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René Favaloro

¡Prohibido olvidar!

Estoy convencido de que a esta sociedad consumista, cegada por el mercado, la sucederá otra que se caracterizará por el hecho trascendente de que no dejará de lado la justicia social y la solidaridad








“Recuerdos de un médico rural” (fragmento) de René Favaloro



(…) Ranchos miserables y villas miserias se ven por doquier, pobres escuelitas rurales más destartaladas que nunca están, si se las quiere ver, con maestros que, como los Guiñazú, siguen recibiendo salarios alejados de la realidad. A pesar de la abundancia de médicos carecemos de una medicina organizada.



Todos somos culpables, pero si hubiera que repartir responsabilidades las mayores recaerían sobre las clases dirigentes ¡Si resurgiera San Martín caparía a lo paisano varias generaciones de mandantes!



¿Tendremos capacidad de reaccionar? ¿Seremos capaces de realizar la verdadera reconstrucción? (…)



Aníbal Troilo

Junto al Polaco homenajeamos a Pichuco en su aniversario



“De estos textos surge un Troilo bohemio sí, capaz de salir de la casa a comprar soda y no volver en tres días -‘y encima sin la soda’, dirá Zita-, pero bohemio serio (con perdón de la palabra), perseguidor tozudo de la belleza imposible, empeñado en que su bandoneón cante como Gardel. Es decir un hombre herido de utopía”. Juan Gelman (Prólogo del libro “Aníbal Troilo Pichuco: Conversaciones” de María Esther Gilio, Perfil Libros, 1998).







“Ese muchacho Troilo” de Enrique Francini y Homero Expósito



Ese muchacho Troilo…

y su gran juventud hecha de arrugas…

Como el fueye que duele como él,

Parece un corazón latiendo en las rodillas…



Ese muchacho Troilo…

Para mí que lo hicieron en mi casa

como al pan que la vieja siempre dio,

¡le sobra tanto amor que rompe los bolsillos!



¿Para qué volver a investigar

la bola de cristal, si ya aprendió a vivir?

Y entendió que hay madres que se van,

amigos que no están

y niños que se mueren sin juguetes…



Por eso mi gordo Troilo

tiene tantos pecados con razón,

que al lado de Jesús y al lado del ladrón

también ganó su cruz de angustias y de alcohol…

Frida Kahlo

Frida, ¿qué más agregar?






El método poco ortodoxo de Frida Kahlo sorprendió a muchos de sus alumnos. Ya de entrada les ofreció el tratamiento de tú e insistía en una relación de camaradería. No tutelaba a sus alumnos, sino que estimulaba su propio desarrollo y autocrítica. Intentaba enseñarles algunos principios técnicos y la imprescindible autodisciplina, comentaba los trabajos, pero nunca atacaba directamente el proceso creativo. «La única ayuda era el estímulo, nada más», comentaban sus alumnos. «No decía ni media palabra acerca de cómo debíamos pintar ni hablaba del estilo, como lo hacía el maestro Diego. […] Fundamentalmente, lo que nos enseñaba era el amor por el pueblo y un gusto por el arte popular», recordaban. «Muchachos», proclamaba, «no podemos hacer nada encerrados en esta escuela. Salgamos a la calle. Vayamos a pintar la vida callejera.»



«Mi padre tenía desde hacía muchos años una caja de colores al óleo, unos pinceles dentro de una copa vieja y una paleta en un rincón de su tallercito de fotografía. Le gustaba pintar y dibujar paisajes cerca del río en Coyoacán, y a veces copiaba cromos. Desde niña, como se dice comúnmente, yo le tenía echado el ojo a la caja de colores. No sabría explicar el por qué. Al estar tanto tiempo en cama, enferma, aproveché la ocasión y se la pedí a mi padre. Como un niño, a quien se le quita su juguete para dárselo a un hermano enfermo, me la ‹prestó› Mi mamá mandó hacer con un carpintero un caballete… si así se le puede llamar a un aparato especial que podía acoplarse a la cama donde yo estaba, porque el corset de yeso no me dejaba sentar. Así comencé a pintar mi primer cuadro, el retrato de una amiga mía.»




