dio el tiempo. Tiempo duro, casi siempre. Tiempo de sufrir. Tiempo de aguantar ¿Qué cara quiere usted que pongamos? (…) Deje que me ría, señora. Voy a los museos de México y recorro las salas de las culturas indígenas –mayas, olmecas, aztecas- maravillado del arte de mis pasados. Pues allí quieren tenernos, señora, escondidos en los museos. Como estatuas de bronce en las avenidas ¿Qué pasa si el rey Cuauhtémoc se baja de su pedestal en el Paseo de la Reforma y camina entre la gente? Pues que le vuelven a quemar las patas…




Deje que me ría, señora. Apenas bajamos a la calle, volvemos a ser los indios mugrosos, los inditos sumisos, los prietos. Nos arrebatan las tierras antiguas, nos lanzan fugitivos al monte y al hambre, nos venden rifles y aguardiente para que nos peliemos entre nosotros. Usan el derecho de pernada con nuestras mujeres. Nos achacan todos los delitos. Averiguan si sus mujeres blancas nos desean en secreto y se vienen con nosotros arañándonos las espaldas para que la sangre oscura derrame sangre aún más negra. Nos gritan ¡indio! o nos gritan ¡prieto! cuando se vienen con nosotros ¿No lo sabía usted, todo esto lo ignora su merced? Su merced. No somos ‘gente de razón’. No somos ‘gente decente’. Nos matan apenas les damos la espalda. Nos aplican la ley de fuga ¿Sabe su merced, que es gente de razón, lo que es ser un indio bruto y despreciado en este país? ¿Un indio patarrajada bajado del cerro a tamborazos? (…)” (del relato “Madre dolorosa”).

Neil Gaiman



“(…) Se quedó dormido mientras el avión despegaba.
Se encontraba en un lugar oscuro, y la cosa que lo miraba llevaba una cabeza de búfalo peluda y pestilente, con unos ojos enormes y acuosos. Tenía cuerpo de hombre, cubierto de aceite y brillante.


—Se avecinan cambios —dijo el búfalo sin mover los labios—. Será necesario tomar ciertas decisiones.


La luz de una hoguera titilaba en las paredes húmedas de la cueva.


—¿Dónde estoy? —preguntó Sombra.
—En la tierra y debajo de la tierra —dijo el hombre búfalo—. Te encuentras en el lugar donde esperan los olvidados.

Sus ojos eran líquidas canicas negras y su voz atronaba desde el mismo inframundo. Olía como una vaca mojada.


—Cree —dijo la atronadora voz—. Para sobrevivir debes creer.
—¿Creer qué? —preguntó Sombra—. ¿Qué es lo que debo creer?


El hombre búfalo tenía la vista clavada en Sombra y se irguió hasta hacerse inmenso, con los ojos en llamas. Abrió su babeante boca de búfalo, roja por dentro a causa del fuego que ardía en su interior, bajo la tierra.


—Todo —bramó el hombre búfalo”.

Juan Rulfo

💟 Cien años de Juan Rulfo 💟








“Ya estaba alta la noche. La lámpara que ardía en un rincón comenzó a languidecer; luego parpadeó y terminó apagándose.

Sentí que la mujer se levantaba y pensé que iría por una nueva luz. Oí sus pasos cada vez más lejanos. Me quedé esperando.

Pasado un rato y al ver que no volvía, me levanté yo también. Fui caminando a pasos cortos, tentaleando en la oscuridad, hasta que llegué a mi cuarto. Allí me senté en el suelo a esperar el sueño.

Dormí a pausas.

En una de esas pausas fue cuando oí el grito. Era un grito arrastrado como el alarido de algún borracho: ‘¡Ay vida, no me mereces!’

Me enderecé de prisa porque casi lo oí junto a mis orejas; pudo haber sido en la calle; pero yo lo oí aquí, untado a las paredes de mi cuarto. Al despertar, todo estaba en silencio; sólo el caer de la polilla y el rumor del silencio.

No, no era posible calcular la hondura del silencio que produjo aquel grito. Como si la tierra se hubiera vaciado de su aire. Ningún sonido; ni el del resuello, ni el del latir del corazón; como si se detuviera el mismo ruido de la conciencia. Y cuando terminó la pausa y volví a tranquilizarme, retornó el grito y se siguió oyendo por un largo rato: ‘¡Déjenme aunque sea el derecho de pataleo que tienen los ahorcados!’”




