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Los escritores de pequeñas ciudades no tenemos la posibilidad de ser publicados por grandes editoriales sin tener que acatar sus lineamientos.
Menos aún, si las historias que contamos tiene como protagonistas a nuestra ciudad, sus calles y personajes.
Por esta razón, surge Perro Gris para dar impulso y trabajar de manera mancomunada con los escritores de San Pedro y, esperemos, de la zona.
Cada libro es especial para nosotros.
Nos encargamos de leerlos, revisarlos y encuadernarlos de manera artesanal.
Cada ejemplar es una expresión de nuestro amor al libro como obra de arte y como objeto.

Blanca Varela

Melina Mendoza nos recomienda una oculta: Blanca Varela.

UNA POÉTICA DE LA NÁUSEA

“Todo es gratuito: ese jardín, esta ciudad, yo mismo. Cuando uno llega a comprenderlo,se le revuelve el estómago y todo empieza a flotar… eso es la Náusea” J.P.Sartre






Blanca Varela fue una poeta peruana.

En su poesía vemos cómo el límite convencional entre lo bello y lo repugnante se trastoca, conformando una dialéctica entre opuestos.

Fluidos, cuerpos desmembrados, animalidades extrañas y particulares, conversan con la primavera, con la luz, con el color.

La desesperación de la soledad conoce la impresión del mundo desde una mirada siempre nueva.

Esto aparece en el trabajo sobre los adjetivos como “terco azul”, “carne menguante”,”dios aplastable”, “polvo rebelde”, etcétera.

La pregunta por la existencia: Los interrogantes sobre el Yo, las escenas de infancia, la reflexión sobre el cuerpo, se abren a una salida de definiciones cerradas, de una contingencia opresiva. Blanca nos propone una poética de la náusea.

Su legado es relevante de modo tal que su obra encuentra puntos de contacto con otrxs poetas que admiramos, pero también distancias interesantes que pueden ir rastréandose; además de que su participación en el Fondo de cultura económica permitió que allí hoy figuren autores de lectura “obligatoria”. El escritor mexicano, Adolfo Castañón, amigo de Varela, la describió como ” poeta, lectora, alentadora de jóvenes poetas, editora, ciudadana y gran señora de la palabra y el silencio, guardia celosa del lugar del canto”.






“Dama de blanco” de Blanca Varela



el poema es mi cuerpo

esto la poesía

la carne fatigada

el sueño el sol

atravesando desiertos

los extremos del alma se tocan

y te recuerdo Dickinson

precioso suave fantasma

errando tiempo y distancia

en la boca del otro habitas

caes al aire eres el aire

que golpea con invisible sal

mi frente

los extremos del alma se tocan

se cierran se oye girar la tierra

ese ruido sin luz

arena ciega golpeándonos

así será ojos que fueron boca

que decía manos que se abren

y se cierran vacías

distante en tu ventana

ves al viento pasar

te ves pasar el rostro en llamas

póstuma estrella de verano

y caes hecha pájaro

hecha nieve en la fuente

en la tierra en el olvido

y vuelves con falso nombre de mujer

con tu ropa de invierno

con tu blanca ropa de

invierno

enlutado

Candela Debliger

¡Bienvenida, Candela! (quince años)






Ayer hablaba de fantasmas,

del final.

Hoy algo me estorba

en el centro del alma.

Sueño con Adán amando a Eva,

tanto como Galileo

amó la astronomía;

y con Poseidón todopoderoso

en lo más profundo del océano.

Hoy sé que solo debe importarme

sacarle una foto a un arcoíris

o a las hojas que caen de un árbol en otoño.

Hoy hablo de ángeles,

del comienzo.

Hoy, observo el universo

en su esplendor.



Fotografía de la autora

Miguel Hernández

❤️❤️❤️❤️¡Felicidades a todas las mamis amorosas, las que son y las que serán! ❤️❤️❤️❤️






“Desde que el alba” Miguel Hernández



Desde que el alba quiso ser alba, toda eres

madre. Quiso la luna profundamente llena.

En tu dolor lunar he visto dos mujeres,

y un removido abismo bajo una luz serena.



¡Qué olor a madreselva desgarrada y hendida!

¡Qué exaltación de labios y honduras generosas!

Bajo las huecas ropas aleteó la vida,

y sintieron vivas bruscamente las cosas.



Eres más clara. Eres más tierna. Eres más suave.

