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Los escritores de pequeñas ciudades no tenemos la posibilidad de ser publicados por grandes editoriales sin tener que acatar sus lineamientos.
Menos aún, si las historias que contamos tiene como protagonistas a nuestra ciudad, sus calles y personajes.
Por esta razón, surge Perro Gris para dar impulso y trabajar de manera mancomunada con los escritores de San Pedro y, esperemos, de la zona.
Cada libro es especial para nosotros.
Nos encargamos de leerlos, revisarlos y encuadernarlos de manera artesanal.
Cada ejemplar es una expresión de nuestro amor al libro como obra de arte y como objeto.

César Aira

🔹🔸 “Aceptaría el Nobel por la plata. Este año estuve finalista en un premio y empecé a gastar imaginariamente. Cuando no lo gané me sentí tan pobre… Pero entiendo que no me den premios. Los que los dan tienen que justificar que los conceden porque el autor trabaja por los derechos humano. ¿Qué iban a decir de mí? ¿Que me lo dan porque soy bueno? Eso no se ha hecho nunca”.🔹🔸





🔹🔸 “Si alguien usa la literatura como vehículo para transmitir ideologías le está haciendo un disfavor. Si quieres exponer tus ideas sobre el deterioro ambiental ya tienes Facebook y los diarios. Si no, estás buscando el prestigio de la literatura traicionando a los que le dieron ese prestigio sin usarla como vehículo: Kafka, Proust…”🔹🔸



🔹🔸 “La literatura como arte no tiene utilidad social. Los únicos libros que la tienen son los best sellers, que están llenos de información. Si alguien quiere aprender con las novelas, que lea best sellers. La literatura no te enseña nada más que el placer, el mismo placer que mirar Las meninas. Uno no aprende nada sobre Velázquez”.🔹🔸





🔹🔸 “Yo no uso ningún procedimiento para generar relatos, aunque hay algo de eso en la improvisación. Así me evado de la psicología. Ahora veo mucha narrativa de jóvenes tan satisfechos consigo mismos que consideran que exponer sus opiniones y sus gustos es suficiente. No necesitan aprender la técnica ni molestarse en las descripciones y diálogos. Creo que eso viene de algo tan material como el ordenador, que exige escribir a toda velocidad. No da tiempo para la invención y tienen que recurrir a su maravillosa experiencia”.🔹🔸



Fuente: ▶️Entrevista

Giulietta Masina

🔸🔹 “Fellini es un artista. Yo soy actriz apenas, y basta”. Giulietta Masina🔸🔹



🔸🔹 “Giulietta es la actriz que más admiro”. Charles Chaplin🔸🔹



🔸🔹 “Ella es la voz de la luna”. Caetano Veloso🔸🔹






🔸🔹 “Uno de los acontecimientos más importantes de mi formación musical personal fue ver La strada, a los quince, en el Cine Subaé, en Santo Amaro da Purificação, la pequeña ciudad en el interior de Bahía donde nací. La cara de Giulietta Masina quedó en el fondo de mi alma como si fuese una instancia metafísica universal.





Estoy convencido de que algo del impacto producido por ese film en tantas personas de mi generación se debe al hecho de que representó un triunfo ideológico sobre la ortodoxia neorrealista. Pero eso sólo fue posible por Giulietta. Sus delicados gestos, tan gráficos como los de Charles Chaplin y tan etéreos como los de Harry Langdon; el ritmo de su cuerpo pequeño, tan vivo como el de un pequeño animal vivo, y tan simple y convencional como el de un dibujito animado, decidieron la grandeza del film -y la sobrepasaron: Gelsomina se convirtió, como Don Quijote, como Carlitos, como Mickey Mouse, como el crucificado, en una imagen concentrada que vino al mundo nítidamente para decir sólo lo que ella dice.