Thank you very much, Kazuaki Nagano, for the picture!!! 💟

Homero Manzi

“Una vez Homero me dijo, por ejemplo, si vos salís a la calle, a la puerta de tu casa a la noche, y ves la luna frente a vos, ésa es una luna; pero si vos vivís en una calle transversal, la luna la tenés que mirar a tu izquierda o a tu derecha. Entonces es otra luna. Entonces son las calles y las lunas suburbanas. Pero a él solamente se le pudo haber ocurrido… ¡Porque era un monstruo!”Polaco Goyeneche sobre Homero Manzi






“Anchorage al Sur” Carlos Schlaen

Cuando Alootook llegó a la esquina, se convenció. ¡Era ésa! ¡Sin ninguna duda! ¿Qué otra esquina podría ser sino?, si allí estaban, resplandeciendo a la luz de la luna: el taller, el depósito y la sucursal del banco.
Había pasado por allí muchísimas veces, pero nunca había reparado en ese rincón suburbano hasta que escuchó el tango o, más precisamente, hasta que empezó a entender su significado.
Alootook sonrió satisfecho. No hacía todavía un año que había dejado las heladas costas del Ártico, habitadas desde tiempos inmemoriales por su pueblo, los inuit*, y ya estaba en condiciones de percibir los pulsos más sutiles que latían bajo la piel de la ciudad. Se había marchado de su hogar, igual que tantos jóvenes lo hacen, en la búsqueda de nuevas experiencias, pero para él fue mucho más que eso. Fue una revelación. Apenas puso un pie en Anchorage supo que aquel sería su lugar en el mundo. No se trató del mero deslumbramiento que provocan las grandes metrópolis en el provinciano recién llegado. En este caso, fue un sentimiento profundo, perdurable… y mutuo. Alootook amó a esa ciudad como a una prolongación natural de la geografía blanca de su historia y la ciudad le retribuyó, abriéndole sus puertas con inmediata generosidad. El primer día consiguió un cuarto en un económico albergue municipal y, el segundo, un empleo en la mayor envasadora de pescados de la región.
Al cabo de unos meses su identidad con Anchorage se había afianzado y Alootook recorría sus calles y avenidas con la familiaridad del que siempre ha vivido allí. Sin embargo, comenzó a advertir que eso no era suficiente. Anchorage era la ciudad más importante de Alaska y le ofrecía estímulos que él no estaba en condiciones de asimilar. Fue entonces que sintió la necesidad de progresar y se inscribió en un programa de educación para adultos.
El único curso disponible, en aquel momento, era el de español. Y, eso, fue providencial. Las lecciones empezaron bajo el signo de la adversidad. La profesora de español, una panameña que nunca logró habituarse al clima de Anchorage, plantó a sus alumnos una hora antes del inicio de clases y regresó al trópico de donde, según sus propias palabras, nunca debió marcharse.
Lo intempestivo de esa deserción provocó una severa crisis en las autoridades del programa. No contaban con otro profesor de español, pero era una tradición que los cursos comenzaran en los días y horarios previstos, y nadie quería ser el primero en quebrantarla. La solución provino del sector más inesperado: el departamento de educación física. Hiroyi Oshihara, un instructor de artes marciales recién llegado del Japón, afirmó que, por ser un fervoroso aficionado al tango (género que goza de una arraigada popularidad en su país), poseía aceptables conocimientos del castellano. Al menos eso fue lo que se le entendió porque Hiroyi tampoco dominaba el inglés, idioma oficial de Alaska. Ése fue el otro hecho providencial.





Dado el carácter cosmopolita de Anchorage, cuya población proviene, en gran medida, de diversas partes del mundo, a Alootook no le llamó la atención que su profesor de español fuese japonés. Lo que sí le llamó la atención, en cambio, fue su presentación. Tras saludar con una sobria reverencia a sus nuevos alumnos, Hiroyi Oshihara encendió el equipo de música portátil que traía y sólo dijo una palabra:


–¡Tango…!


Alootook nunca había escuchado un tango, pero el exótico sonido de los bandoneones y la cadencia de sus compases lo hechizaron de inmediato. Se trataba de “Sur”, en la versión de la orquesta típica de Katsumoto Nakumara, una de las más antiguas de Japón, y la incomparable voz de Nariko Takama.
La técnica del flamante profesor de castellano era novedosa. Consistía en hacerles escuchar a sus alumnos, reiterada y sistemáticamente, esa única grabación y en explicarles, con gestos y mímicas, el significado de los versos. Sólo en muy raras ocasiones accedía a traducirles una palabra al inglés. Algunos adjudicaban semejante rigurosidad a las exigencias didácticas del método, otros, a la sospecha de que su desconocimiento del inglés era mayor de lo que se suponía.
Lo cierto fue que, promediando la segunda semana, el ausentismo había reducido la clase a menos de un tercio. Alootook, sin embargo, fue de los pocos que perseveraron. Y tuvo su recompensa. Esa misma tarde, hacía apenas un par de horas, algo había sucedido. Fue de repente, al repetir una de las líneas que tanto había escuchado y que, por fuerza, conocía de memoria:


“… Nostalgias de las cosas que han pasado…”



Sólo que, esta vez, a diferencia de las anteriores… ¡entendió…!
Y, en un instante, todo tuvo sentido. Un montón de ideas estallaron en su cabeza porque comprendió, además, que nada había sido casual. Ni el tango, ni la letra, ni el poeta… No estaban hablando de historias ni de lugares extraños o ajenos. Estaban hablando de algo que él conocía. De sus cosas y sus nostalgias. ¡Esa era la clave!
Luego fue imposible contener el fluir de la mente. En rápida cascada, otros versos, enlazados con sus evocaciones más íntimas, develaron sus secretos como un rompecabezas que empieza a adquirir forma.


“… y un perfume de yuyos y de alfalfa

que me llena de nuevo el corazón…”



Era cierto que todavía le faltaban muchas palabras, pero ¿qué importaba que no conociese el significado de “yuyos” o de “alfalfa” si había entendido el resto? Por otra parte, no era tan difícil deducirlas. Porque si de nostalgia se trata, ¿qué otro perfume le llena a uno el corazón, más que el de la grasa de foca ardiendo una tarde de primavera en el iglú o el suave aroma del salmón recién pescado? ¿Acaso pudo haber pensado en otra cosa Manzi, el poeta?
El círculo de hechos providenciales empezaba a cerrarse. Para completarlo, sólo faltaba un detalle. El escenario:


“… La esquina del herrero…”



Y salió en su búsqueda apenas concluyó la clase. Ahora, que la había encontrado, el círculo terminó de cerrarse. Manzi, japonés o no, había vivido en Anchorage y, esa esquina, al Sur del Polo Norte, era la demostración.


“Sur, paredón y después…

Sur, una luz de almacén…

Ya nunca me verás como me vieras

recostado en la vidriera

y esperándote…”



Alootook se detuvo bajo el cartel luminoso del almacén de suministros industriales, miró el paredón de la sucursal del First National Bank of Alaska y la antigua herrería de trineos de los Watson Brothers. Luego, entornó los párpados e imaginó el rostro de la bellísima Qaniit, su primera novia, detrás de una ventana. Y al fin, recostado en la vidriera, como si la esperase, se dejó acariciar por el helado viento nocturno.


(*) Inuit: nombre que se da a sí mismo el pueblo conocido como Esquimal


Ilustración: Jimena Tello

Haruki Murakami

“Tokio blues” (fragmentos)






“Mientras vivimos, vamos criando la muerte al mismo tiempo. Pero ésta es sólo una parte de la verdad que debemos conocer. La muerte de Naoko me lo enseñó. Me dije: ‘El conocimiento de la verdad no alivia la tristeza que sentimos al perder a un ser querido. Ni la verdad, ni la sinceridad, ni la fuerza, ni el cariño son capaces de curar esta tristeza. Lo único que puede hacerse es atravesar este dolor esperando aprender algo de él, aunque todo lo que uno haya aprendido no le sirva para nada la próxima vez que la tristeza lo visite de improviso’”.






“Recién llegado a Tokio, cuando empecé mi vida en la residencia, tenía un único propósito: tratar de no tomarme las cosas a pecho, mantener la debida distancia con el mundo. Nada más. Y decidí olvidar por completo la mesa de billar forrada de fieltro verde, el N-360 rojo y las flores blancas sobre el pupitre, la columna de humo alzándose desde la alta chimenea del crematorio, el pisapapeles con forma achaparrada en la sala de interrogatorios. Al principio, pensé que iba a lograrlo. Sin embargo, por más que intentase olvidarlo, en mi interior permanecía una especie de masa de aire de contornos imprecisos. Con el paso del tiempo, esta masa empezó a definirse. Ahora puedo traducirla en las siguientes palabras: ‘la muerte no existe en contraposición a la vida sino como parte de ella’”.



Pintura: Helene Sousleau.

Fotografía de la película de “Tokio blues”.

Tomás Taborda

“Magicae sigacula-Tratado de sigilización” de Tomás Taborda






Desde Rosario, en una edición de autor, Tomás Taborda (17 años)nos cuenta, a través de experiencias propias, de qué se trata el intrigante universo de los sigilos. De la mano de Austin Osman Spare, una nueva mirada al mundo de la magia y las energías psíquicas.



