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Los escritores de pequeñas ciudades no tenemos la posibilidad de ser publicados por grandes editoriales sin tener que acatar sus lineamientos.
Menos aún, si las historias que contamos tiene como protagonistas a nuestra ciudad, sus calles y personajes.
Por esta razón, surge Perro Gris para dar impulso y trabajar de manera mancomunada con los escritores de San Pedro y, esperemos, de la zona.
Cada libro es especial para nosotros.
Nos encargamos de leerlos, revisarlos y encuadernarlos de manera artesanal.
Cada ejemplar es una expresión de nuestro amor al libro como obra de arte y como objeto.

Carlos La Rocca

¡Bienvenido, Carlos La Rocca!








Comodoro Voyerista



Comodoro voyerista

cápsula de insectos

cajón de policías

caracoles sobre clavos

cinturón de archivos

circuitos de ombligos

condón de cuervos

cajetilla de semáforos

carpetas de colegios privados

casa sin luz

cáscaras de edad

cráter de edificio desmantelado

capote de resortes

consolas de cráneos

chantajes de átomos

cóndor en la plaza de Mayo



color de diarios apilados

caracoles sin espacios

capas de botón

calor en barras

cajera anémica

canasta de ruidos subterráneos

cartas vacías

catarata náutica

calesita de reina



cuadro roto

cólera de giros

choque de ruedas

contorno de holocausto

cólera cantado

choques de pisos

crepúsculo sin escrúpulo

caudillo multiplicado

calco de cansancios

J. G. Ballard

Ballard, el profeta






“(…) Su catástrofe privada le había sobrevenido con la repentina muerte de su esposa, que lo dejó al cuidado de sus tres hijos cuando apenas estaba en los comienzos de su carrera. Ballard se las arregló para sobrevivir sin pedir ayuda y logró desarrollar toda su creatividad haciendo de madre, padre y escritor a la vez. El hombre que llevaba a los chicos a la escuela con el uniforme bien planchado era el mismo que después se sentaba a escribir Crash (…)” Pablo Capanna, del prólogo a “J. G. Ballard. Para una autopsia de la vida cotidiana. Conversaciones”. (Caja Negra Editora, 2013)


“(…) si yo, como escritor de ciencia ficción, tuviera que hacer una predicción sobre el futuro, podría resumir mi temor en una sola palabra: aburrimiento. He aquí mi gran temor, que todo haya ocurrido; ninguna cosa que sea excitante, novedosa o interesante va a suceder de nuevo; el futuro será un enorme y resignado suburbio del alma, nada nuevo va a surgir, ninguna evasión tendrá lugar otra vez. Esto es lo que va a pasar y es mi gran temor. No tengo idea de qué podemos hacer al respecto, abrirnos las venas o algo así (…)”


“(…) Antes la gente solía llamar y decirme: ‘Estamos tomando unos tragos en Hampstead, ¿quieres venir?’. Y yo me daba una vuelta. Pero ahora ya no lo hago, ahora digo: ‘Lo siento, tengo que ver el último capítulo de The Rockford files, es más interesante’. Y habitualmente lo es, por supuesto. Pasado cierto tiempo, uno empieza a aplicar los principios de contabilidad analítica a la propia vida de un modo despiadado. ¿Es rentable (en términos imaginativos) recorrer todo el camino a Hampstead para asistir a una cena? ¿Realmente tengo ganas de sentarme a la mesa a tener una pequeña charla con la mujer de tal o cual escritor? No tengo ganas; solo quisiera encontrarme con gente cuya compañía siento que me puede aportar algo valioso.”


Carlos Fuentes

“Todas las familias felices” Carlos Fuentes (Alfaguara, 2006)



“(…) Me miro al espejo y me digo, José Nicasio, quítate esa mueca, sonríe, trata de ser amable. Me siento amable pero no puedo cambiar la mueca. Ha de venirme de muy lejos mi cara. Mi máscara, claro que sí señora. Entiéndanos. Nacimos con la cara que nos dio el tiempo. Tiempo duro, casi siempre. Tiempo de sufrir. Tiempo de aguantar ¿Qué cara quiere usted que pongamos? (…) Deje que me ría, señora. Voy a los museos de México y recorro las salas de las culturas indígenas –mayas, olmecas, aztecas- maravillado del arte de mis pasados. Pues allí quieren tenernos, señora, escondidos en los museos. Como estatuas de bronce en las avenidas ¿Qué pasa si el rey Cuauhtémoc se baja de su pedestal en el Paseo de la Reforma y camina entre la gente? Pues que le vuelven a quemar las patas…




