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Los escritores de pequeñas ciudades no tenemos la posibilidad de ser publicados por grandes editoriales sin tener que acatar sus lineamientos.
Menos aún, si las historias que contamos tiene como protagonistas a nuestra ciudad, sus calles y personajes.
Por esta razón, surge Perro Gris para dar impulso y trabajar de manera mancomunada con los escritores de San Pedro y, esperemos, de la zona.
Cada libro es especial para nosotros.
Nos encargamos de leerlos, revisarlos y encuadernarlos de manera artesanal.
Cada ejemplar es una expresión de nuestro amor al libro como obra de arte y como objeto.

Gilberto Gil




“Si yo soy algo incomprensible,

mi dios lo es más.

El misterio siempre ha de estar por ahí…”



Parabéns, Gil!!






“Esotérico” de Gilberto Gil



Não adianta nem me abandonar

Porque mistério sempre há de pintar por aí

Pessoas até muito mais vão lhe amar

Até muito mais difíceis que eu prá você

Que eu, que dois, que dez, que dez milhões, todos iguais

Até que nem tanto esotérico assim

Se eu sou algo incompreensível, meu Deus é mais

Mistério sempre há de pintar por aí

Não adianta nem me abandonar (não adianta não)

Nem ficar tão apaixonada, que nada

Que não sabe nadar

Que morre afogada por mim

George Orwell

¿Qué diría Orwell al ver que mucho de lo que “vaticinó” en 1984 (editado en 1948) hoy es una cruda realidad?






“Lo más característico de la vida moderna no era su crueldad ni su inseguridad, sino sencillamente su vaciedad, su absoluta falta de contenido”.

“No se establece una dictadura para salvaguardar una revolución; se hace la revolución para establecer una dictadura”.

“La guerra es la paz. La libertad es la esclavitud. La ignorancia es la fuerza”.

“Hasta que no tengan conciencia de su fuerza, no se rebelarán, y hasta después de haberse revelado, no serán conscientes. Ese es el problema”.

“La libertad es el derecho a decirle a la gente lo que no quiere escuchar”.

Nico Lass

Nico Lass afina el lápiz… ¡Y cómo!




Esta hazaña que comete mi ángel

sin temor.

Sin un lugar donde vivir,

sin miedo por mi sombra

ni por mi piel que cuelga sin rumbo vagando,

¿y vos no amás?

¿Y vos no gozás de los caminos inciertos?

¿Y quién no guarda oscuridad, una llama,

un martirio, algo que está dentro,

aunque seas hojalata,

aunque vueles con alas falsas?

No sería delito amar la sombra

pues la luz se muere

y mi vida

sólo entiende al río

que se va hacia el mar y nunca se agota.

Sentimiento dormido,

monstruos del Edén,

dioses de plumas

y en su cabeza, ángeles de porcelana.

Ángeles preciosos de negrura

que despiertan de un largo sueño

y se comen las manzanas sagradas.



(Ilustración del poeta).

Hermenegildo Sábat





Nació en Pocitos, Uruguay, en 1933. Se casó con Blanca Rodríguez, con quien tiene dos hijos, Rafael y Alfredo. A los 15 años publicó sus primeros dibujos en el diario Acción. Abandonó Montevideo en 1965, cuando lo nombraron secretario de Redacción de El País, ya que quería ser dibujante y no conductor de un diario. En Buenos Aires estuvo en las revistas Primera Plana y Crisis. Pasó a trabajar al diario La Opinión y luego Clarín, donde desde 1973 ilustra las páginas de la sección Política. En 1988 ganó el Premio María Moors Cabot que otorga la Universidad de Columbia por los dibujos hechos durante la última dictadura militar. En San Telmo tiene la Fundación Artes Visuales, donde dicta clases de arte y dirigió la revista Sección Áurea. Es gardeliano y manya.


“Yo soy producto de la escuela pública del Uruguay, a mí me enseñaron a escribir, a leer, aunque leer aprendí sólo porque papá era profesor de Literatura y en mi casa había libros, no había un mango pero sí libros. Fue director de Enseñanza Secundaria, cargo para el cual se necesitaba la venia del Senado, era prácticamente un ministro. En casa había un recorte de una revista con un chiste maravilloso, era un cuarto con una biblioteca inmensa con un solo libro, y entonces le preguntaba al tipo ‘¿cómo tiene un solo libro? Si, es el catálogo de los libros que presté’. Maravilloso”.