Pasé el resto de la adolescencia soñando que conversaba con Federico y Giulietta. En esas conversaciones casi develaba el misterio de mi propia vida. En las tardes hechizadas, pasaba horas tocando el tema de La strada en el piano”. Caetano Veloso





🔸🔹 “Todos los temas que incluí en el espectáculo en Rimini (en el que se grabó el disco “Omaggio a Federico e Giulietta”) tienen que ver de una u otra manera con los tiempos en que iba a ver películas italianas en Santo Amaro, con mi adolescencia, con mi despertar a la vida”. Caetano Veloso🔸🔹





🔸🔹 “Corazón vagabundo” de Caetano Veloso🔸🔹



Mi corazón no se cansa

de tener esperanza

de ser un día todo lo que quiere.



Mi corazón de niño

no es sólo un recuerdo

de una mujer de feliz figura



que pasó por mis sueños

sin decir adiós

e hizo de mis ojos

un llorar sin fin.



Mi corazón vagabundo

quiere guardar el mundo

en mí.



Mi corazón vagabundo

quiere guardar el mundo

en mí.



Mi corazón no se cansa

de tener esperanza

de ser un día todo lo que quiere.



▶️Giulietta Perro Gris 2017

🔸🔹Fuentes:🔸🔹
▶️Giuletta Masina, a voz da lua

▶️FELLINI Y GIULETTA

Nina Simone

🔸🔹Nina Simone, nombre artístico de Eunice Kathleen Waymon (Tryon, 21 de febrero de 1933-Carry-Le-Rouet, 21 de abril de 2003), fue una cantante, pianista, escritora y activista por los derechos civiles.


Nativa de Carolina del norte, sexta de ocho hermanos, desde niña reveló un gran talento para la música que la llevó a tocar y cantar en la iglesia con las dos hermanas, con el nombre de “Waymon sisters”. Pero el prejuicio racial del sur profundo en los años cuarenta la condicionó durante mucho tiempo.


Tomó clases de piano pagadas por la comunidad de color local que promovía una fundación para que pudiera continuar sus estudios musicales en Nueva York. En los primeros años cincuenta trabajó como pianista-cantante en varios clubes, inspirándose en Billie Holiday; se orientó hacia el jazz y cambió su nombre a Nina Simone (en honor de Simone Signoret, de la cual era admiradora).





A partir de 1963, empezó a trabajar de forma estable con la Phillips. Es en este período que registró algunas de sus canciones más incisivas, como “Old Jim Crow” y “Mississippi goddam”, que se convierten en himnos para los derechos civiles. Fue amiga y aliada de Malcolm X y de Martin Luther King.


Dejó los Estados Unidos a finales de los años sesenta, acusando que tanto el FBI como la CIA no tenían interés en solucionar el problema del racismo. En los años siguientes viajó por el mundo, viviendo en Barbados, en Liberia, en Egipto, en Turquía, en los países bajos y en Suiza. Tras el polémico abandono de los Estados Unidos, sus álbumes se publicaron raramente.


Después de que Chanel usó, en los años ochenta, su “My baby just cares for me” para una publicidad televisiva, muchos redescubrieron su música y Simone se convirtió en un ícono del jazz.





🔸🔹“Si ellos se sientan atrás, yo no toco”. Eunice Kathleen Waymon había largado la sentencia minutos antes del concierto que estaba por dar en una biblioteca: a los padres los habían mandado al fondo por ser negros. Ella tendría unos siete años y tocaba el piano febrilmente, música clásica, durante ocho horas por día. Tenía un sueño y siempre lo tendría: ser la primera pianista clásica negra en el mundo. “Los trajeron adelante —contó— para que se sentaran allí, pero fue la primera vez que sentí discriminación. Y me horrorizó”.🔸🔹


🔸🔹Si alguien del público hablaba, ella decía: “No voy a seguir”. Entonces se levantaba, salía del escenario y se acababa el recital: “Yo quería que prestaran atención como en el mundo de la música clásica; pensaba que había que enseñarles. Si no escuchan, ¡al carajo!”.🔸🔹


🔸🔹“Nunca fui pacifista. Jamás. Yo opinaba que no importaban los medios para conseguir nuestros derechos. Yo solo soy una de las personas que están hartas de este orden social, hartas del orden establecido, hartas hasta la médula de todo eso. Para mí, la sociedad estadounidense no es más que un cáncer que debe ser expuesto para luego poder curarse. Yo no puedo curarlo: solo puedo exponer la enfermedad”.🔸🔹