“Se puede observar que hay una conexión de absolutamente todo: desde los seres vivos hasta los objetos inertes, desde la partícula más pequeña hasta el objeto de tamaño más abismal, del ser más sentimental hasta el espíritu más frío; estamos vinculados por la misma energía primigenia otorgada desde el comienzo del tiempo mismo. Nuestros cerebros están conectados a una vasta red conformando el universo”.

Julián Centeya

“Julián Centeya- razonó ese otro grande que fue César Tiempo (1997)- hizo de todo en su vida; hasta vivir.Vivir mal y vivir bien. Si vivió mal fue para bien de la poesía. Y cuando empezó a vivir bien -¿quién no se lo merece?- se lo llevó la quebrantahuesos sin darle tiempo para contestar las últimas preguntas, él que tenía respuesta para todo”.

César Tiempo recuerda cuando una vez le preguntó “¿qué daría para no morir?” y Centeya respondió: “la vida”.

“Sí, la vida no se portó bien con él. Una de las peores cosas que le hizo fue, el asunto del desalojo… Él mismo lo contó: ‘un día llamaron a la puerta de casa. Salió la pobre de Gori y se encontró con un oficial de justicia que le mostró la orden de desalojo. Yo fui a ver al secretario del juzgado y le dije: usté me juna a mí. Esta ciudad no la fundaron ni Mendoza ni Garay. A Buenos Aires la inventamos Homero Manzi, Enrique Santos Discépolo y yo. Yo soy Julián Centeya. El juez se sonrió y me pidió que le escribiera la defensa en sover, así, al vesre. Todavía no me echaron de casa. Te imaginás que ahora yo me podría ir a vivir a un hotel, pero me faltaría el calor de hogar de mi casa y no sabría qué hacer con mis animales”.






“Esto no tiene remedio”



Se nos están yendo las cosas, negro,

y esto no tiene remedio.

Te digo, por ejemplo,

la diaria costumbre de las costumbres simples,

como el hecho de darle cuerda al reloj,

salir a mirar la lluvia,

saludar al vecino de enfrente,

preguntar por la salud al boticario

-al que sabemos alquilarle una cuota de sanguijuelas-,

interesarnos por la viuda de la vuelta

y devolverle el diario al almacenero.

Se nos están yendo las cosas, negro,

y esto no tiene remedio.

Te digo, por ejemplo,

que se nos van perdiendo cosas:

el hábito de enviar una tarjeta postal

con en el rostro de una muchacha

librando una paloma

entre un rubor de rosas,

sacar a pasear nuestro perro,

darle los buenos días al cartero,

ordenar las sillas en la vereda

a la hora en que la tarde, en puntas de pie,

entra al barrio y convoca al vecindario

que espera al organillero.

Se nos están yendo las cosas, negro,

y esto no tiene remedio

¿Quién es?

¿Quién viene a llevarse estas costumbres pequeñas

que hacían nuestra felicidad pequeña?

De muchas cosas vamos enviudando, negro,

ahora que no tenemos tiempo para tener tiempo,

ahora que sabemos que fuimos, cómo fuimos

e ignoramos del todo cómo seremos.

Y no te exagero si te digo que hasta podríamos llamarnos de otro modo,

si apenas somos nosotros de tanto ser otros.

Se nos están yendo las cosas, negro,

y esto no tiene remedio.



“Es que Julián tanto podía escribir en lunfa como leer a Whitman, Hughes, a Guillén, a Rimbaud, a Mallarmé, a Tzara, a Eluard, a Unik o escuchar a Troilo y Gobbi pero no dejar de prestar oídos a Mozart, a los soneros cubanos o a los merengueros dominicanos y venezolanos o a los jazzistas de Nueva Orleáns. Aunque -eso sí- tenía una clara conciencia del futuro que necesitaría la literatura local. A Julio Lagos, le mencionó estos nombres: Carlos de la Púa, Nicolás Olivari, Roberto Arlt, Homero Manzi, Raúñ Scalabrini Ortíz, Macedonio Fernández y Arturo Jauretche, para concluir: ‘estos siete escritores nos reconcilian con el destino que todavía tenemos que darle a la literatura nacional'”.