Ardes y te consumes con más recogimiento.

El nuevo amor te inspira la levedad del ave

y ocupa los caminos pausados de tu aliento.



Ríe, porque eres madre con luna. Así lo expresa

tu palidez rendida de recorrer lo rojo;

y ese cerezo exhausto que en tu corazón pesa,

y el ascua repentina que te agiganta el ojo.



Ríe, que todo ríe: que todo es madre leve.

Profundidad del mundo sobre el que te has quedado

sumiéndote y ahondándote mientras la luna mueve,

igual que tú, su hermosa cabeza hacia otro lado.



Nunca tan parecida tu frente al primer cielo.

Todo lo abres, todo lo alegras, madre, aurora.

Vienen rodando el hijo y el sol. Arcos de anhelo

te impulsan. Eres madre. Sonríe. Ríe. Llora.



Pintura de Katie M. Berggren”Mi niño de mamá”

Julián Centeya

“Julián Centeya- razonó ese otro grande que fue César Tiempo (1997)- hizo de todo en su vida; hasta vivir.Vivir mal y vivir bien. Si vivió mal fue para bien de la poesía. Y cuando empezó a vivir bien -¿quién no se lo merece?- se lo llevó la quebrantahuesos sin darle tiempo para contestar las últimas preguntas, él que tenía respuesta para todo”.

César Tiempo recuerda cuando una vez le preguntó “¿qué daría para no morir?” y Centeya respondió: “la vida”.

“Sí, la vida no se portó bien con él. Una de las peores cosas que le hizo fue, el asunto del desalojo… Él mismo lo contó: ‘un día llamaron a la puerta de casa. Salió la pobre de Gori y se encontró con un oficial de justicia que le mostró la orden de desalojo. Yo fui a ver al secretario del juzgado y le dije: usté me juna a mí. Esta ciudad no la fundaron ni Mendoza ni Garay. A Buenos Aires la inventamos Homero Manzi, Enrique Santos Discépolo y yo. Yo soy Julián Centeya. El juez se sonrió y me pidió que le escribiera la defensa en sover, así, al vesre. Todavía no me echaron de casa. Te imaginás que ahora yo me podría ir a vivir a un hotel, pero me faltaría el calor de hogar de mi casa y no sabría qué hacer con mis animales”.






“Esto no tiene remedio”



Se nos están yendo las cosas, negro,

y esto no tiene remedio.

Te digo, por ejemplo,

la diaria costumbre de las costumbres simples,

como el hecho de darle cuerda al reloj,

salir a mirar la lluvia,

saludar al vecino de enfrente,

preguntar por la salud al boticario

-al que sabemos alquilarle una cuota de sanguijuelas-,

interesarnos por la viuda de la vuelta

y devolverle el diario al almacenero.

Se nos están yendo las cosas, negro,

y esto no tiene remedio.

Te digo, por ejemplo,

que se nos van perdiendo cosas:

el hábito de enviar una tarjeta postal

con en el rostro de una muchacha

librando una paloma

entre un rubor de rosas,

sacar a pasear nuestro perro,

darle los buenos días al cartero,

ordenar las sillas en la vereda

a la hora en que la tarde, en puntas de pie,

entra al barrio y convoca al vecindario

que espera al organillero.

Se nos están yendo las cosas, negro,

y esto no tiene remedio

¿Quién es?

¿Quién viene a llevarse estas costumbres pequeñas

que hacían nuestra felicidad pequeña?

De muchas cosas vamos enviudando, negro,

ahora que no tenemos tiempo para tener tiempo,

ahora que sabemos que fuimos, cómo fuimos

e ignoramos del todo cómo seremos.

Y no te exagero si te digo que hasta podríamos llamarnos de otro modo,

si apenas somos nosotros de tanto ser otros.

Se nos están yendo las cosas, negro,

y esto no tiene remedio.



“Es que Julián tanto podía escribir en lunfa como leer a Whitman, Hughes, a Guillén, a Rimbaud, a Mallarmé, a Tzara, a Eluard, a Unik o escuchar a Troilo y Gobbi pero no dejar de prestar oídos a Mozart, a los soneros cubanos o a los merengueros dominicanos y venezolanos o a los jazzistas de Nueva Orleáns. Aunque -eso sí- tenía una clara conciencia del futuro que necesitaría la literatura local. A Julio Lagos, le mencionó estos nombres: Carlos de la Púa, Nicolás Olivari, Roberto Arlt, Homero Manzi, Raúñ Scalabrini Ortíz, Macedonio Fernández y Arturo Jauretche, para concluir: ‘estos siete escritores nos reconcilian con el destino que todavía tenemos que darle a la literatura nacional'”.