🔸🔹“No hay alternativa: ¿cómo se puede ser artista y no reflejar la época en que uno vive? Siempre pensé que sacudía a la gente, pero ahora quiero sacudirla más y quiero hacerlo de manera fría y deliberada. Quiero sacudir tan fuerte a las personas que cuando salgan del club donde yo haya tocado estén destruidos. Quiero entrar en ese antro de gente elegante, con sus ideas viejas y toda su petulancia, y volverlos locos a todos”.🔸🔹


▶️Fuente


Elsa Bornemann

Elsie, el miedo cálido de la infancia ❤️




🔸🔹 “Una cosita le dije a mi padre. Le dije: Yo voy a ser escritora, entonces tu apellido va a seguir. Él me dijo: Bueno, pero firmá con el apellido de tu madre, porque vos vas a escribir lo que sientas y eso te va a traer problemas.”🔸🔹


🔸🔹 “Mamá y papá leían mucho. Mi mamá tenía los libros que no se podían leer forrados de blanco y cada vez que me quedaba sola, me iba corriendo a buscar uno de los blancos. Así leí el Libro del matrimonio perfecto, Ana Karenina. Andá a saber lo que yo entendía.”🔸🔹


🔸🔹 Elsa contaba que cuando comenzó el colegio la llamaba la maestra: “¡Bornemann, Elsa!”. Ella respondía “presente, señorita”. “Muy bien, ¿nos puede decir el nombre de su mamá”. “Sí, Blancanieves”, contestaba. Después de la risa general, la maestra le volvía preguntar, y respondía igual. Es que su mamá, mezcla de portugueses y españoles, casada con un alemán, se llamaba Blancanieves Fernández.🔸🔹

🔸🔹El gran amor de su vida fue su padre, Wilhelm Karl Henri Bornemann, un alemán de Hannover que llegó a Argentina para instalar un gran reloj de campana en Buenos Aires y, como muchos de aquellos inmigrantes, se quedó para siempre. Unos años después, cuando se construye la fastuosa sucursal de la casa Harrod’s de Londres, le encargaron la instalación de un reloj que, casi un siglo después, todavía puede verse en el vetusto edificio abandonado de la calle Florida.🔸🔹