“(…) He tenido que ver las cosas que hice durante la dictadura en Argentina, yo era un loco, únicamente un loco era capaz de hacer eso. Sin embargo, acá viene la contraparte, no hay que sacar viento en la camiseta como decíamos acá, porque el trabajo que hago no sirve para derribar dictadores. Forma parte de un contexto de un diario, pero sé que había mucha gente en el exterior, exiliados, tipos que salieron disparados, que trataban de buscar mis dibujos cuando estaban fuera del país. Cuando a veces me preguntan qué dibujo recuerdo, todavía estaba Bignone, lo cual quería decir que todavía vivíamos bajo la dictadura, hice un dibujo de los cuatro dictadores: Videla, Viola, Galtieri y Bignone, vestidos de mujer, como viudas, con gorritos, y salió el dibujo publicado. Ese dibujo a mi si me recuerda que yo estaba vivo, porque ¿qué pasa? Y esto debe haber pasada acá con certeza. Hay mucha gente que no se rasga las vestiduras, sino que se las raja, que es distinto. Mucha gente que dice “yo fui tal cosa” cuando nadie…macanas, ahora, cuidado, yo creo también que no se puede hacer más de una cosa al mismo tiempo. Yo cumplía con mis dibujos, no iba a salir a la calle a decir hay que bajar a estos hijos de puta, no, con eso alcanzaba”.




“Yo doy clases (de pintura), y nosotros transformamos eso en una fundación, pero es una fundación sin fines de lucro, no una fundación sin fines de gasto. Y nosotros tenemos que presentar papeles con firma de contador todos los años, y yo no saco un peso de ahí. Pero me da la satisfacción de estar con gente con ilusiones, con gente que cree que se puede vivir teniendo ideales diversos”.

Fuente: Voces (Uruguay) – “En Buenos Aires, uno puede ser cualquier cosa menos pobre” (Jorge Lauro y Alfredo García / Rodrigo López-25/9/11)

Alberto Aguilar

¡Bienvenido, Alberto!



Otros mundos, otros soles,

otras lunas…

Otros sueños que se cruzan,

otros dioses, otros mitos.



¿Hay un mundo sin tinieblas,

hay mañanas sin angustias…

con sus noches sin terrores…?



Ahora llueve y las gotas chorrean

en los vidrios

y forman los vitraux de las ventanas

transformando las flores del jardín

en los sueños escondidos de un mañana.



¿De un mañana…?

¿Habrá jardines tras los muros…?



Ahora llueve en la casa

y mi soledad

es una muchedumbre de fantasmas.




“El día de la escarapela” de Osvaldo Soriano

Reflexiones de Soriano desde lo más profundo del celeste y blanco






“El día de la escarapela” de Osvaldo Soriano

Los fervores de mayo se han apagado hace mucho tiempo, pero las voces de la Revolución abortada todavía están ahí y reclaman lo mismo de entonces: libertad, justicia, igualdad, independencia. ¿Son utopías? ¿Asignaturas pendientes? No importa el nombre que se les dé. Son deudas que tenemos con nosotros mismos. Nada de patrioterismo mesiánico ni de nacionalismo venal: sólo la insistencia en construir, algún día, una patria en la que sus habitantes puedan sentir que están buscando lo mejor para todos y no la fortuna de unos pocos.


No era otro el propósito de Moreno, Belgrano, Castelli, French y San Martín. Ellos ganaron las primeras batallas pero no pudieron evitar la guerra que engendrara monstruos. Castelli, mientras se muere enmudecido por un cáncer, garabatea esquelas y lee el futuro. Por mandato de la Junta elegida el 25 de mayo, intentó en los cerros del Alto Perú una inmensa Revolución. Liberó indios, predicó la trilogía tenaz de “libertad, igualdad, independencia”, fusiló mariscales torturadores y colonialistas empedernidos.


Castelli fue el brazo implacable del joven secretario Mariano Moreno que procuraba desde Buenos Aires forzar el rumbo de una Junta formada de apuro: en esos días de 1810 nace la esperanza de una aldea orgullosa que va en busca de su destino. Esos hombres tienen un ideal gigantesco: formar, de la nada, una nación moderna y solidaria, heredera a la vez de la Revolución Francesa y de la joven democracia norteamericana. Todos ellos se perderán en una tempestad de pasiones y desencuentros. En una década de guerras horrendas y proyectos inmensos, esos hombres pasarán a la historia nada más que por creerse sus sueños. Van a la muerte o al exilio por ellos y por el futuro. Escriben sus penas y ocultan sus amores. Creen que la historia está por hacerse y aceptan el desafío. En poco tiempo, el viento de la Argentina rebelde corre por el continente: es en nombre de Mayo que los esclavos se levantan y los pueblos aplastados reclaman justicia. Duró un instante, nada más, pero fue grandioso y vale la pena recordarlo más allá de la escarapela en el pecho y la aburrida canción del colegio.


Ahora los héroes son estampas congeladas. Ya no rugen Moreno y Castelli, no se desmaya de hambre Belgrano en el campo de Tucumán, no enloquece French ni enfrenta San Martín el dilema de Guayaquil. Queda, apenas, la vanidad de un coraje perdido. Nada que evoque la pasión de aquellos fundadores que no amasaban plata sino ilusiones.