“Leo a Borge'”,Centeya 1946. “No obstante, más allá de la admiración literaria por parte de Centeya, hubo entre ambos una relación de intolerancia. Decía Borges en cuanto a Julián y preguntado por Barreiro: ‘No recuerdo haber leído nada de él, o si leí algo es que ya lo he olvidado (…) No creo que tenga ningún libro suyo en mi biblioteca’. Por su parte, opinó Julián de Borges ante Julio Lagos: ‘Entiendo, y de verlo caminar nomás, que de niño nunca rompió un vidrio y pese a su estudio sobre el truco, no lo sabe jugar'”.






Sentado,segundo, de derecha a izquierda: Julián Centeya con Borges. Café Tortoni, 1972.



Fuente: “Julián Centeya: biografía y poemas inéditos” Roberto Selles y Matías Mauricio, ed. Milena Caserola.

Imanol Fernández

¡Bienvenido, Imanol!






Hace tiempo te veo distante.

Ya no me miras a los ojos

y eso me entristece.

Estoy perdido sin tu mirada,

te veo lejos

y estás con ellos.

Supongo que no soy suficiente,

por eso te perdí.

Pero no quiero que te vayas,

por favor no te vayas.

Si te vas me dejaras aquí,

solo.

Aunque es comprensible

sentirme incomprendido.

Sin tus abrazos,

no soy nada.

Gabriel García Márquez

“La soledad de América Latina” de Gabriel García Márquez



Discurso de aceptación del Premio Nobel (1982).






Antonio Pigafetta, un navegante florentino que acompañó a Magallanes en el primer viaje alrededor del mundo, escribió a su paso por nuestra América meridional una crónica rigurosa que sin embargo parece una aventura de la imaginación. Contó que había visto cerdos con el ombligo en el lomo, y unos pájaros sin patas cuyas hembras empollaban en las espaldas del macho, y otros como alcatraces sin lengua cuyos picos parecían una cuchara. Contó que había visto un engendro animal con cabeza y orejas de mula, cuerpo de camello, patas de ciervo y relincho de caballo.Contó que al primer nativo que encontraron en la Patagonia le pusieron enfrente un espejo, y que aquel gigante enardecido perdió el uso de la razón por el pavor de su propia imagen.



Este libro breve y fascinante, en el cual ya se vislumbran los gérmenes de nuestras novelas de hoy, no es ni mucho menos el testimonio más asombroso de nuestra realidad de aquellos tiempos. Los Cronistas de Indias nos legaron otros incontables. El dorado, nuestro país ilusorio tan codiciado, figuró en mapas numerosos durante largos años, cambiando de lugar y de forma según la fantasía de los cartógrafos. En busca de la fuente de la Eterna Juventud, el mítico Alvar Núñez Cabeza de Vaca exploró durante ocho años el norte de México, en una expedición venática cuyos miembros se comieron unos a otros y sólo llegaron cinco de los 600 que la emprendieron. Uno de los tantos misterios que nunca fueron descifrados, es el de las once mil mulas cargadas con cien libras de oro cada una, que un día salieron del Cuzco para pagar el rescate de Atahualpa y nunca llegaron a su destino. Más tarde, durante la colonia, se vendían en Cartagena de Indias unas gallinas criadas en tierras de aluvión, en cuyas mollejas se encontraban piedrecitas de oro. Este delirio áureo de nuestros fundadores nos persiguió hasta hace poco tiempo. Apenas en el siglo pasado la misión alemana de estudiar la construcción de un ferrocarril interoceánico en el istmo de Panamá, concluyó que el proyecto era viable con la condición de que los rieles no se hicieran de hierro, que era un metal escaso en la región, sino que se hicieran de oro.