Fuentes:
▶️GUILLERMO SCHAVELZON

▶️El caso Bornemann

🔸🔹”Manos” de Elsa Bornemann (del libro “Socorro”)🔸🔹




Montones de veces —y a mi pedido— mi inolvidable tío Tomás me contó esta historia “de miedo” cuando yo era chica y lo acompañaba a pescar ciertas noches de verano.
Me aseguraba que había sucedido en un pueblo de la provincia de Buenos Aires. En Pergamino o Junín o Santa Lucía… No recuerdo con exactitud este dato ni la fecha cuando ocurrió tal acontecimiento y —lamentablemente— hace años que él ya no está para aclararme las dudas. Lo que sí recuerdo es que —de entre todos los que el tío solía narrarme mientras sostenía la caña sobre el río y yo me echaba a su lado, cara a las estrellas— este relato era uno de mis preferidos. — ¡Te pone los pelos de punta y —sin embargo— encantada de escucharlo! ¿Quién entiende a esta sobrina? —me decía el tío—. Ah, pero después no quiero quejas de tu mamá, ¿eh? Te lo cuento otra vez a cambio de tu promesa…
Y entonces yo volvía a prometerle que guardaría el secreto, que mi madre no iba a enterarse de que él había vuelto a narrármelo, que iba a aguantarme sin llamarla si no podía dormir más tarde cuando —de regreso a casa— me fuera a la cama y a la soledad de mi cuarto.
Siempre cumplí con mis promesas. Por eso, esta historia de manos —como tantas otras que sospecho eran inventadas por el tío o recordadas desde su propia infancia— me fue contada una y otra vez.
Y una y otra vez la conté yo misma —años después— a mis propios “sobrinhijos” así como — ahora— me dispongo a contártela: como si —también— fueras mi sobrina o mi sobrino, mi hija o mi hijo y me pidieras:
—¡Dale, tía; dale, mami, un cuento “de miedo”!
Y bien. Aquí va:
Martina, Camila y Oriana eran amigas amiguísimas.
No sólo concurrían a la misma escuela sino que —también— se encontraban fuera de los horarios de las clases. Unas veces, para preparar tareas escolares y otras, simplemente para estar juntas. De otoño a primavera, las tres solían pasar algunos fines de semana en la casa de campo que la familia de Martina tenía en las afueras de la ciudad.
¡Cómo se divertían entonces! Tantos juegos al aire libre, paseos en bicicleta, cabalgatas, fogones al anochecer… Aquel sábado de pleno invierno —por ejemplo—lo habían disfrutado por completo, y la alegría de las tres nenas se prolongaba —aún— durante la cena en el comedor de la casa de campo porque la abuela Odila les reservaba una sorpresa: antes de ir a dormir les iba a enseñar unos pasos de zapateo americano, al compás de viejos discos que había traído especialmente para esa ocasión. Adorable la abuela de Martina. No aparentaba la edad que tenía. Siempre dinámica, coqueta, de buen humor, conversadora. Había sido una excelente bailarina de “tap”. Las chicas lo sabían y por eso le habían insistido para que bailara con ellas.
— ¿Por qué no lo dejan para mañana a la tardecita, ¿eh? Ya es hora de ir a descansar. Además, la abuela no paró un minuto en todo el día. Debe de estar agotada.
La mamá de Martina trató —en vano— de convencerlas para que se fueran a dormir a las cuatro y no sólo a las niñas, porque la abuela tampoco estaba dispuesta a concluir aquella jornada sin la anunciada sesión de baile. Así fue como —al rato y mientras los padres, los perros y la gata se ubicaban en la sala de estar a manera de público— la abuela y las tres nenas se preparaban para la función casera de zapateo americano.
Afuera, el viento parecía querer sumarse con su propia melodía: silbaba con intensidad entre los árboles.
Arriba —bien arriba— el cielo, con las estrellas escondidas tras espesos nubarrones.
La improvisada clase de baile se prolongó cerca de una hora. El tiempo suficiente como para que Martina, Camila y Oriana aprendieran —entre risas— algunos pasos de “tap” y la abuela se quedara exhausta y muy acalorada.
Pronto, todos se retiraron a sus cuartos.
Alrededor de la casa, la noche, tan negra como el sombrero de copa que habían usado para la función.
Las tres nenas ya se habían acostado. Ocupaban el cuarto de huéspedes, como en cada oportunidad que pasaban en esa casa.
Era un dormitorio amplio, ubicado en el primer piso. Tenía ventanas que se abrían sobre el parque trasero del edificio y a través de las cuales solía filtrarse el resplandor de la luna (aunque no en noches como aquella, claro, en la que la oscuridad era un enorme poncho cubriéndolo todo).
En el cuarto había tres camas de una plaza, colocadas en forma paralela, en hilera y separadas por sólidas mesas de luz.
En la cama de la izquierda, Martina, porque prefería el lugar junto a la puerta. En la cama de la derecha, Camila, porque le gustaba el sitio al lado de la ventana.
En la cama del medio, Oriana, porque era miedosa y decía que así se sentía protegida por sus amigas.
Las chicas acababan de dormirse cuando las despertó —de repente— la voz del padre. Terminaba de vestirse —nuevamente y de prisa— a la par que les decía:
—La abuela se descompuso. Nada grave —creemos—, pero vamos a llevarla hasta el hospital del pueblo para que la revisen, así nos quedamos tranquilos. Enseguida volvemos. Ah, dice mamá que no vayan a levantarse, que traten de dormir hasta que regresemos. Hasta luego.
¿Dormir? ¿Quién podía dormir después de esa mala noticia? Las chicas no, al menos, preocupadas como se quedaban por la salud de la querida abuela. Y menos pudieron dormir minutos después de que oyeron el ruido del auto del padre, saliendo de la casa, ya que a la angustia de la espera se agregó el miedo por los tremendos ruidos de la tormenta que —finalmente— había decidido desmelenarse sobre la noche.