Sin embargo, por ridículo que parezca, todo está por hacerse. En alguna recóndita parte nuestra se enhebran los hilos invisibles de un sueño inconcluso. Otra libertad que no necesite de famosos cantando por televisión; una igualdad de oportunidades en la que no haya miseria ni ignorancia; una independencia que no signifique aislamiento ni odio. Una utópica nación de hombres honestos que haya pagado sus deudas con el pasado.

Chico Buarque

¡Sobradas razones para desearte un muy feliz cumpleaños, Chico!






“Bastidores” de Chico Buarque/1980



Lloré, lloré

Hasta sentir dolor de mí.

Y me encerré en el camarín

Y tomé un calmante, un excitante

y un trago de gin

Y me acordé

Del día en que te conocí.

Con muchos brillos me vestí

Y después me pinté, me pinté

Me pinté, me pinté.



Canté, canté…

Canté, canté…

Qué cruel es cantar así

Y en un instante de ilusión

Te vi por el salón

Burlándote de mí.

No me cambié,

Volví corriendo a nuestro hogar.

Volví para certificar

Que tú nunca más, volverás

Volverás, volverás



Canté, canté

Ni sé cómo cantaba así.

Sólo sé que el cabaret

Me aplaudió de pie

Cuando llegué al final…

Mas no seguí,

Volví corriendo a nuestro hogar.

Volví para certificar

Que tú nunca más. Volverás,

Volverás, volverás



Canté, canté

Jamás canté tan lindo así.

Los hombres pidiéndome bis

Borrachos y febriles

Festejaban por mí.



Lloré, lloré

Hasta sentir pena de mí.




Osvaldo Soriano

¡Feliz día del Padre!


“Vidrios rotos” de Osvaldo Soriano (del libro: “Cuentos de los años felices”, 1993).



La primera honda que tuve me la hizo en San Luis mi tío Eugenio, que trabajaba de detective en el casino de Mar del Plata. Era una joya: habíamos buscado la horqueta perfecta por todos los árboles del barrio y cuando la encontramos yo subí de rama en rama para cortar la que guardaba el tesoro. Mi tío la peló con un cuchillo y la pintó con un barniz amarronado. Los elásticos los cortó de una cámara que nos regalaron en la gomería y para alojar el proyectil buscó un cuero suave, como gamuza, que hacía juego con el color de la madera. Los amarres con firulete los hizo mi padre con un alambre de cobre bien pulido.


Ése fue uno de los grandes días de mi vida. Ponía­mos tarros de conserva alineados en el fondo de un baldío y practicábamos hasta el anochecer. Mi tío era pura pasión pero acertaba pocas veces. Lo mismo le pasaba con los números del casino, donde dejó fortunas propias y ajenas. Hasta que pasó al otro lado del mostra­dor y aprendió la profesión de los escruchantes para agarrarlos con las manos en la masa. Para sorpresa de todos, el que se reveló muy bueno fue mi viejo, que había pasado por el Otto Krause y detrás de la máscara de hombre de ciencia conservaba la picardía de su abuelo, el pistolero de Valencia. Como todo zurdo contrariado a mí me costaba acomodarme para tirar. Todavía recuerdo con rencor a la maestra que alzaba la voz y me gritaba: “¡Niño Soriano, la lapicera se toma con la diestra!”. Y yo la agarraba con la derecha y dibujaba una caligrafía imposible que todavía hoy me cuesta descifrar. Lo cierto es que me costaba acomodarme a la gomera.


Una noche de verano salimos con mi padre en ronda de inspección para sorprender a los que derrochaban agua corriente. Caminamos sin apuro, después de cenar, hasta el barrio de chalés. Ahí había gente que tenía piscinas de veinticinco metros y mandaba lavar coches, veredas, frentes con el agua que les faltaba a los infelices que no tenían plata para pagarse tanques de reserva ni motores eléctricos.


Mi padre tocaba el timbre y se presentaba como un caballero, quitándose el sombrero ante las damas. Yo me quedaba unos pasos atrás a escuchar su discurso que cambiaba cada vez y derivaba en evocaciones poéticas y citas sarmientinas. Es verdad que a veces hacía demago­gia. Ponía en la pluma de Sarmiento y en la boca de San Martín cosas que a mí en el colegio nunca me habían enseñado. Tenía fibra para golpear al hígado y llegar al corazón. Una vez, frente a un industrial con pinta de señorito consentido, que nos había mandado dos veces a la mierda, señaló un grueso y frondoso roble que tapaba la entrada de un potrero y le preguntó con voz serena y convencida: “¿Sabe que el general Belgrano ató su caballo a ese árbol cuando volvía de la batalla de Tucumán?”. El señorito se sorprendió y miró al baldío mientras en su patio seguía la fiesta y los invitados se zambullían en la pileta iluminada por grandes faroles. “A mí qué carajo me importa”, contestó el tipo y nos cerró la puerta en las narices. Mi padre me puso la mano sobre la cabeza, se limpió el polvo de los zapatos y volvió a tocar timbre. El tipo apareció de nuevo, metió la mano al bolsillo y empezó a contar unos billetes arrugados. “Tomá — le dijo a mi viejo— , andá a comprarle un helado al pibe.”