La independencia del dominio español no nos puso a salvo de la demencia. El general Antonio López de Santana, que fue tres veces dictador de México, hizo enterrar con funerales magníficos la pierna derecha que había perdido en la llamada Guerra de los Pasteles. El general García Moreno gobernó al Ecuador durante 16 años como un monarca absoluto, y su cadáver fue velado con su uniforme de gala y su coraza de condecoraciones sentado en la silla presidencial. El general Maximiliano Hernández Martínez, el déspota teósofo de El Salvador que hizo exterminar en una matanza bárbara a 30 mil campesinos, había inventado un péndulo para averiguar si los alimentos estaban envenenados, e hizo cubrir con papel rojo el alumbrado público para combatir una epidemia de escarlatina. El monumento al general Francisco Morazán, erigido en la plaza mayor de Tegucigalpa, es en realidad una estatua del mariscal Ney comprada en París en un depósito de esculturas usadas.



Hace once años, uno de los poetas insignes de nuestro tiempo, el chileno Pablo Neruda, iluminó este ámbito con su palabra. En las buenas conciencias de Europa, y a veces también en las malas, han irrumpido desde entonces con más ímpetu que nunca las noticias fantasmales de la América Latina, esa patria inmensa de hombres alucinados y mujeres históricas, cuya terquedad sin fin se confunde con la leyenda. No hemos tenido un instante de sosiego. Un presidente prometeico atrincherado en su palacio en llamas murió peleando solo contra todo un ejército, y dos desastres aéreos sospechosos y nunca esclarecidos segaron la vida de otro de corazón generoso, y la de un militar demócrata que había restaurado la dignidad de su pueblo. En este lapso ha habido 5 guerras y 17 golpes de estado, y surgió un dictador luciferino que en el nombre de Dios lleva a cabo el primer etnocidio de América Latina en nuestro tiempo. Mientras tanto 20 millones de niños latinoamericanos morían antes de cumplir dos años, que son más de cuantos han nacido en Europa occidental desde 1970. Los desaparecidos por motivos de la represión son casi los 120 mil, que es como si hoy no se supiera dónde están todos los habitantes de la ciudad de Upsala. Numerosas mujeres arrestadas encintas dieron a luz en cárceles argentinas, pero aún se ignora el paradero y la identidad de sus hijos, que fueron dados en adopción clandestina o internados en orfanatos por las autoridades militares. Por no querer que las cosas siguieran así han muerto cerca de 200 mil mujeres y hombres en todo el continente, y más de 100 mil perecieron en tres pequeños y voluntariosos países de la América Central, Nicaragua, El Salvador y Guatemala. Si esto fuera en los Estados Unidos, la cifra proporcional sería de un millón 600 mil muertes violentas en cuatro años.



De Chile, país de tradiciones hospitalarias, ha huido un millón de personas: el 10 por ciento de su población. El Uruguay, una nación minúscula de dos y medio millones de habitantes que se consideraba como el país más civilizado del continente, ha perdido en el destierro a uno de cada cinco ciudadanos. La guerra civil en El Salvador ha causado desde 1979 casi un refugiado cada 20 minutos. El país que se pudiera hacer con todos los exiliados y emigrados forzosos de América latina, tendría una población más numerosa que Noruega.



Me atrevo a pensar que es esta realidad descomunal, y no sólo su expresión literaria, la que este año ha merecido la atención de la Academia Sueca de las Letras. Una realidad que no es la del papel, sino que vive con nosotros y determina cada instante de nuestras incontables muertes cotidianas, y que sustenta un manantial de creación insaciable, pleno de desdicha y de belleza, del cual este colombiano errante y nostálgico no es más que una cifra señalada por la suerte. Poetas y mendigos, músicos y profetas, guerreros y malandrines, todas las criaturas de aquella realidad desaforada hemos tenido que pedirle muy poco a la imaginación, porque el desafío mayor para nosotros ha sido la insuficiencia de los recursos convencionales para hacer creíble nuestra vida. Este es, amigos, el nudo de nuestra soledad.



Pues si estas dificultades nos entorpecen a nosotros, que somos de su esencia, no es difícil entender que los talentos racionales de este lado del mundo, extasiados en la contemplación de sus propias culturas, se hayan quedado sin un método válido para interpretarnos. Es comprensible que insistan en medirnos con la misma vara con que se miden a sí mismos, sin recordar que los estragos de la vida no son iguales para todos, y que la búsqueda de la identidad propia es tan ardua y sangrienta para nosotros como lo fue para ellos. La interpretación de nuestra realidad con esquemas ajenos sólo contribuye a hacernos cada vez más desconocidos, cada vez menos libres, cada vez más solitarios. Tal vez la Europa venerable sería más comprensiva si tratara de vernos en su propio pasado. Si recordara que Londres necesitó 300 años para construir su primera muralla y otros 300 para tener un obispo, que Roma se debatió en las tinieblas de incertidumbre durante 20 siglos antes de que un rey etrusco la implantara en la historia, y que aún en el siglo XVI los pacíficos suizos de hoy, que nos deleitan con sus quesos mansos y sus relojes impávidos, ensangrentaron a Europa con soldados de fortuna. Aún en el apogeo del Renacimiento, 12 mil lansquenetes a sueldo de los ejércitos imperiales saquearon y devastaron a Roma, y pasaron a cuchillo a ocho mil de sus habitantes.