Truenos y rayos que conmovían el corazón.
Relámpagos, como gigantescas y electrizadas luciérnagas.
El viento, volcándose como pocas veces antes.
— ¡Tengo miedo! ¡Tengo miedo! —gritó Oriana, de repente.
Las otras dos también lo tenían pero permanecían calladas, tragándose la inquietud.
Martina trató de calmar a su amiguita (y de calmarse, por qué negarlo) encendiendo su velador.
Camila hizo lo mismo.
La cama de Oriana fue —entonces— la más iluminada de las tres ya que —al estar en el medio de las otras— recibía la luz directa de dos veladores.
—No pasa nada. La tormenta empeora la situación, eso es todo —decía Martina, dándose ánimo ella también con sus propios argumentos.
—Enseguida van a volver con la abuela. Seguro —opinaba Camila.
Y así —entre las lamentaciones de Oriana y las palabras de consuelo de las amigas más corajudas— transcurrió alrededor de un cuarto de hora en todos los relojes.
Cuando el de la sala —grande y de péndulo— marcó las doce con sus ahuecados talanes, las jovencitas ya habían logrado tranquilizarse bastante, a pesar de que la tormenta amenazaba con tornarse inacabable.
Las luces se apagaron de golpe.
— ¡No me hagan bromas pesadas! —chilló Oriana—¡Enciendan los veladores otra vez, malditas! —y asustada, ella misma tanteó sobre las mesitas para encontrar las perillas.
Sólo encontró las manos de sus amigas, haciendo lo propio.
— ¡Yo no apagué nada, boba! —protestó Camila.
— ¡Se habrá cortado la luz! —supuso Martina.
Y así era nomás. Demasiada electricidad haciendo travesuras en el cielo y nada allí —en la casa— donde tanto se la necesitaba en esos momentos…
Oriana se echó a llorar, desconsolada.
— ¡Tengo miedo! ¡Hay que ir a buscar las velas a la cocina! ¡Hay que bajar a buscar fósforos y velas! ¡O una linterna!
—”¡Hay que!” “¡Hay que!” ¡Qué viva la señorita! ¿Y quién baja, ¿eh? ¿Quién?—se enojó Camila—. Yo, ¡ni loca!
— ¡Yo tampoco! —agregó Martina—. Esta Oriana se cree que soy la Superniña, pero no. Yo también tengo miedo, ¡qué tanto! Además, mi mamá nos recomendó que no nos levantáramos, ¿recuerdan?
Oriana lloraba con la cabeza oculta debajo de la almohada.
—Buaaaah… ¿Qué hacemos entonces? ¡Me muero de miedo! Por favor, bajen a buscar velas… Sean buenitas… Buaaah…
Martina sintió pena por su amiga. Si bien eran de la misma edad, Oriana parecía más chiquita y se comportaba como tal. Se compadeció y actuó —entonces— cual si fuera una hermana mayor.
—Bueno, bueno; no llores más, Ori. Tranquila… Se me ocurrió una idea. Vamos a hacer una cosa para no tener más miedo, ¿sí?
— ¿Q–ué..? —balbuceó Oriana.
—¿Qué cosa? —Camila también se mostró interesada, lógico (aunque seguía sin quejarse, el temor la hacía temblar). Martina continuó con su explicación:
—Nos tapamos bien —cada una en su cama— y estiramos los brazos, bien estirados hacia afuera, hasta darnos las manos.
Enseguida, lo hicieron.
Obviamente, Oriana fue la que se sintió más amparada: al estar en el medio de sus dos amigas y abrir los brazos en cruz, pudo sentir un apretoncito en ambas manos.
— ¡Qué suertuda Ori!, ¿eh? —bromeó Camila.
—Desde tu cama se recibe compañía de los dos lados…
—En cambio, nosotras… —completó Martina— sólo con una mano…
Y así —de manos fuertemente entrelazadas— las tres niñas lograron vencer buena parte de sus miedos.
Al rato, todas dormían.
Afuera, la tormenta empezaba a despedirse.
Gracias a Dios, la abuela ya se siente bien —les contó la madre al amanecer del día siguiente, en cuanto retornaron a la casa con su marido y su suegra y dispararon al primer piso para ver cómo estaban las chicas—. Fue sólo un susto. Como —a su regreso— las niñas dormían plácidamente, la abuela misma había sido la encargada de despertarlas para avisarles que todo estaba en orden.
¡Qué alegría!
—Así me gusta. ¡Son muy valientes! Las felicito —y la abuela las besó y les prometió servirles el desayuno en la cama, para mimarlas un poco, después de la noche de nervios que habían pasado.
—No tan valientes, señora… Al menos, yo no… —susurró Oriana, algo avergonzada por su comportamiento de la víspera—. Fue su nieta la que consiguió que nos calmáramos…
Tras esta confesión de la nena, padres y abuela quisieron saber qué habían hecho para no asustarse demasiado. Entonces, las tres amiguitas les contaron:
—Nos tapamos bien, cada una en su cama como ahora…
—Estirarnos los brazos así, como ahora…
—Nos dimos las manos con fuerza, así, como ahora…
¡Qué impresión les causó lo que comprobaron en ese instante, María Santísima! Y de la misma no se libraron ni los padres ni la abuela.
Resulta que por más que se esforzaron —estirando los brazos a más no poder— sus manos infantiles no llegaban a rozarse siquiera.
¡Y había que correr las camas laterales unos diez centímetros hacia la del medio para que las chicas pudieran tocarse —apenas— las puntas de los dedos!
Sin embargo, las tres habían —realmente— sentido que sus manos les eran estrechadas por otras, no bien llevaron a la acción la propuesta de Martina.
— ¿Las manos de quién? —exclamaron entonces, mientras los adultos trataban de disimular sus propios sentimientos de horror.
— ¿De quiénes? —corrigió Oriana, con una mueca de espanto. ¡Ella había sido tomada de ambas manos!
Manos.
Cuatro manos más aparte de las seis de las niñas, moviéndose en la oscuridad de aquella noche al encuentro de otras, en busca de aferrarse entre sí.
Manos humanas.
Manos espectrales.
(Acaso ——a veces, de tanto en tanto— los fantasmas también tengan miedo… y nos necesiten…).