“Leo a Borge'”,Centeya 1946. “No obstante, más allá de la admiración literaria por parte de Centeya, hubo entre ambos una relación de intolerancia. Decía Borges en cuanto a Julián y preguntado por Barreiro: ‘No recuerdo haber leído nada de él, o si leí algo es que ya lo he olvidado (…) No creo que tenga ningún libro suyo en mi biblioteca’. Por su parte, opinó Julián de Borges ante Julio Lagos: ‘Entiendo, y de verlo caminar nomás, que de niño nunca rompió un vidrio y pese a su estudio sobre el truco, no lo sabe jugar'”.






Sentado,segundo, de derecha a izquierda: Julián Centeya con Borges. Café Tortoni, 1972.



Fuente: “Julián Centeya: biografía y poemas inéditos” Roberto Selles y Matías Mauricio, ed. Milena Caserola.

William Faulkner

¡Queremos tanto a Bill! ❤️




Imagen: mapa de Yoknapatawpha hecho por el propio Faulker.



“La gran lección de Faulkner es cómo contar el tiempo en la novela. No hay datos, ni guiños, ni dispositivos. Simplemente hay que leerlo como si uno se metiera de a poco en el río Mississippi y dejara que la corriente lo arrastre…” Sylvia Iparraguirre



Triplete de “El ruido y la furia”:






“Un hombre es la suma de sus desdichas. Se podría creer que la desdicha terminará un día por cansarse, pero entonces es el tiempo el que se convierte en nuestra desdicha”.



“(…) Decía que los relojes asesinan el tiempo. Él dijo que el tiempo está muerto mientras es recontado por el tictac de las ruedecillas; sólo al detenerse el reloj vuelve el tiempo a la vida”.



“(…) Nunca se gana una batalla dijo. Ni siquiera se libran. El campo de batalla solamente revela al hombre su propia estupidez y desesperación, y la victoria es una ilusión de filósofos e imbéciles”.



“El gran Gattoni”

“’Casi ganar es lo mismo que perder’, aseguró alguna vez el Barón Gattoni, la figura más misteriosa y legendaria del catch argentino. Un ser errático y luminoso, un hombre de pasiones encontradas y amores volcánicos, de carácter imprevisible y fortaleza descomunal, Gattoni fue un grande de la lucha libre.






Después de triunfar en la Argentina, Gattoni lo abandonó todo y se embarcó en un tour deportivo alucinante y demencial, que lo llevó a Brasil, Estados Unidos, Canadá, Australia, Chile y que, ya viejo, lo encontró como luchador de sumo en Japón. Mientras tanto, en Buenos Aires, y excepto por unas pocas postales, su familia nunca más supo de él.

El Gran Gattoni reconstruye aquella saga de la mano de su nieto, Claudio Peroni, que paso a paso va descubriendo la vida aventurera de su abuelo, un superhéroe mítico de la infancia que parece rejuvenecer a medida que pasan los años (…)”.



#PerroGrisRecomienda“El gran Gattoni. La fabulosa leyenda de un campeón de lucha libre” de Claudio Peroni (Sudamericana, 2005)






“Al lado del abuelo, Karadagian se perdía. Era veinte centímetros más bajo y pesaba treinta kilos menos. Se destacaba, sin embargo, por su actitud arrogante. Inflaba el pecho y lo dejaba así, como si no necesitara respirar más, dándose porte y petulancia.

—¿Cómo le va, Gattoni?—lo saludó, gesticulando exageradamente—. Aun no nos han presentado.

—Pero ya me conoce, así que es lo mismo. Yo también sé quién es usted.

—Lo vi pelear y quiero desafiarlo. Le propongo una lucha ‘a cara de perro’—dijo Karadagian.

—Gracias, no me interesa—contestó, parco, mi abuelo.

—¿Tiene miedo, Gattoni?

Esperaba esa respuesta. Era la más común: se aceptaba el reto o se era un cobarde. No había términos medios.

—No conozco el miedo y no veo por qué tengo que conocerlo ahora.

—Lo desafío entonces. Que gane el mejor.

—Ya le dije que no. Nunca peleo con matones”.



“A los seis años descubrí Titanes en el ring y supe que mi abuelo había sido amigo del Caballero Rojo, de la Momia, de El Ancho Peuccelle y del Gitano Ivanoff. Lo miraba en un televisor blanco y negro que había en la cocina y no podía creer que el ‘Gran Gattone’ se hubiera codeado con ellos.

—¿Ves ese petiso?—señalaba mi mamá—. Ése es Karadagian. Tu abuelo siempre dijo que por su culpa tuvo que irse del país.

—¿Era muy malo con el abuelo?—pregunté.

—No, al contrario. Parece que cada vez que se encontraban, el petiso se escondía. Pero le hizo la vida imposible.

—¿Por qué?

—Porque sabía que tu abuelo le iba a ganar siempre”.