Mi nana y yo o Yo mamando, 1937

La madre de Frida Kahlo no pudo dar el pecho a ésta, pues ya once meses tras su llegada al mundo, nació su hermana Cristina. Por eso fue alimentada por un ama. La relación aquí expresada da la impresión de ser distante, fría y reducida al acto práctico de la alimentación, una impresión que se ve acentuada por la carencia de contacto visual y la máscara que cubre el rostro de la nodriza. La pintora consideraba este cuadro como uno de sus trabajos más fuertes.

Del libro: “FRIDA KAHLO 1907-1954. Dolor y pasión” de Andrea Kettenmann (Taschen)

Herman Hesse


“(…) Hay una gran diferencia entre llevar el mundo en sí mismo y conocerlo. Un loco puede tener ideas que recuerden a Platón, y un pequeño y devoto colegial del Instituto del Hernhut puede recrear las profundas conexiones mitológicas que aparecen en los gnósticos o Zoroastro ¡Pero no lo sabe! Y mientras no lo sabe, es un árbol o una piedra, y en el mejor caso un animalito. No creo que usted vea un hombre en todos los bípedos que van por esas calles, simplemente porque andan erectos y llevan en sí nueve meses a sus crías. Sabe usted muy bien que muchos de ellos no son sino peces u ovejas, gusanos o sanguijuelas, hormigas o avispas. Todos ellos entrañan posibilidades de llegar a ser hombres pero sólo cuando las vislumbran y aprenden a llevarlas en parte a su conciencia es cuando puede decirse que disponen de ellas (…)” (Del libro “Demian”, publicado en 1919).


Yasunari Kawabata

“Figura emblemática, miembro de la Escuela de las Nuevas Sensibilidades (Shinkankaku School), guionista de un clásico del cine experimental de 1926 (“Una página de locura”, dirigida por Kinugasa Teinosuke), Kawabata desde muy joven se instala activamente en el medio artístico. Su vida se había iniciado con una presencia de muerte que sólo el ‘inútil esfuerzo’, sobre el que permanentemente vuelve, podía mitigar en parte: inútil esfuerzo por acceder a la belleza, a los conocimientos de un Occidente trasvasado, inútil esfuerzo de la escritura. Perseguido por las pérdidas, la de su padre cuando era una criatura de dieciocho meses, su madre un año más tarde, su nodriza a los seis, su hermana a los diez, a los catorce su último familiar, el abuelo, en esa sucesión leyeron los estudiosos japoneses una ‘disposición de huérfano’, que sólo encontró refugio en un mundo literario (…) Para Kawabata, los mejores calificados para descubrir la pura belleza son los niños pequeños, las mujeres jóvenes y los hombres moribundos (…)” Amalia Sato (del prólogo a la novela “Mil grullas”, Emecé, 2004).



Fragmentos de la novela “Mil grullas” Yasunari Kawabata (Emecé)

“Los tazones de té, de trescientos o cuatrocientos años de antigüedad, estaban enteros y sanos y no evocaban pensamientos mórbidos. La vida, sin embargo, parecía extenderse por encima de ellos, de una manera casi sensual. Al ver a su padre y a la madre de Fumiko en los tazones, Kikji sintió que habían reunido dos bellos fantasmas y los habían colocado uno al lado del otro.
Los tazones de té estaban aquí, presentes y la realidad presente de Kikuji y Fumiko, enfrentados a través de los tazones, parecía inmaculada también.
Kikuji le había dicho, el día después de las ceremonias realizadas al séptimo día de la muerte de su madre, que existía algo terrible al estar con ella, mirándola. ¿Se habían desvanecido la culpa y el temor por el contacto con los tazones?
— Hermoso— dijo Kikuji, como si hablara para sí mismo—. No estaba en la naturaleza de mi padre jugar con los tazones de té y, sin embargo, lo hizo. Y quizás amortiguaron su sensación de culpa.
— ¿Cómo dice?
— Cuando uno ve el tazón, se olvida de los defectos del antiguo dueño. La vida de mi padre fue sólo una pequeña parte de la vida de un tazón de té.
— Muerte, a los pies de una. Me atemoriza. He intentado tantas cosas. He intentado pensar que con la muerte cerca no puedo estar siempre absorbida por la muerte de mi madre.
— Cuando uno está absorbido por la muerte, comienza a sentir que ya no está más en este mundo.”