Deje que me ría, señora. Apenas bajamos a la calle, volvemos a ser los indios mugrosos, los inditos sumisos, los prietos. Nos arrebatan las tierras antiguas, nos lanzan fugitivos al monte y al hambre, nos venden rifles y aguardiente para que nos peliemos entre nosotros. Usan el derecho de pernada con nuestras mujeres. Nos achacan todos los delitos. Averiguan si sus mujeres blancas nos desean en secreto y se vienen con nosotros arañándonos las espaldas para que la sangre oscura derrame sangre aún más negra. Nos gritan ¡indio! o nos gritan ¡prieto! cuando se vienen con nosotros ¿No lo sabía usted, todo esto lo ignora su merced? Su merced. No somos ‘gente de razón’. No somos ‘gente decente’. Nos matan apenas les damos la espalda. Nos aplican la ley de fuga ¿Sabe su merced, que es gente de razón, lo que es ser un indio bruto y despreciado en este país? ¿Un indio patarrajada bajado del cerro a tamborazos? (…)” (del relato “Madre dolorosa”).

Jaime Roos

“Siempre fui un anarquista de manual. Libertario en contra de todo tipo de autoridad, pero al mismo tiempo solidario con el desposeído. Descubrí tempranamente que era incompatible la anarquía con el mundo real”. Jaime Roos



Jaime había estado tocando en el subte de París ocho horas, juntando moneda por moneda para llegar a los 48 francos que costaba la entrada para ver a Frank Zappa. Puso el show por delante de la cena. “¡Pero no sabés qué concierto! ¡Me voló la cabeza! -recuerda y ríe-. Aprendí mucho esa noche. Hasta hoy aplico enseñanzas que vi en esos escenarios.”. (Fuente)






“Brindis por Pierrot”



No lo vieron a Molina

Que no pisa más el bar

Dónde está la Gran Muñeca

Que no trilla el bulevar

Esta noche es de recuerdos

Este brindis por Pierrot

Ahí estás Mario Benítez

Con tu Línea Maginot.

Qué será de los porteños

Ocupando el Liberaij

Qué dirá La Nueva Ola

Empapada de champán…

Esta noche es de recuerdos

Este brindis por La Unión

Ahí estás Martíncorena

Escuchando esta canción…



Me voy

Como se han ido tantos

Que el recuerdo disfrazao de santos

Y su historia se ha vuelto ilusión

Descubro

Un dejo de amargura

Que ni la mejor partitura

Le pudo marcar a mi voz



Se van

Como se han ido tantos

Carnaval les regaló su manto

Su estampa se vuelve canción

Se han ido

Soplando candilejas

Esta noche no tengo ni quejas

Sin embargo el que llora soy yo.



No se acuerdan de la Bruta

Con Pianito en su lugar

No me olvido más del Ñato

Imitando a Dogomar

Esta noche es de recuerdos

Este brindis por Pierrot

Quedan pocos Sabaleros

Aguantando el mostrador



Te estoy viendo a vos, Benítez

En las páginas del Ring

Ni que hablar de un Picho López

Recostado en el casin

Esta noche es de recuerdos

Este brindis por Zelmar

No lo vieron a Molina

Que no pisa más el bar



Me voy

Me voy me vivo yendo

Cuesta abajo me hizo vista el tiempo

En las copas me dieron changüí

Me llevo

Como un capricho burdo

La esperanza escondida en el zurdo,

Que el Diablo se apiade de mí



Se van

Se van se siguen yendo

Cuesta abajo los sacude el viento

Como hojas de un sueño otoñal

Levanto

Mi vaso por las dudas

A veces la suerte me ayuda

Nadie golpea al zaguán



Oigan al payaso que canta

Cuántas penas en su garganta

Junto a su copa de licor

Solo

Esta noche no tengo ni tumba

Sin embargo el que canta soy yo



Miren al Pierrot callejero,

De la noche fiel compañero.

En su mejilla un lagrimón

Brilla

Le ha tocado pasarse la vida

a solas con su corazón.



(Recitado) “Te largan a la cancha sin preguntarte si querés entrar.

Por si fuera poco, de golero; toda una vida tapando agujeros.

Y si en una de esas salís bueno, se tiran al suelo y te cobran penal”



Oigan al payaso que canta

Cuántas penas en su garganta

Junto a su copa de licor

Solo

Esta noche no luce su ropa

Sin embargo le llaman Pierrot



Miren al Pierrot callejero…



(Recitado final improvisado por el “Canario” Luna)

“¿Sentiste a los muchachos, Viruta? Dicen que estoy solo, qué saben ellos…

No saben que siempre a mi lado va a estar el niño Calatrava,

Raviol, que se nos fue hace poco.