No pretendo encarnar las ilusiones de Tonio Kröger, cuyos sueños de unión entre un norte casto y un sur apasionado exaltaba Thomas Mann hace 53 años en este lugar. Pero creo que los europeos de espíritu clarificador, los que luchan también aquí por una patria grande más humana y más justa, podrían ayudarnos mejor si revisaran a fondo su manera de vernos. La solidaridad con nuestros sueños no nos haría sentir menos solos, mientras no se concrete con actos de respaldo legítimo a los pueblos que asuman la ilusión de tener una vida propia en el reparto del mundo.



América Latina no quiere ni tiene por qué ser un alfil sin albedrío, ni tiene nada de quimérico que sus designios de independencia y originalidad se conviertan en una aspiración occidental.



No obstante, los progresos de la navegación que han reducido tantas distancias entre nuestras Américas y Europa, parecen haber aumentado en cambio nuestra distancia cultural. ¿Por qué la originalidad que se nos admite sin reservas en la literatura se nos niega con toda clase de suspicacias en nuestras tentativas tan difíciles de cambio social? ¿Por qué pensar que la justicia social que los europeos de avanzada tratan de imponer en sus países no puede ser también un objetivo latinoamericano con métodos distintos en condiciones diferentes? No: la violencia y el dolor desmesurados de nuestra historia son el resultado de injusticias seculares y amarguras sin cuento, y no una confabulación urdida a 3 mil leguas de nuestra casa. Pero muchos dirigentes y pensadores europeos lo han creído, con el infantilismo de los abuelos que olvidaron las locuras fructíferas de su juventud, como si no fuera posible otro destino que vivir a merced de los dos grandes dueños del mundo. Este es, amigos, el tamaño de nuestra soledad.



Sin embargo, frente a la opresión, el saqueo y el abandono, nuestra respuesta es la vida. Ni los diluvios ni las pestes, ni las hambrunas ni los cataclismos, ni siquier a las guerras eternas a través de los siglos y los siglos han conseguido reducir la ventaja tenaz de la vida sobre la muerte. Una ventaja que aumenta y se acelera: cada año hay 74 millones más de nacimientos que de defunciones, una cantidad de vivos nuevos como para aumentar siete veces cada año la población de Nueva York. La mayoría de ellos nacen en los países con menos recursos, y entre éstos, por supuesto, los de América Latina. En cambio, los países más prósperos han logrado acumular suficiente poder de destrucción como para aniquilar cien veces no sólo a todos los seres humanos que han existido hasta hoy, sino la totalidad de los seres vivos que han pasado por este planeta de infortunios.



Un día como el de hoy, mi maestro William Faullkner dijo en este lugar: “Me niego a admitir el fin del hombre”. No me sentiría digno de ocupar este sitio que fue suyo si no tuviera la conciencia plena de que por primera vez desde los orígenes de la humanidad, el desastre colosal que él se negaba a admitir hace 32 años es ahora nada más que una simple posibilidad científica. Ante esta realidad sobrecogedora que a través de todo el tiempo humano debió de parecer una utopía, los inventores de fábulas que todo lo creemos, nos sentimos con el derecho de creer que todavía no es demasiado tarde para emprender la creación de la utopía contraria. Una nueva y arrasadora utopía de la vida, donde nadie pueda decidir por otros hasta la forma de morir, donde de veras sea cierto el amor y sea posible la felicidad, y donde las estirpes condenadas a cien años de soledad tengan por fin y para siempre una segunda oportunidad sobre la tierra.