Aníbal de Antón

#PerroGrisRecomienda: “Gorriones de humo” (Surcos de tinta,1975) de Aníbal de Antón. Poeta. Atemporal. Notable. Sampedrino.

En vida, Aníbal era subestimado. Nadie es profeta en su tierra, bien lo sabe Fernando García Curten, ilustrador del colosal “Gorriones de humo”, poesía hecha de barro y diminutivos, de la fuerza ancestral de la tierra y de la carne:

“Caminito más viejo cada día

También yo estoy envejecido

Sé que un día la tierra de mi carne

Ha de cumplir su horizontal designio

Y un caminito verde se acostará en mi pecho”.


El oficio, el trabajo manual, verdadera esencia del alma del poeta aparece en “Novela de una casa vieja”:

“Se desprende, al tocarla con la espátula,

Su piel de cal, enferma

Donde cayó la venda del revoque

Se ven, de sus ladrillos, las heridas sangrientas.

En el techo, le baila la floja dentadura de tejuelas

Y, de ella, largas babas pegajosas

De telarañas le chorrean”.


Un Aníbal visceral conmueve en uno de sus poemas más sentidos (junto con los “Sonetos de la novia submarina”): “Elegía para una muñeca de hospital”:


“Necesito decírtelo enseguida

Y repetírtelo, hasta convencerte,

Que en la comedia inútil de la vida

Es el acto más lindo el de la muerte”.

“Todo lo lleva el viento de los años”, menos la poesía.



Ilustración: Fernando García Curten.


Sobre el primer libro de Aníbal de Antón dijo Ernesto Sabato: “Aníbal de Antón es uno de estos poetas que Buenos Aires ignora con su característica insolencia; extraño al resentimiento, con conmovedora humildad, sigue murmurando su poesía, noble, criolla y pacientemente”.




Ilustración: Fernando García Curten.


Dijo Suma Paz sobre “Del barro a la luna”: “Saludo en usted a un Poeta, a un auténtico Poeta, así, con mayúsculas, de esos que no abundan y que tanta falta hacen para enriquecer nuestro acervo nativo. Por eso le pido que escriba mucho, que transmita a los demás ese musical venero que canta dentro de su ser, que se haga conocer”.




Ilustración: Fernando García Curten.


Dijo Atahualpa Yupanqui sobre “Del barro a la luna”: “Me gustó el poeta Antón, su gran sinceridad y penetrar los asuntos del pueblo (…) Ese aliento de honestidad, ese conservar lo puro lo hace respetable y, en mi caso, merecedor de un ancho saludo de hermano. Hermano Antón, gracias por sus poemas cálidos, gracias por la verdad elevada con que señala la pobreza de un pueblo que no tiene por qué ser pobre”.

“Budismo zen y psicoanálisis” por D. T. Suzuki y Erich Fromm

#PerroGrisRecomienda, hoy: “Budismo zen y psicoanálisis” por D. T. Suzuki y Erich Fromm (Fondo de Cultura Económica, tercera edición, 1968).



El doctor Suzuki acelera y nos cuenta cuáles son las grandes diferencias entre Oriente y Occidente 😉

“He aquí un relato, que ilustra espléndidamente la filosofía del trabajo de Chuang-tzé (filósofo de la antigua China), sobre un campesino que se negaba a usar la palanca para sacar agua del pozo:

Un campesino cavó un pozo y utilizaba el agua para irrigar su finca. Empleaba una cubeta ordinaria para sacar agua del pozo, como lo hace casi toda la gente primitiva. Un paseante, al verlo, le preguntó al campesino por qué no utilizaba una palanca para ese fin; es un instrumento que ahorra esfuerzo y puede realizar mayor trabajo que el método primitivo. El agricultor dijo: ‘Sé que ahorra trabajo y es precisamente por esta razón por la que no utilizo ese instrumento. Lo que temo es que el uso de ese instrumento me haga pensar sólo en la máquina. La preocupación por las máquinas crea en uno el hábito de la indolencia y la pereza’”.