Eduardo Villarruel

🔸🔹Edu y la importancia de la (no) respiración 🔸🔹

🔸🔹”Sobre cuando no se respira” de Eduardo Villarruel(texto escrito en el #TallerDeAntiEscritura – enero)🔸🔹





Se respira aire, por la nariz, o por la boca si hace falta. Y se expulsa por cualquiera de las dos, si se quiere acelerar el proceso basta con forzar el abdomen… como si se apretara un globo.


La secuencia se repite infinita. Con o sin ritmo. A veces se pausa hasta por treinta segundos. Nos gusta llamar a estos momentos “instantes” y suelen ser de gran importancia, empiezan con una realización que marca un antes y después en nuestras vidas y terminan con un poco elegante -pero tierno- suspiro.


Otra cualidad del ciclo inhalación-exhalación es que es incompatible con el discurso. O bien se habla o se respira, no hay punto medio.Por lo que nuestros monólogos también están limitados a una duración de treinta segundos. Nadie puede monopolizar la charla por más tiempo.


Estos límites son afortunados. Me gusta imaginar que en tiempos de antaño existieron homínidos ajenos a estas reglas, naturalmente extintos. Se entretenían tanto hablando solos que no sentían la necesidad de buscar alguna compañía que rellenara sus silencios


Y, los que sí, locos (y) enamorados, en medio de poemas interminables y de gestos, gestos del cariño más profundo, se miraban por un instante. Un instante que solo acababa cuando uno de los dos moría de hambre, el pobrecito.