Hacía tanto que no me compraban un helado que ahí no más se me aceleró la respiración. Los billetes eran marrones, nuevitos, y el tipo se los tendía a mi viejo con una sonrisa displicente y pacífica. Alcanzaba para dos kilos de chocolate, crema americana y frutilla. Desde el fondo llegaba la melosa voz de Lucho Gatica. A mí me latía fuerte el corazón mientras mi padre seguía parado ahí, bajo el alero del porche, con el traje todo raído y el sombrero en la mano. No le gustaba que lo tutearan. De pronto levantó el brazo y señaló de nuevo el árbol. “La tropa acampó atrás — dijo— . El general estaba muy enfermo y pasó la noche abajo de ese árbol. No tenían ni una gota de agua y todos se pusieron a rezar para que lloviera.”


Hubo un largo silencio hasta que apareció un muchachón con un balde de agua y se paró bajo el marco de la puerta. “¿Y, llovió mucho?”, preguntó el industrial, burlón, mientras contaba dos billetes más. “Ni una gota”, contestó mi viejo y movió la cabeza, desconsolado por la triste suerte del general. “Mandó hacer un pozo para buscar agua y enterrar a los soldados que se le morían.”


Yo me di cuenta enseguida de que tampoco esa noche iba a tener helado. Mi viejo se calzó el sombrero con un gesto cansado mientras se escuchaban las risas de las mujeres y los arrumacos del trío Los Panchos. “No se conseguía agua metiendo la mano en el bolsillo, señor”, dijo mi viejo. El tipo extendió el brazo con la plata y mi viejo dio un paso atrás. “Mirá — se empezó a cansar el otro— , el gobernador está adentro, así que tomatelás, ¿sabés? Rajá si no querés perder el empleo.” Mi padre me tomó de un hombro y empezamos a salir. Entonces llegó el baldazo y sentí que a mí también me salpicaba el chapuzón de mi padre. Salí corriendo pero mi viejo hizo como si nada hubiera pasado. El industrial y el otro largaron la carcajada y la puerta se cerró de golpe. Ya tenían algo para contarle al gobernador y reírse toda la noche al borde de la pileta.


Cruzamos la calle en silencio. Al llegar a la esquina no pude contenerme y me eché a llorar como un tonto. Mi viejo caminaba cabizbajo pero imperturbable y fue a sentarse bajo el árbol donde según él había pasado la noche el general Belgrano. Prendió un cigarrillo, sacó el talonario y escribió la multa con una letra redonda y clara que siempre le envidié. El cielo estaba estrellado y hacía un calor de infierno. Justo para estar al lado de la pileta tomando un helado. “No le cuentes nada a mamá, ¿querés?”, me dijo. Yo pensaba en los billetes marrones y en los días que faltaban para fin de mes, cuando traía su sueldo de morondanga. Por decir algo le pregunté cómo había hecho Belgrano para conseguir agua.


— No sé, hijo; en cada puerta que golpeaba le tiraban un balde con mierda.


Se puso de pie, se quitó el saco para escurrirlo y me pidió que le inventáramos a mi madre un accidente con el camión regador. Ya nos íbamos cuando de repente se paró a mirar la copa del árbol.


— ¿Trajiste la gomera? — me preguntó.


Le dije que sí y se la pasé con la bolsita de piedras que llevaba bien agarrada al cinturón.


Dejó el saco sobre un arbusto y empezó a trepar por el tronco. No estaba para esos trotes pero alcanzó a ganar la primera rama y de ahí pasó a otra más alta hasta que empecé a perderlo de vista. Tenía miedo de que se cayera y se rompiera algo, como le había pasado otras veces. Empecé a imaginar a Belgrano encaramado al árbol, oteando el horizonte, enfermo y sucio, con el pantalón blanco, la chaqueta azul y el poncho colorado.


Entonces escuché un ruido de vidrios rotos y enseguida una lámpara hecha añicos y otra que reventaba. Me di vuelta y vi que la casa de la piscina se quedaba a oscuras. Busqué a mi padre entre el follaje del árbol y de pronto lo oí desplomarse a mi lado con la gomera en la mano. Esta vez cayó de pie y con la cara iluminada.


— Dale — me dijo en voz baja-. Vamos a tomar un helado.



Fotografía: Soriano con sus padres en la puerta de su casa en Cipoletti.