“El cristianismo, que es la religión de Occidente, habla del Logos, la Palabra, la carne y la encarnación y la temporalidad tempestuosa. Las religiones de Oriente buscan la excarnación, el silencio, la absorción, la paz eterna. Para el zen, la encarnación es excarnación; el silencio ruge como el trueno; la Palabra es no-Palabra, la carne es no carne; aquí-ahora equivale al vacío (sunyata) y la infinitud”.

“Al sur de la frontera, al oeste del sol” Haruki Murakami

“Al sur de la frontera, al oeste del sol” Haruki Murakami (1998)





“—Pues es lo mismo. Este mundo es igual (al desierto). Si llueve, las plantas florecen; si no llueve, se secan. Los insectos son devorados por las lagartijas; y las lagartijas, por los pájaros. Pero, en definitiva, todos acaban muriendo. Y, después de muertos, se secan. Cuando una generación muere, la sucede la siguiente. Es así. Hay muchas maneras de vivir. Hay muchas maneras de morir. Pero eso no tiene ninguna importancia. Al final, sólo queda el desierto. El desierto es lo único que vive de verdad.
Cuando se fue, me quedé bebiendo solo en la barra. Incluso después de que el bar cerrara y de que los clientes se hubieran ido y de que los empleados terminaran de limpiar, permanecí allí solo. No quería volver a casa enseguida. Llamé a mi mujer y le dije que, por un asunto del bar, llegaría tarde. Luego apagué las luces y estuve bebiendo whisky a oscuras. Como me daba pereza sacar hielo, me lo tomé solo.
‘Todo se va deprisa’, pensé. Algunas cosas desaparecen de repente como si las hubieran cortado. Otras se van difuminando despacio antes de borrarse definitivamente. ‘Y lo único que queda es el desierto’.
Cuando dejé el bar poco antes del amanecer, una lluvia fina caía sobre la avenida Aoyama. Estaba exhausto. La lluvia empapaba muda los bloques de rascacielos que se erguían silenciosos como lápidas. Dejé el coche aparcado delante del bar y volví a casa andando. A medio camino, me senté en una valla y contemplé un gran cuervo que graznaba posado en un semáforo. A las cuatro de la mañana, la ciudad se veía miserable y sucia. La sombra de la putrefacción y la decadencia lo cubría todo. Y yo era una parte integrante de ella. Como una sombra impresa en la pared”.

”Dalí y yo. Una historia surreal”

¡Salute en su día al falsificador más talentoso!




— ¿Qué pasa con el famoso bigote de Dalí? — pregunté azorado.
— Es una leyenda— respondió Llongueras—. Dalí nunca ha tenido un famoso bigote. Usaba extensiones. Yo mismo le hice varios bigotes. Una vez, en una rueda de prensa, le dio un pronto y dijo a los periodistas que se cortaría el bigote allí mismo. Y lo hizo. Una estupidez, claro. Inmediatamente lamentó haber tomado aquella decisión y me pidió que le confeccionara un bigote falso. Tomé dos sorbetes, les pegué pelo oscuro de otro cliente y le dije que deslizara las extensiones sobre los extremos superiores de lo que quedaba del bigote original. Semanas después, a la vista de todo el mundo, repitió su performance y cortó solemnemente los sorbetes peludos por la mitad. Tanto le gustaba el numerito que me pidió varias extensiones más, y siempre las llevaba encima en una cajita de plata.
Cuando aparecía un fotógrafo, se humedecía las puntas del bigote con vino o agua con miel y recortaba los sorbetes peludos. Dalí es una falsificación de los pies a la cabeza. Engañó a todo el mundo (¡incluso a los Beatles!) y le salió bien.
— ¿A los Beatles? ¿Cómo fue eso?
— George Harrison me pagó cinco mil dólares por un solo pelo del bigote de Dalí, y era una extensión.
(…)
— Capitán, ¿cuántas hojas de papel en blanco diría usted que ha firmado Dalí? — pregunté.
— ¿En toda su vida?
— Sí.
Se encogió de hombros y luego, con una sonrisa, dijo:
— ¿Cuántas hojas hay en un árbol?
— Trescientas mil— dijo Ramón Guardiola.
— ¿Y en todos los árboles de un bosque? — preguntó el Capitán.