🔸🔹Ilustración:Jenny Melhijove🔸🔹

Horacio Lalia

🔸🔹 En octubre presentaremos nuestra primera revista de historietas, Distópica. Mientras esperamos su llegada, recordamos a los ilustradores y guionistas que nos inspiraron. Año #Distópica: los inspiradores: hoy, Horacio Lalia. ✏ 🔸🔹





🔸🔹 “Las historietas de Lalia pertenecen a un mundo de horrores amables: las antologías que se encuentran en librerías de viejo, las películas de Roger Corman y su eterno Vincent Price, ajados ejemplares de las revistas Dr. Tetrick o Vampirella, los programas con los que Narciso Ibáñez Menta repartía pesadillas desde televisores blanco y negro. Por eso a Lalia le es ajena la crueldad: la materia de sus terrores es la imaginación y en sus páginas están siempre presentes los temores gozosos de la infancia” Pablo De Santis. 🔸🔹





🔸🔹Horacio Lalia (Bs. As., 1941) publicó sus primeras historietas en 1964, en los últimos números de la legendaria “Hora Cero”. Sus trabajos han aparecido en las revistas El Tony, D’Artagnan, Skorpio, y en editoriales italianas, francesas e inglesas. Hizo historietas del oeste, de guerra, infantiles y policiales; pero se ha destacado, sobre todo, en el relato de horror, como Nekrodamus (con guión de H. G. Oesterheld, 1975) y en las adaptaciones de cuentos clásicos del género, como “Los ojos de la pantera” de Ambrose Bierce. 🔸🔹





Ana María Shua

#PerroGrisRecomienda: “Casa de geishas” de Ana María Shua (Ed. Sudamericana, 1992)






🔸🔹“El vasto número”🔸🔹



3452, 3453, 3454… Cuenta, para dormirse, el vasto número de los hombres (los imagina saltando una tranquera) que nunca fueron sus amantes.





🔸🔹“Momento de placer”🔸🔹



Toda está dispuesto para el placer, pero el placer no llega, se retrasa, tarda en vestirse para la fiesta, sufre emboscadas, se le enganchan los bordes de la túnica en las ramas más bajas, lo detiene un funcionario de inmigraciones. Todo estaba dispuesto para el placer y sin embargo, cuando el placer llega, la fiesta ha terminado. Hay que comprender, entonces, que se duerman así, enseguida, de espaldas, silenciosos y frustrados.


🔸🔹“Te tapa los ojos”🔸🔹



Te tapa los ojos y te pregunta quién soy. Tiene las manos y la voz de tu hija menor. Ahora quiere también tus ojos.


Ana María Shua nació en Buenos Aires en 1951. A los dieciséis años publicó sus primeros poemas reunidos en El sol y yo. En 1980 ganó con su novela Soy Paciente el premio de la editorial Losada. Sus otras novelas son Los amores de Laurita, (llevada al cine), El libro de los recuerdos (Beca Guggenheim) y La muerte como efecto secundario (Premio Club de los XIII y Premio Ciudad de Buenos Aires en novela). Su última novela es El peso de la tentación.
Cinco de sus libros abordan el microrrelato, un género en el que ha obtenido el máximo reconocimiento internacional: La sueñera, Casa de Geishas, Botánica del Caos, Temporada de Fantasmas (reunidos en el volumen Cazadores de Letras) y Fenómenos de circo.





También ha escrito libros de cuentos: Los días de pesca, Viajando se conoce gente y Como una buena madre. Con Miedo en el sur obtuvo el Premio Ciudad de Buenos Aires. Que tengas una vida interesante reúne sus cuentos completos hasta 2011. Su último libro en el género es Contra el tiempo. En 2014 recibió el premio Konex de Platino y el Premio Nacional de Literatura.
Recibió varios premios nacionales e internacionales por sus libros para chicos.
Su obra ha sido traducida a una docena de idiomas.