Agradezco a la Academia de Letras de Suecia el que me haya distinguido con un premio que me coloca junto a muchos de quienes orientaron y enriquecieron mis años de lector y de cotidiano celebrante de ese delirio sin apelación que es el oficio de escribir. Sus nombres y sus obras se me presentan hoy como sombras tutelares, pero también como el compromiso, a menudo agobiante, que se adquiere con este honor. Un duro honor que en ellos me pareció de simple justicia, pero que en mí entiendo como una más de esas lecciones con las que suele sorprendernos el destino, y que hacen más evidente nuestra condición de juguetes de un azar indescifrable, cuya única y desoladora recompensa, suelen ser, la mayoría de las veces, la incomprensión y el olvido.



Es por ello apenas natural que me interrogara, allá en ese trasfondo secreto en donde solemos trasegar con las verdades más esenciales que conforman nuestra identidad, cuál ha sido el sustento constante de mi obra, qué pudo haber llamado la atención de una manera tan comprometedora a este tribunal de árbitros tan severos. Confieso sin falsas modestias que no me ha sido fácil encontrar la razón, pero quiero creer que ha sido la misma que yo hubiera deseado. Quiero creer, amigos, que este es, una vez más, un homenaje que se rinde a la poesía. A la poesía por cuya virtud el inventario abrumador de las naves que numeró en su Ilíada el viejo Homero está visitado por un viento que las empuja a navegar con su presteza intemporal y alucinada. La poesía que sostiene, en el delgado andamiaje de los tercetos del Dante, toda la fábrica densa y colosal de la Edad Media. La poesía que con tan milagrosa totalidad rescata a nuestra América en las Alturas de Machu Pichu de Pablo Neruda el grande, el más grande, y donde destilan su tristeza milenaria nuestros mejores sueños sin salida. La poesía, en fin, esa energía secreta de la vida cotidiana, que cuece los garbanzos en la cocina, y contagia el amor y repite las imágenes en los espejos.



En cada línea que escribo trato siempre, con mayor o menor fortuna, de invocar los espíritus esquivos de la poesía, y trato de dejar en cada palabra el testimonio de mi devoción por sus virtudes de adivinación, y por su permanente victoria contra los sordos poderes de la muerte. El premio que acabo de recibir lo entiendo, con toda humildad, como la consoladora revelación de que mi intento no ha sido en vano. Es por eso que invito a todos ustedes a brindar por lo que un gran poeta de nuestras Américas, Luis Cardoza y Aragón, ha definido como la única prueba concreta de la existencia del hombre: la poesía. Muchas gracias.

Cartola

Cartola (Angenor de Oliveira):carioca, bohemio empedernido. Considerado, por críticos y músicos, el mayor sambista de Brasil. Le decían Cartola por el sombrero que se había fabricado para que no le cayera el cemento en la cabeza cuando trabajaba como obrero de la construcción. También fue lava autos. A sus 66 años realizó la primera grabación.



Basta de clamares inocência

Eu sei todo o mal que a mim você fez

Você desconhece consciência

Só deseja o mal a quel o bem te fez

Basta, não ajoelhes, vá embora

Se estás arrependida, vê se chora



Quando você partiu, me disse: “Chora!”, não chorei

Caprichosamente fui esquecendo que te amei

Hoje me encontras tão alegre e diferente

Jesus não castiga o filho que está inocente







Facu Javier

¡Mil gracias por sumarte, Facu! ¡Bienvenido!






“Este es el río”, dijo Caronte.

Y con una garra descarnada

apuntó a la orilla lodosa y estancada.



“¡Este es el río!”, me dije esperanzado;

me incliné a su curso con temor reverente

y recogí un poco del agua pestilente.



Levanté el cuenco en las manos

hasta llevarlo al borde de mi boca

(decir que esto es verdad a mi me toca).



Dura pena a los muertos impuesta:

beber del río Leteo y, como castigo,

sus recuerdos perder, querido amigo.



Y el agua turbia llevé a mis labios,

a lentos tragos el helado licor bebí

y la bendición del Leteo vino a mí:



al beber el agua había conseguido

olvidar juegos, risas y, en última instancia,

los inocentes recuerdos de la infancia.



Quedaron perdidos para siempre

los amores, sueños e impaciencia

que viviera intenso en la adolescencia.



“¡Qué más da!”, me dije con cansancio,

si con la infancia y adolescencia pierdo

también el acre dolor de tu recuerdo.



Y en un instante, casi como un juego,

quedó borrada para siempre y de una vez

toda la experiencia de mi madurez.



Y en mi vida, cual vacía caja de Pandora

(en lo que se convirtió todo lo que pierdo)

quedó revoloteando… sólo tu recuerdo.