(Del libro: “Dalí y yo. Una historia surreal” por Stan Lauryssens, marchante de arte y vecino de Dalí en Cadaqués).

“Los suicidas del fin del mundo. Crónica de un pueblo patagónico” Leila Guerriero




#PerroGrisRecomienda: “Los suicidas del fin del mundo. Crónica de un pueblo patagónico” Leila Guerriero (Tusquets editores, 2005)
Entre 1997 y 1999, una oleada de suicidios conmovió la pequeña localidad petrolera de Las Heras, situada prácticamente en medio de la nada y perteneciente a la provincia argentina de Santa Cruz, en la Patagonia. Los suicidas tenían, en su mayoría, alrededor de veinticinco años y pertenecían a familias modestas, oriundas de la zona. La periodista Leila Guerriero viajó a este desolado paraje, interrogó a los familiares y amigos de los suicidas, recorrió las calles, siempre desiertas, y visitó cada rincón del pueblo. Aquí, algunos fragmentos de ese relato.
“Casi no se notaba, pero tenía sombra azul en los ojos, y llevaba un poco de rimmel. Iba teñido de rubio, las cejas en su punto de menos pelo, labios pintados de rosa. Usaba un impermeable blanco y olía irremediablemente a gato. —Soy descendiente directo de tehuelche y mapuche, madre.
Pedro tenía 43 años, era poeta, profesor de inglés, toda una personalidad en la provincia y conductor de un programa de radio desde el que intentaba difundir las culturas tehuelche y mapuche, dos lenguas que hablaba. —Casi me muero cuando me dieron ese premio. Porque además de ser tícher de inglés de estos chicos me encanta promover nuestra cultura. También les enseño a hablar tehuelche, mapuche, porque si no todo eso se va a perder, y son nuestras raíces, nuestra fuerza. A mí estos chicos me rompen el corazón, porque los más chiquitos tienen unas ganas tremendas de autodestruirse, pero están ávidos, ávidos de cosas. Son almas lindas. Yo hablo mucho con ellos. Si tuviera plata los tendría a todos viviendo en un lugar donde pudieran aprender oficios. Que aprendieran a hacer delantales, manteles, a plantar cosas en una chacra, a cuidar chicos. Ellos me cuentan muchas cosas, que no las hablan con nadie, ni con los amigos.
—¿Y por qué a vos te cuentan cosas que no le cuentan a nadie?
—Porque me ven que también estoy marginado y sobre todo porque no oculto nada, ni los juzgo. Yo voy así a dar clases, como me ves. Yo creo que me ven como alguien que los entiende. Lo único que les digo es que, aunque vayan a ser mecánicos, se instruyan. Que un mecánico instruido es mucho mejor que uno sin instrucción. Antes yo me quería ir, conocer España, Francia. Ahora quiero quedarme acá, y quiero que los chicos de Las Heras sean alguien. Porque aunque se hagan que se las saben todas, los cancheros, son unas almas muy infelices. Yo fui con ellos a un programa de televisión en Caleta Olivia y los vi en las cámaras y eran unas cosas tan sanas, tan simples, tan bellas, que yo decía cómo uno puede pensar que estos chicos son unos quilomberos.
Yo los vi. Yo los veo. Son unas almas hermosas.
—¿Y de tu vida?
Dijo que la de él no era una vida linda, Que tenía muchas historias para contar.
Todas tristes”.