Día de los enamorados

“Yo no sé si este amor es pecado

que tiene castigo

Si es faltar a las leyes honradas

Del hombre y de Dios…”

“Pecado” de Carlos Bahr



🔸🔹”Camila mía: acabo de saber que mueres conmigo. Ya que no hemos podido vivir en la tierra, unidos, nos uniremos en el cielo, ante Dios. Te abraza, tu Gutiérrez.”🔸🔹

🔸🔹Él era sacerdote. Ella, una niña de sociedad. A pesar de los severos límites que imponían esas circunstancias, los ahogó una pasión que terminó por matarlos.🔸🔹





🔸🔹En 1843, Camila O’Gorman (18 años, de familia aristocrática. Por la línea paterna era nieta de la también célebre “Perichona” -Madame Perichon, amante del Virrey Liniers) conoció al padre Uladislao Gutiérrez (19), un sacerdote jesuita que había asistido al seminario junto con el hermano de Camila y que provenía de un entorno similar (su tío era el gobernador de la provincia de Tucumán). Había sido nombrado párroco de la familia O’Gorman, y pronto comenzó a ser invitado a la propiedad familiar de estos. O’Gorman y Gutiérrez iniciaron rápidamente un romance clandestino.


🔸🔹Cuatro años después, el 12 de diciembre de 1847 a la madrugada, Camila O’Gorman y Uladislao Gutiérrez se fugaron a caballo.


🔸🔹El destino final, si todo andaba bien, sería Río de Janeiro. Al pasar a Santa Fe fingirían haber perdido los pasaportes y pedirían otros con nombres falsos.


🔸🔹Pasados diez días, Adolfo O’Gorman (padre de Camila) denunció el hecho al gobernador como “el acto más atroz y nunca oído en el país”, mientras el obispo Medrano pedía al gobernador que “en cualquier punto que los encuentren a estos miserables, desgraciados, infelices, sean aprehendidos y traídos, para que, procediendo en justicia, sean reprendidos por tan enorme y escandaloso procedimiento”.


🔸🔹Al llegar a Goya con su nueva identidad pudieron tomarse un respiro y prepararse para la última etapa: Brasil. Mientras tanto, para ganarse la vida abrieron una escuela para niños, la primera que existió en esa pequeña ciudad.


🔸🔹Pudieron vivir cuatro meses en una relativa felicidad, olvidando la persecución de que eran objeto. El 16 de junio ocurrió el desastre cuando encontraron en una casa de familia a un sacerdote irlandés que conocía a Gutiérrez.


🔸🔹Tomados por sorpresa, sólo atinaron a negar su verdadera identidad. La noticia voló y al día siguiente, por orden del gobernador Virasoro, los dos maestros fueron encarcelados e incomunicados.


🔸🔹Las declaraciones que Camila hiciera en San Nicolás no hacían sino corroborar su posición subversiva: no estaban arrepentidos, sino “satisfechos a los ojos de la Providencia” y no consideraban criminal su conducta “por estar su conciencia tranquila”. ¿Adónde se iba a llegar si hasta las simples mujeres se creían con derecho a entenderse directamente con Dios?


🔸🔹El Restaurador, Juan Manuel de Rosas, ordenó el fusilamiento de ambos aun sabiendo que ella estaba embarazada.


Fuentes: ▶️Camila O’ Gorman & Ladislao Gutiérrez: el amor más prohibido


▶️Wikipedia





🔸🔹”Camila” Juan Carlos Cáceres🔸🔹



Paseando por la recova

sus veinte años,

va Camila tan triste

y meditando.

Se calla su secreto

desde hace un año;

es ese amor prohibido

que le hace daño.

Sus ojos muy negros

la han hechizado.

Nunca pensó, al mirarlo,

que iba a amarlo.

Eran tiempos oscuros

aquellos años.

Fueron muy atrevidos

para esos años.



Paseando por la ribera

lo vio sentado,

miraba hacia el río

y corrió a su lado.

¿Cómo podría amarlo

sin condenarlo?

Ese fuego muy fuerte

los fue quemando.

Huyeron juntos un día

y los buscaron

los de Montevideo

se desataron.

Su padre quiso penarla,

los encerraron,

el silencio guardando,

los fusilaron.



▶️Día de los Enamorados 2016

▶️Día de los Enamorados 2017