A solas sí… a solas pero gozando y viviendo la vida…

porque yo nunca voy a estar solo”

Manuel Rodríguez

Manuel y un relato descorazonador… 💔😥

“Amor no correspondido” de Manuel Rodríguez (quince años)



Elizabeth era una alumna de secundaria y le encantaba ir a clase por su nuevo profesor de francés. Era alto, atractivo y con una gran personalidad, nunca se enojaba ni gritaba a sus alumnos y sabía mantener la calma.
Elizabeth sentía que el corazón se le aceleraba cada vez que elogiaba su letra, aquel profesor se fijaba incluso en que había cambiado de anteojos y le dijo que los nuevos le quedaban fantásticos. Sólo pensar en él le ponía contenta.
Elizabeth sacaba unas notas normales y sí, acaso, algunas un poco malas. No era especialmente guapa, y tampoco se le daban muy bien los estudios ni los deportes. Además, había ganado algo de peso en los últimos años y hasta su madre le decía que no le vendría mal perder algún kilo.
No era popular entre los alumnos ni tampoco entre los profesores, era simplemente una alumna tranquila que estaba ahí. Así era como la gente la definía, la propia Elizabeth sabía que no era nada especial y trató de mantener su amor en secreto. Pero conforme el tiempo pasaba, la joven no pudo mantener callados sus sentimientos. Tampoco esperaba tener nada con él, simplemente quería hacerle saber cómo se sentía.
Elizabeth se armó de coraje y un día decidió escribirle una carta sincera. Al día siguiente, antes de que empezara la clase, la chica dejó la carta junto al cuaderno de asistencia. Entregársela en mano era demasiado para ella.
A medida de que la hora se acercaba, su corazón se aceleraba cada vez más. La campana sonó al fin y la clase dio comienzo pero el profesor que entró por la puerta no era el profesor de francés sino el profesor de educación física, a quien ella odiaba completamente.




Al parecer, el profesor de Francés iba a llegar tarde, así que este otro vigilaría la clase.
Elizabeth comenzó a notar un sudor frío. Por su mente empezaron a pasar todo tipo de pensamiento: “¿Pasaría lista? ¿y si ve mi carta? Si lo hace… ¿fingirá no haber visto nada?”.
Le esperaba una dura sorpresa.
El profesor de educación física abrió el cuaderno de asistencia, encontró la carta de Elizabeth y la leyó en voz alta para toda la clase. Las risas y las burlas pronto comenzaron a surgir y el profesor le dijo que incluso hasta las chicas gordas y feas se enamoraban.
Las caras de asco y desprecio asustaron a Elizabeth, todos y cada uno de ellos eran sus enemigos. La joven se sentía como si estuviera rodeada de demonios en el infierno. Justo en ese momento llegó el profesor de francés, a Elizabeth le pareció que su salvador por fin entraba por la puerta. El profesor de educación física, entusiasmado, le entregó la carta.
Elizabeth alzó la mirada esperando que su profesor preferido calmara a los alumnos y arreglara el embrollo. El profesor de francés terminó de leer la carta y volteó en dirección a Elizabeth.
En su rostro había una mezcla de asco, molestia y rabia, era como si estuviera mirando a un insecto de lo más repulsivo. La vergüenza y el sentimiento de traición eran demasiado fuertes…
Elizabeth se suicidó esa misma noche pero a nadie le interesó saber el porqué.



Ilustración: Mirta Ruiz (acrílico sobre papel de acuarela).

Neil Gaiman



“(…) Se quedó dormido mientras el avión despegaba.
Se encontraba en un lugar oscuro, y la cosa que lo miraba llevaba una cabeza de búfalo peluda y pestilente, con unos ojos enormes y acuosos. Tenía cuerpo de hombre, cubierto de aceite y brillante.


—Se avecinan cambios —dijo el búfalo sin mover los labios—. Será necesario tomar ciertas decisiones.


La luz de una hoguera titilaba en las paredes húmedas de la cueva.


—¿Dónde estoy? —preguntó Sombra.
—En la tierra y debajo de la tierra —dijo el hombre búfalo—. Te encuentras en el lugar donde esperan los olvidados.

Sus ojos eran líquidas canicas negras y su voz atronaba desde el mismo inframundo. Olía como una vaca mojada.


—Cree —dijo la atronadora voz—. Para sobrevivir debes creer.
—¿Creer qué? —preguntó Sombra—. ¿Qué es lo que debo creer?


El hombre búfalo tenía la vista clavada en Sombra y se irguió hasta hacerse inmenso, con los ojos en llamas. Abrió su babeante boca de búfalo, roja por dentro a causa del fuego que ardía en su interior, bajo la tierra.


—Todo —bramó el hombre búfalo”.